σοφία

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#EchemosARajoy

Un hashtag maldito entre tanta libertad de expresión. “#EchemosARajoy”. Sí, ese era el lema de campaña del PSOE de Pedro Sánchez. El mismo al que hace dos semanas invitaron amablemente a marcharse de la secretaría general del partido aprovechando los resultados electorales de Galicia y País Vasco. ¿Problema de interpretación de los resultados? Quizás. Claro está que hace cuatro años no existían alternativas de “izquierdas” con las que el voto se pudiera ver fragmentado.

Problema también de interpretación de los estatutos del Partido Socialista y la famosa gestora, como bien ha indicado Josep Borrell —una de las voces más sensatas del PSOE—. Un golpe de estado en un partido debilitado por el auge de Podemos que, además, ha tenido que ver cómo los líderes territoriales ponían en duda constantemente las palabras de su líder. Un buen trabajo de Susana Díaz, que en los últimos meses ha urdido una estrategia para desautorizar a Sánchez, aun cuando fue ella misma quien propició su elección como secretario general, adelantando a Madina.

No hemos de olvidar que fue la militancia —y no los barones del PSOE— los que eligieron a Pedro para gobernar un partido debilitado con demasiados retos de futuro ante el auge de alternativas políticas como Podemos o Ciudadanos. Y no ha sido la militancia quien le ha desautorizado, es lo curioso. Creo que lo llaman democracia interna. Condenados a las alianzas en virtud del resultado de las elecciones municipales y autonómicas, los senderos de Susana Díaz y Sánchez empezaron a distanciarse… hasta hoy. Hoy el titular es muy distinto del que pregonaban en la campaña electoral de diciembre y de junio.

Los miembros del comité federal permitirán un gobierno del PP por 139 votos a favor y 96 en contra

Y como bien dicen algunos, hay una gran diferencia entre regalar el gobierno a Rajoy o permitirle gobernar con condiciones —claro está que no se hubiera alcanzado un acuerdo con Podemos más los partidos nacionalistas—. Tras nueve meses de inmovilismo político, más vale un mal acuerdo que un buen juicio. De la mano de los diputados del grupo socialista del Congreso de los Diputados está el abstenerse u oponerse a la investidura de Mariano Rajoy. ¿Libertad o disciplina de voto? Creo recordar que el artículo 67.2 de nuestro texto constitucional deja muy claro que los miembros de las Cortes no está ligados por mandato imperativo…

Así pues, cuando en las próximas semanas el Rey retome los contactos para proponer candidato a la presidencia, no queda más que esperar el afable voto de la bancada socialista para perpetuar 4 años más de un gobierno corrupto hasta sus cimientos. Un gobierno salpicado por la trama Gürtel y tantos otros casos de flagrante corrupción, un gobierno que da cobijo a Rita Barberà en el Senado.

Un Partido Popular que ha vaciado sistemáticamente la conocida como hucha de las pensiones —como ya advertía el Wall Street Journal en el año 2013— y ha empeñado un 90% de la misma para hacer frente al pago de la deuda del estado.

Un gobierno que alentó la salida a bolsa de Bankia, en uno de los mayores fraudes bancarios de nuestro país. Esta semana hemos sabido, a raíz de las declaraciones de José Antonio Casaus, jefe de la inspección de BFA-Bankia en la Audiencia Nacional, que se conocía de antemano la inviabilidad de la salida a bolsa de la entidad, contando con informes en contra del mismo Banco de España. Asimismo, se calcula que Bankia ha perdido aproximadamente el 85% de las demandas interpuestas por los inversores por la salida a bolsa, pues dicha operación se efectuó con cuentas falseadas. Por supuesto, ¿quién ha cargado con las consecuencias económicas de dicho desastre? Los ciudadanos, con sus impuestos.

El mismo Partido Popular que fomentó una inútil reforma de la Ley de Enjuiciamiento Criminal, la misma que limitó los plazos de instrucción de las causas penales a 6 meses. Lo anterior no deja de ser un eufemismo cuya finalidad no es otra que maquillar la estadística judicial y evitar las interminables instrucciones de los casos de corrupción que, curiosamente, salpicaban en su mayoría al Partido Popular.

