La negligencia profesional del abogado

Cuando hablamos de negligencia en la actuación de un abogado nos referimos a esas conductas por las que, debido o bien a la acción o inacción del letrado, se ha producido una falta de la diligencia que cabe exigir a dicho profesional y se ha causado un perjuicio a su defendido. Es común que en las profesiones en las que se requiere colegiación o un determinado nivel de estudios para acceder a su práctica existan normas deontológicas. Como bien sabemos, la deontología no es más que la aplicación de la ética en el ejercicio de la profesión y la abogacía no se queda atrás.

En la abogacía existen multitud de criterios deontológicos que han de regir la comunicación con los clientes, la publicidad que efectúe el abogado o el trato para con otros compañeros de profesión. Estos, entre otros, vienen recogidos en el Código Deontológico del Consejo General de la Abogacía Española. Si bien la gran mayoría de sus preceptos se funden con el más elemental sentido común, hablar de esto último y tratar de llegar a un consenso respecto a lo que incluye dicho sentido común se torna una tarea complicada, por lo que es imprescindible regular en un Código los principios que deben dirigir la actuación de un profesional, en este caso letrado y así evitar conductas no deseadas. Es de esa forma que puede establecerse una gradación de sanciones para corregir esas actitudes y que no vuelvan a repetirse.

Lamentablemente, día tras día observamos en los tribunales de justicia así como en el resto de dependencias donde se desarrollan las actividades de los operadores jurídicos que no todas las actuaciones de los letrados se ciñen a la más estricta de las diligencias exigibles, causando un perjuicio en los afectados que no siempre van a percibir, debido a su falta de formación jurídica: como es lógico, para eso está prevista la asistencia letrada.

Bajo mi punto de vista, uno de los pilares fundamentales que ha de guiar la actuación de un letrado en la defensa de los intereses de su cliente ha de ser la rigurosidad profesional y la humanidad —a veces olvidada por el camino—. Un preciso estudio del caso, seguido de una estrategia para el día del juicio es fundamental para garantizar un principio de éxito, pues la sentencia la dicta el juez y nunca va a depender, exclusivamente, de nuestra actuación. Conocer el caso en profundidad nos va a dar una visión rigurosa de los hechos y de cómo aplicar los preceptos legales. Enmarcar la situación fáctica en un marco jurídico para obtener una sentencia favorable a las pretensiones de nuestro cliente es nuestro objetivo, pero nunca sin dejar de lado la humanidad.

No se ha de olvidar que, además de clientes, son personas. Y cuando una persona acude a un juzgado, es para derimir controversias relativas, o bien a su patrimonio, o bien a su libertad, dos de los factores esenciales de la vida civil de una persona. Por otro lado, la mayoría de temas incluyen un componente emocional clarísimo —como son los casos de derecho de familia o los de violencia de género—. Es imprescindible, además, saber comunicarse de forma cuidadosa, empleando los términos adecuados y comprendiendo la situación personal de cada individuo para, además de ser su apoyo legal, convertirse en una especie de guía emocional durante el proceso, en todo lo relativo al mismo. En la mayoría de ocasiones nos encontramos ante un cliente (sobre todo en el orden penal) que desconoce cómo se desarrolla un procedimiento en un juzgado y es perfectamente comprensible que surjan dudas y temores, a los que debemos dar una respuesta efectiva.

Todo ello sin traspasar la fina línea de la confianza. Parece fácil, pero ahí reside la clave del buen abogado. Hay que ser una buena persona para ser un buen profesional.

Y cuando un letrado no se ciñe a lo anterior y trabaja con desidia, sin conocer en profundidad ni el caso ni los mecanismos legales aplicables a la jurisdicción donde se encuentre tramitando el procedimiento por el que aboga, se mezclan los ingredientes de un cóctel llamado negligencia profesional. En muchos casos, dicha negligencia se esconde en las visicitudes del procedimiento y pasan desapercibidas. En ocasiones son detectadas por otros abogados que, por deferencia a su ilustre compañero, prefieren mirar a otro lado. Luego están los casos en que la negligencia es tan flagrante, que es imposible huir de ella y hasta los clientes detectan dicho comportamiento imprudente, en el sentido amplio de la palabra. El peor de los casos sucede cuando, como ya hemos advertido, la negligencia se centra en las normas del procedimiento o en los mecanismos del mismo, esos pequeños “trucos” escondidos en los códigos que nos permiten hallar la solución más favorecedora para nuestro cliente. La aplicación automática de conceptos aprendidos sin estudiar el caso en profundidad suelen conducir a estos errores. Errores que podrían solucionarse conociendo la ley en más profundida. ¿No es acaso exigible este extremo a un abogado?

Como ya ocurre con el sistema penal donde la víctima es la gran olvidada, este caso no es una excepción. Los clientes que sufren de un abogado negligente no siempre saben que la sentencia condenatoria se ha debido, en parte, a la falta de cuidado exigible a la actuación de su dirección letrada en los tribunales, de una diligencia no pedida o de una prueba mal apreciada o valorada.

En esos casos, la palabra injusticia se queda corta para definir la situación creada.

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