Volver a empezar lejos del mar, en una playa desierta que borre las huellas del pasado. Donde las olas reinventen nuestro destino y nos regalen una nueva identidad, sin olor a sal. ¿Imaginas? Un nuevo tú a miles de quilómetros. Cada día en bucle. Desde el amanecer al rojo crepuscular aprendiendo de nuevo los caminos que llevan hacia la sabiduría. Volver a tener la brújula de la vida en tus manos. ¿Se puede navegar en tu tormenta?

Algunos barcos no llegan a puerto y se pasan la vida huyendo. Huir como reacción natural a los problemas y tropezar siempre con la misma piedra, como un consejo mal aprendido o unas ganas tremendas de demostrar nuestro error interminable. Somos de equivocarnos y de no hablar las cosas. Somos de llenar la jarra hasta que vierta, inundando la mesa de problemas banales y calando hondo en los corazones de hule.

Nos encogemos de hombros y aquí no ha pasado nada.  Y luego el teatrillo se repite: la escena programada en nuestras cabezas se reproduce sin sonido. En nuestras mentes la musiquilla monoaural, golpes marcados que activan algo en el interior acompañan a los gestos bruscos de los muñecos de madera. Sé que es un recuerdo latente de algo que podría ser mejor, pero no alcanzo a encontrarlo allí, donde dicen que está. Donde han colocado la vida que esperan, a medio camino entre un éxito deseable y la más lejana de las ambiciones. Justo en ese punto medio se encuentra mi humillación, una aguja en un pajar.

Una llave que espera se encontrada y que espera encajar con todas las cerraduras. Yo ya le dije que eso no era posible, pero no pareció entenderme. Se giró haciendo muecas y me dijo «prefiero encajar que huir».