Hoy, el Partido Socialista Obrero Español se ha condenado, ha dictado la sentencia de muerte de lo que sus siglas representan. Ni socialista ni obrero, la democracia envuelta en la mortaja de la propia democracia. ¿Qué coste político tendrá lo que ha ocurrido hoy? No lo sé; pero el coste social me lo puedo llegar a imaginar.

El Mediterráneo es una guerra de cifras

Quizá porque mi niñez recuerda un Mediterráneo distinto al que vemos y vivimos hoy en día. Recuerda un Mediterráneo de sábados por la mañana en la playa, de sal en la cara y arena en los pies y de paseos interminables bajo un sol de justicia. Un Mediterráneo cargado de cultura y no de cifras; un reflejo del pasado, presente y futuro de la cultura de los países del sur de Europa. El mar del Atlántico es hoy en día un paisaje mucho más sombrío, un óleo cargado de penumbras, desgracia y mezquindad donde a diario miles de personas juegan a la ruleta rusa con su futuro, tan incierto en su país como desesperanzador en la Europa insolidaria que nos ha tocado vivir y sufrir.

Las mismas aguas en las que décadas atrás se libraron grandes batallas por la democracia, hoy sucumben ante el impasible silencio de la indiferencia. Los medios atormentan a diario con imágenes de lo que ocurre en las costas de Italia y Libia, ¿estamos ya inmunizados?

Miles de niños son separados de sus madres al nacer, que luchan por darles un futuro mejor en la Europa de las oportunidades y la libertad. Lanzan a sus hijos a las aguas del Mediterráneo en pequeñas embarcaciones con apenas combustible para unas cuantas millas. Días y días navegando a la deriva, con rumbo incierto a la península itálica huyendo de la guerra y la miseria de sus países, seguramente provocadas por el afán imperialista de nuestros gobiernos, que no ciudadanos.

Y aquí estamos nosotros, en esa fina línea entre la culpabilidad y la inocencia, entre el cálido confort de nuestros hogares y la más desoladora inacción; la que día tras día, con ayuda de nuestro voto, nos hace partícipes de una lucha en la que siempre pierden los mismos. ¿Quién es el enemigo?

El escenario que se vivió hace 5 años en la Libia de Gadafi, se traslada ahora a Siria con los mismos sospechosos habituales. ¿Para qué fingir una solidaridad que realmente se cobija en las cifras? ¿Por qué el gobierno de Rajoy se comprometió a acoger a 16.000 refugiados antes de que finalice 2017 si a día de hoy, sólo se ha otorgado asilo político a apenas 200 personas?

La Unión Europea, esa supuesta agrupación de países con valores democráticos, sociales y jurídicos similares, está dejando ver su cara más sombría. El Consejo Europeo desmantelando el estado del bienestar y el Mediterráneo convertido en una guerra de cifras. Como cantaba Julio Iglesias, la vida sigue igual…

Carta a un político

Por la presente le manifiesto mi voluntad de que usted se vaya a la mierda. Estoy cansado de sus falsas promesas de futuro que acaban diluyéndose en reformas legislativas opacas. Estoy cansado de que el dinero de mis impuestos se destine a sus sobremesas interminables y a sostener un nivel de vida que muy poca gente de este país alcanzará nunca, ni siquiera con largas jornadas interminables de trabajo; de ese que hace sudar y muele la espalda.

Los altavoces del sistema político bombardean con reformas: regeneración es el eufemismo de moda. ¿En serio? ¿Alguien cree a alguien cuando le dice que va a cambiar? Es la Utopía de Tomás Moro con cara y ojos.

No se lo tome como algo personal; en serio, no le conozco.

Ahora han invadido los programas matinales, los del mediodía e, incluso, los fines de semana. La política se ha convertido en el eje central de los medios de comunicación que alternan entre debates de tertulianos con derecho a opinar sin saber y el caso de corrupción de turno. Hoy un color, mañana otro… ¿qué más da?

