En aquel instante todo había terminado. Sabía que había tocado fondo y una extraña sensación, una mezcla entre nostalgia y desesperación, recorrió mi cuerpo. Es divertido ver cómo todo puede cambiar en una milésima de segundo y destruir la más pretenciosa de nuestras seguridades. No somos conscientes hasta que ocurre. Quizás unos minutos antes, cuando olemos el miedo y el final de un camino se ilumina: es una etapa que necesita ser cerrada. Esa persona que nos ha hecho daño se aparece una y otra vez, escenificando su hazaña.

En ese momento devolvemos la idea a la conciencia que, abrumada, intenta procesar ventajas e inconvenientes de la decisión. Revolotea como ángel y demonio, transformada en la vieja moral cristiana. La culpa, el arrepentimiento, la traición… apellidos del miedo, nublan las buenas intenciones. Avanzar es una prioridad. Intentas arreglar tu cabeza porque el problema está en tu interior, pero es un edificio tan alto, tan inalcanzable, que necesitarás días para digerirlo. Días de sofá, lágrimas y palmadas de cariño en la espalda de algún buen amigo.

Podría usar la otra mano para empujarte, para adentrarte a ese precipicio necesario. A unos metros del abismo estarás preparado para saltar o para caer de espaldas en el suelo y lamentarte. ¿Qué decides?