Laberintos de hiedra

Se encontró perdida en aquellos laberintos de hiedra y oscuridad. Los muros la miraban, intempestivos ante el paso del tiempo que ya se dejaba entrever por el desgaste de la caliza. Las ramas penetraban las cavidades y dotaban a la escena de un aspecto tétrico.

Desahuciada de su mente recorría de arriba a abajo los ochenta metros que separaban la verja de la calle y el palacio. La vida se había vuelto complicada ahora que estaba sola. Los bancos del parque eran grandes amigos con los que conversar y perder las horas. Los niños ya no jugaban allí, nadie osaba dirigirle la palabra.

Paseaba por las calles de Barcelona, esas mismas calles que años atrás le habían dado de comer. Ahora el duende se daba la mano con el diablo y la dejaban atrás. Ya no era la protagonista de su vida, no más. Como en una pesadilla infartada, el despertar en aquel vacío la atormentaba: caía sin cesar y no alcanzaba el lecho. Las preguntas, entonces, se sucedían en batería, sin orden lógico ni respuesta acertada. Las sombras del pasado se mezclaban con las del futuro, escondidas en el filo del destino, donde no eran capaces de pasar desapercibidas. Ahora cada recuerdo sería una lágrima.

De profesión efímera, Marta sabía que al mirarse en un espejo, volvería a aquellos años en los que robar un aplauso al público era una tarea sencilla.
El olvido en la jungla de hormigón le estaba costando la salud y la vida. ¿Para qué seguir? Y no siguió caminando.

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