Yo desde mi ventana sólo veo un cartel ya corroído por el óxido. Anuncia un nuevo centro de atención primaria en mi barrio… lo anuncia desde 2005. Han pasado ya once años y lo único que ha crecido en ese solar abandonado es la mala hierba y mi barba. Un poco más abajo de la calle transversal a la mía hay un colegio construido con barracones, ratoneras de pladur que albergan a maestros y alumnos. No parece el entorno más idóneo para fomentar la educación y la cultura. En unas líneas, sanidad y educación del ciudadano de a pie.

¿Algo ha cambiado? Por supuesto, a peor. Nos encanta perdernos entre cortinas de humo y puerta giratorias. Pero es lo que llaman el juego de la democracia… ¡disfruten lo votado!

¿Esperar?

Nos pasamos la vida esperando, desde que nacemos. Toda nuestra existencia dividida en etapas que debemos completar. Somos animales acostumbrados a la inmediatez: aquí y ahora. La tecnología ha puesto en nuestra mano la llave del conformismo. Sólo hemos de pulsar el botón adecuado y en menos de un segundo obtendremos lo que buscamos. Y si no nos gusta, no importa, lo eliminamos y buscamos de nuevo.

Pero… ¿qué pasa con la vida? En la vida nos toca esperar.

El fruto de la siembra siempre tarda en llegar. Nos hacen creer que es normal, que es lo que toca. Que preparemos la maleta, nos lavemos bien la cara y nos preparemos para emprender el gran viaje. Luego, una vez en la estación, a esperar. Pasa el tiempo. Promesas. Sigues esperando. La promesa que no llega y la palabra que se quiebra. Decepción. La cosa va así. ¿Dónde están tus amigos ahora? ¡Ah, no están! El tren ha continuado y tú no has subido en él. No va a ser culpa mía, ¿no?

Tiempo

Aún recuerdo el sórdido rugido de aquellas teclas en mi cabeza. Intentaban imitar una vieja melodía, trasladarme a alguna parte de mi infancia que sólo ellas sabían. Lejos de conseguirlo, me cogían por los pelos y me hacían envejecer casi treinta años. Meciéndome en aquél sillón de piel, una y otra vez. Los errores se columpiaban en mi cabeza, no me dejaban vivir. Personas que nunca debí haber conocido, documentos que jamás debí firmar; palabras que nunca tomar. Alcanzar el umbral de la mentira con una sola mano, cazar una tela de araña que se desvanece ante la mismísima voluntad de destruirla.

Y como si fuera demasiado tarde, el tiempo. Se abalanzaba sobre mí. Era el fiel retrato de mi destino, que se asomaba por un pozo para advertirme que no cometiera semejante estupidez. Ese era el ángel, supongo. El demonio me insistía en que continuará. “Un aprendizaje”, gritaba. Me gritaba a mí mismo, unos años antes y me pedía que lo tuviera en cuenta. Soy demasiado tonto como para hacerte caso.

Ahora cavamos nuestra propia tumba y nos convertimos en un Sonderkommando que atestigua nuestra desaparición. En fila acudimos al funeral de los hombres buenos. Observamos ese ataúd tan vacío, cargado de ilusiones que han de partir a algún lugar esperado… ¿por quién? No me importa. Al Cielo, dirán los católicos. A bendecir en algún lugar inocuo las bondades de nuestra moralidad terrenal.

¿Y si la ética fuese un cuento chino? De esos que se leen de derecha a izquierda, de esos que hay que cerrar tanto los ojos que la sopa de letras termina por arruinarnos la cena…

Carta astral

Venidos de aquí y de allá. Sin brújula ni portento. Sin hogar. Su existencia ha sido una sucesión de inauditas hazañas en algún lugar del Norte. ¿Dónde está ese lugar? Unos dicen que es una casa construida con piedras y hormigón, un tejado de hojas de palmera y algunas piedras mal colocadas. Yo digo que un hogar se compone de expectativas, esperanzas y sueños. Que su historia es la viva estela de la inconformidad y que en sus paredes todavía se puede escuchar el eco de las carcajadas que daban sentido a aquella infancia de luces y sombras. Pierdes parte de tu vida encajando las piezas del puzzle de tu juventud, temeroso de olvidar alguna cara, una voz o un perfume. Cuanto más sentido quieres darle, menos tiene.

