La violencia nunca es la solución

Creo hablar en nombre de todos los catalanes si digo, a día de hoy, que estamos horrorizados por lo que ocurrió el pasado 1 de octubre. Vivimos unos días de saturación: los móviles no paran de compartir historias lamentables de violencia sin razón (quiero pensar que es así) y los temas de conversación se reducen a lo acontecido el pasado domingo, cuando decenas de miles de ciudadanos acudieron a las urnas —más o menos legítimas, es irrelevante— a expresar su opinión. Ha habido algo interno, algún componente dentro de nuestra mente, que ha hecho un “click” irreversible y eso hace que nos planteemos si algo tiene sentido en ese océano de ruido y silencio.

Podemos discrepar en si somos o no independentistas, en si es más o menos criticable la estrategia del Govern para alcanzar la independencia o en si le damos mayor o menor legitimidad al referéndum, pero no olvidemos que la palabra “discrepar” alude a un marco de diálogo. Entre el diálogo y las porras hay un abismo imposible de salvar.

Las imágenes de la policía cargando contra la multitud, una multitud festiva que resistía pacíficamente y únicamente quería expresar su opinión a través de una urna han dado la vuelta al mundo. Se acabó ya esa versión sesgada de los hechos en las que los medios de comunicación tenían el poder absoluto de la escena y rodeaban sus ideologías de titulares al uso: el periodismo ciudadano ha llegado para quedarse y fue a través de Twitter y otras plataformas como los ojos del mundo entero se posaron sobre Cataluña para contemplar, atónitos, cómo se le daba salida a la falta de diálogo entre España y Cataluña.

Los hechos ocurridos han dejado patente la pseudo democracia que impera en España. La esfera política ha trasladado su incompetencia e inutilidad al ciudadano a través de la represión y la violencia. Y si esa es la única salida que sabe dar el Estado, no sé lo que pensar. Pagamos a políticos para que, a través de la democracia representativa, solucionen nuestros problemas y discutan nuestros marcos de convivencia. ¿Y ahora? ¿Alguien podría explicarle a un niño este oxímoron?

Al Estado, el pasado domingo se le cayó la careta y dejó entrever cómo se defiende ante un movimiento pacífico. Ahora contemplo emocionado las muestras de solidaridad de otros pueblos con el catalán, por las que rechazan frontalmente la violencia y la represión ejercida.

La violencia nunca es la solución, al menos para los verdaderos demócratas.

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