La cultura de la violencia

Hace unos días conocimos un nuevo caso de violencia en las aulas, un caso que afecta a los más indefensos y vulnerables, los menores. Uno de esos casos que hacen plantearse la mayoría de edad penal, bajo la cual se determina la imputabilidad o inimputabilidad y abren un delicado debate que, probablemente, afecte de forma transversal a nuestra cultura y educación.

Esta vez, seis chavales menores de catorce años han agredido a una niña de ocho años por no entregarles la pelota en el recreo. Y no, no son cosas de niños. No ha sido un empujón inocente que ha acabado con una tirita en la rodilla. Esta vez ha acabado en el hospital. La reacción natural de los niños, lejos del diálogo, consistió en propinar una paliza, un mensaje claro y directo. Una cruel declaración de intenciones en plena edad de crecimiento y formación de la personalidad. Sorprende ver la reacción de algunos —quitando hierro al asunto— al descubrir que no se trataba de un caso continuado de acoso escolar, sino una pelea puntual con una consecuencia no esperada. Y si relacionamos “puntual” con “normal”, resulta cuanto menos curioso que haya personas a las que les parezca normal que una niña de ocho años termine intubada en un hospital, cuando debería estar jugando en el recreo.

Hoy, día 24 de octubre de 2016, informa La Voz de Galicia del contenido de un vídeo que ha sido difundido los últimos días y que fue grabado en Lugo. En él se puede apreciar algo más de una cincuentena de menores de 16 años, ataviados con mochilas de la escuela, y presenciando una pelea entre dos muchachos en el césped de lo que parece ser un parque público. Un parque convertido durante unos minutos en un ring de boxeo; un espacio para liberar la ira de unos niños que no debería tenerla. Como en una pelea improvisada de los Warrios en el Nueva York de los setenta, no parecen existir normas en el combate espontáneo —pero planeado, pues hasta contaban con “árbitro”— entre los chicos del vídeo.

Patadas traicioneras, puñetazos mal encajados y mucha mala hostia directa a la cara del oponente, que aguanta el paso sin ningún tipo de protección ni una mínima temeridad. La causalidad quiso que no acabara en desgracia, máxime cuando los vítores de la muchedumbre se reducían a “Dale, dale”, “rómpele la mandíbula” o a desternillarse al ver sangrar a uno de los muchachos. Demasiada violencia por hoy.

¿Vivimos en una cultura de la violencia?

Si alguno de mis conocidos en el extranjero me preguntasen si considero que España es un país violento, creo que la respuesta se la podría mostrándoles los dos anteriores sucesos. No son más que una ejemplificación de la cultura de la violencia que impera entre la juventud. Nos hartamos de leer y leer noticias de ataques racistas, xenófobos, homófobos y, afectando a los menores de forma directa, el bullying. Si bien no me gustaría centrarme en el concepto anterior, pues requiere el componente de continuidad en el tiempo, son numerosas las agresiones puntuales y espontáneas que sufrimos en nuestras fronteras.

Una clara evidencia de que la sociedad está enferma, está cargada de ira y odio y repleta de personas con una incompetencia comunicativa galopante, al preferir una paliza a un diálogo. Cargamos con el lastre de una educación que, además de enfrentarse a la falta de voluntad política para cambiarla, no es capaz de adaptarse a los cambios sociales y ofrecer las herramientas adecuadas a esos menores cargados de ira que sólo conocen la violencia como forma de expresión.

Hagamos una introspección en nuestros hogares, pensemos en cómo de necesitado de afecto debe estar un niño que se limita a patear a una niña para conseguir una pelota o que jadea mientras dos niños se golpean de la forma más primitiva posible. Pensemos en cómo de necesitado de afecto debe estar el padre del niño que se expresa a golpes, porque lo cobarde aquí es echarle la culpa a los menores y hacer otro ejercicio de cinismo a los que nos tenemos acostumbrados.

Entendamos esa violencia como un trastorno que debe ser resuelto (y cuanto antes mejor), enseñemos la virtud de palabras como “perdón” o “gracias” y demos a los menores herramientas para quererse un poco más a sí mismos y valorar lo que tienen. A lo mejor así empezará a decaer la cultura de la violencia.

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