Ese momento llega y la incertidumbre echa raíces en tu corazón. Ahora tus recuerdos están escritos en una hoja de papel; están implícitos en constelaciones estelares y en fases lunares. Cuando menos te lo esperas, el destino llama a tu puerta y te emplaza a una cita ineludible: el juicio es en 5 días.
Allí arriba, en el estrado, varias versiones de ti mismo. Una al lado de la otra, preparadas para juzgar tu paso por este período de la existencia. Parece un chiste malo sobre tu vida, pero es tan real que abruma. Desde ese rincón la perspectiva se pierde en el horizonte y confunde el arcoíris con un reflejo de luz.

Aquel adivino de aspecto tosco y aliento fuerte sabe cómo hacerte sentir mejor. «¿Qué quieres saber?».

Errores judiciales

Le miro a los ojos y le pido la verdad. Está cansada, tras días sin pegar ojo. Su ropa huele a húmedo. Un olor intenso, destilado de las lágrimas de la culpabilidad. Había llorado y rellorado el crimen. Una y otra vez lo revivía en su cabeza. Tanto hacerle creer que era culpable, se lo acaba creyendo.
Me dice que ella no mató a Rocío, que era inocente. ¿Qué creer, después de todo?

Otra víctima del sistema judicial español, que combina la interminable burocracia con el mínimo deseo de hacer Justicia, de la que se escribe en mayúsculas y huele a muerto. Como el caso de Dolores, centenares de casos más en los que una inoportuna intervención policial a la que se acumulan una cadena de fatídicos errores, ya ha echado a rodar montaña abajo, formando una bola demasiado grande como para pararla. Entonces los unos se cubren a los otros y los otros se cubren a los unos. La verdad se esconde entre expedientes en el fondo del cajón, entre pruebas exculpatorias y declaraciones arrancadas a la fuerza. Ellos quien un culpable; algunos quieren la verdad.

Pero, pasados tantos años, ¿qué es la verdad? Recuperar el tiempo perdido o la satisfacción de que se ha hecho Justicia cuando ya se ha esfumado, cuando tu vida ha sido una sucesión de amaneceres en prisión, señalado por algo que jamás hiciste? ¿Es entonces la dignidad un buque sin bandera?
En ocasiones las peores víctimas son las que siguen vivas, las que sufren el dedo acusador de una sociedad de vodevil. Los muertos al hoyo y el vivo… el vivo también al hoyo. Al olvido, a los pasillos interminables del módulo A, a la procrastinación del deseo de vivir.

Las víctimas, grandes olvidadas de este sistema procesal, navegan a la deriva de la incredulidad, de que “esto no les puede estar pasando a ellos” y les pasa. Entonces, cuando se descubre la verdad, nadie sale a disculparse. Policía, Jueces, Letrados… Todos esconden la cabeza bajo el ala de la Justicia, la misma a la que señalan cuando se les pone en contra y que rechazan cuando hace el intento de resurgir entre sus cenizas.

La estabilidad de Occidente

Cada vez que oigo alguna noticia relacionada con Siria, cierro los ojos y vuelvo a la Alemania Nazi. Empatizo con los ciudadanos alemanes que desconocían por completo la existencia de los campos de concentración. Ojos que no ven, corazón que no siente. ¿Qué culpa tenemos los ciudadanos de a pie de las atrocidades que cometen los gobiernos en nombre de la paz global o de la “estabilidad de Occidente? Si bien no culpa directa, respondemos moralmente de las consecuencias en cuanto conocemos lo que ocurre y no hacemos nada.

Hoy en día, entre tanto hashtag y contenido absurdo, tenemos al alcance de nuestra mano la verdad, que siempre es una. Los alemanes ilusos de la época que negaban la existencia del Holocausto, no tenían un smartphone con el que averiguar las atrocidades que se cometían en su nombre. Hoy sí lo sabemos. Nos aterra. ¡Qué lástima! Mientras desayunamos, compartimos alguna foto en Facebook… ¡y ya está! Problema solucionado.

