No dirán que viviste otra vida durante muchos años, que dejaste de ser feliz los mejores años de tu adolescencia porque nadie te había enseñado a serlo. Que escondiste gestos, miradas y sueños por miedo a lo que opinen los demás y a recibir burlas y agresiones de aquellos que anhelan sentirse aceptados. ¿Y es en ese mundo donde pretenden que encajes?

No dirán que cuando saliste del armario liberaste una losa enorme y construiste tu verdadero yo. Que empezaste a hacer amigos y a rodearte de gente que te acepta, te respeta y te quiere tal y como eres. Que se acabó el fingir, el medir tus pasos por lo que dirán.

No dirán que te enamoraste de tu mejor amigo heterosexual. Que la cosa acabó mejor o peor, que ya te partieron el corazón dos veces y que renaciste más fuerte.

No dirán que amar a otra persona no entiende de etiquetas, de figuras y de roles impuestos por la tradición. Que la cosa va de sensaciones, proyectos y sentimientos. Que al mirarte al espejo se abre el cielo y el infierno y que no sabes dónde clasificarte, como si fuera una obligación ubicarse en ese diccionario tan intransigente. Un baile de sombras que nunca acaba bien. ¿Saldremos de la caverna?

No dirán nada de eso. Porque la envidia y la rabia, prima hermana de la ignorancia, tiene muchos caminos por los que discurrir. Se cuela en los corazones de las personas y los nubla. Impide que veamos la esencia de los demás y nos ciega intencionadamente. ¿Cómo saber en quién confiar?

Ellos sólo te dirán maricón y tú sonreirás. A nadie le importa el qué dirán, pero te habrán ayudado a construir tu camino.