Entre compases de jazz

Renacía en cada compás; el contrabajo le acompañaba en cada paso por la gran ciudad. Perdido entre auriculares y turistas, se escabullía por las calles de Barcelona tratando de encontrar sentido a aquel momento de su vida. Y lo que más sentido tenía era, a su vez, lo más vacío. El destino, condescendiente a veces, provocaba auténticos choques de trenes en su cabeza, mientras se limitaba a guiar la melodía de Tete Montoliu a golpes de cabeza. Se sorprendía de las miradas ajenas pero, al fin y al cabo, qué esperaba ante semejante espectáculo gesticular.

Cuando las grúas del puerto asomaban por el horizonte, ahora difuso, decidió que era el momento idóneo para descansar las piernas: la elección del lugar no era baladí. El tendido del teleférico de Montjuic se extendía a lo largo de su cabeza. La sombra de los cables se alargaban hasta fundirse con la muralla del castillo, proyectando una estampa que a Mario le recordaba a algo familiar, aunque no recordaba bien bien a qué en aquel instante. El acero y la piedra; el hormigón y el agua del Mediterráneo eran la delicia de cualquier coreano armado con una cámara fotográfica.

Ya se había merendado Barcelona cuando, de cada piedra, aparecían nuevos lugares, momentos y personas que disfrutar. Aquella interminable aventura dibujaba una escena diferente según se levantase ese día y encerraba el amargo sabor de la soledad…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *