Perdido en el final inesperado de tu sonrisa: se acaba pero me asomo a tu abismo. En ese clamor pensativo que grita con la mirada, queriendo decir algo sin que salgan las palabras.

Como un héroe de los años ochenta sin capa, con algo más de polvo en los hombros y demasiados años a la espalda, mudo por definición. Si es el destino el que ya elige por nosotros, ¿podré al menos decidir cómo fracasar?

Y si estoy sumergido en problemas sin solución, en un mundo de ecuaciones inconexas que nos complican más la vida, deja que me hunda. Si nunca llega una mano amiga, la que nos rescata cuando más lo necesitamos y menos lo pedimos… qué nos queda. Llorar sin lágrimas, quizá, para buscar una complicidad que no existe.

A todos nos gusta así: frío. Tocar los sentimientos con las manos heladas, pasar por encima de cualquier atisbo de empatía para no caer en la debilidad y ver cómo todos a nuestro aldededor sonríen y rezan por no vivir lo mismo. Y lo viven. Y se encuentran igual de perdidos que nosotros… qué poca memoria tiene el sufrimiento.