La verdad es que la Unión Europea ha vendido a los refugiados a Turquía a cambio de beneficios fronterizos, comerciales y con promesas de incorporación a la Unión. Han relegado el asilo político a la prostitución de los derechos fundamentales. No hay más que ver las decenas de vídeos que se cuelgan en Internet y que testimonian estas afirmaciones. Niños separados de sus madres, ciudadanos que huyen de un país en guerra para encontrarse, si cabe, un trato más degradante. ¿En eso hemos convertido Europa? ¿Tan lejos estamos de Estados Unidos?

A colación de la introducción, ¿recordáis ese poema que empieza… “Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio […]”?

Dobles lecturas

Cuando eres pequeño, cuando aún no has desarrollado lo que comúnmente denominan “pensamiento crítico” te dejas llevar por la dimensión catastrófica que la prensa quiere imponerte ante un suceso. El bombardeo de información unidireccional —por más que Internet haga sus pinitos en la formación del pensamiento libre— ayuda, más que a analizar los hechos de manera objetiva para que cada uno extraiga sus conclusiones, a crear una corriente de pensamiento cubierta de prejuicios y odio. Te posicionan frente a un hecho y el rechazo sólo puede caminar en esa dirección. Hay buenos y malos. Hay civilizados e incivilizados. Hay fanáticos religiosos y, por lo que parece, fanáticos de la “democracia”.

Para algunos, por suerte para la humanidad, el librepensamiento (razón sin religión) florece a medida que vas creciendo. Aprendes a hacer dobles lecturas antes de formarte una opinión y descubres que ni todos los buenos son tan buenos, ni los malos tan malos. También descubres que no es oro todo lo que reluce y que el “piensa mal y acertarás” está a la orden del día.

Nos creemos las patrañas del transnacionalismo y que hay un ente superior (llámalo ONU, llámalo Unión Europea, llámalo como quieras…) que existe con el único propósito de protegernos. Algo así como una oenegé para la humanidad. Paz y amor, porque el dinero es secundario, ¿verdad?
Hoy las banderas de muchos países del mundo ondean a media asta. Condenan el atentado sucedido en París la noche del fatídico viernes 13 de noviembre. La violencia es repulsiva, es la manifestación máxima del odio, del aborrecimiento por el diálogo, de la intransigencia… es el límite a no superar en nuestras sociedades fundadas, según rezan las constituciones, en principios como la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

La violencia puede ser muchas cosas, pero siempre admitirá dobles lecturas. En una guerra no hay víctimas, en una guerra no hay ganadores, en una guerra hay muerte y desolación. La guerra la sufren las familias, los niños, los amigos… Se tiñe de nacionalismo o de religión un fanatismo con el que no todo un país o raza comulga y todos acaban en el mismo saco (nosotros y ellos).

Con los ataques de París, ¿cómo equilibramos la balanza de la Justicia? ¿Cómo podemos mostrar nuestro rechazo a la violencia sin convertirlo en otra guerra de racismo y xenofobia? ¿Cómo podemos no caer en lo mismo, en la simplificación y reducción de las personas a bandos? ¿Amigos o enemigos? Todo admite dobles lecturas.
Lejos de hacer una guerra de cifras, pues considero que implica reducir una víctima a un triste número, deberíamos reflexionar hacia adónde caminan los intereses nacionalistas en Oriente medio.

¿Tan inocente es occidente cuando durante décadas y décadas ha expoliado y destruido al pueblo musulmán?

Hacia adónde camina, impasible, el relevo de la violencia que siempre la acaba pagando con los que menos han decidido.
En esta carrera no hay vencedores y vencidos, no hay Arte de hacer la guerra. Hay imperialismo y fanatismo, hay religión y mentiras. Hay intereses ocultos que saben “menear” la geopolítica para forzarnos a hacer una sola lectura.

“¡Triste época la  nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. —Albert Einstein

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