¿El machismo mata?

Tras el interrogante de este título se esconde una lacra demasiado peligrosa como para caer en un análisis somero. Tras este interrogante se encuentran más de 350 denuncias al día en España por malos tratos, más de 60 órdenes de protección otorgadas y un balance —en el año 2015– de 57 mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas. Hay otra cosa que también esconde dicha pregunta: vergüenza. Vergüenza de reconocer que, en la mayoría de ocasiones, todos somos cómplices silenciosos y perpetuamos la violencia de género, en cualquiera de sus expresiones.

Y quizás el error está en pensar que esta violencia sólo se manifiesta en la mejilla de la mujer o en los moratones de los brazos. Error. En cada insulto, en cada vejación, en cada chiste machista, en cada comentario fuera de lugar, en cada reflexión que mea fuera de tiesto y sostiene que la patria de la mujer es la cocina, se esconde una pequeña gota que poco a poco pasa factura.

Olvidar el componente de odio, el machismo implícito en cada golpe, nos impide ahondar en las raíces de este fenómeno social, que empezó a pasar a un primer plano mediático a raíz de la Ley Orgánica 1/2004, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Esta fue la primera vez que la legislación estatal abordó de forma más o menos acertada esta lacra social —aunque en 2003 se publicó la Ley 27/2003, de 31 de julio, reguladora de la Orden de protección de las víctimas de la violencia doméstica, que modificó determinados preceptos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal con la finalidad de proteger, desde un primer momento, a las víctimas. Así, actualmente existe, en nuestro Código Penal, la violencia doméstica y la violencia de género. Ambas deben ser diferenciadas pero ambas comparten preocupantes sinónimos como la desigualdad, el empleo de fuerza física o el acoso. Palabras, estas últimas, que no deberían producirse en el seno de la convivencia familiar o de pareja.

Lamentablemente, tener una idea aproximada de los números que maneja la violencia de género no aborda su problema principal, el de raíz, el machismo. Si los medios de comunicación empiezan a tener más tacto al tratar estos casos —aunque debería cambiarse el “fallece o muere” de los titulares por un “es asesinada”, cuando esto ocurre— de poco sirve si minutos después emiten en parrilla anuncios que propugnan la desigualdad de género o cosifican a la mujer convirtiéndola en un objeto de deseo.

Y, más importante aún, detrás de esos números se esconden miles de mujeres con nombre y apellidos, miles de mujeres atemorizadas por el qué vendrá después, que se estremecen al oír siquiera la palabra “denunciar”, que temen también por sus hijos, por el qué dirán y que acaban culpándose por haber creado la situación actual de tensión entre ella y su pareja.

Esto lleva a que la sociedad, sin comprender el síndrome de la mujer maltratada, no alcance a entender cómo las víctimas pueden “permitir” eso, cómo no salen a la calle corriendo a denunciar al maltratador y huyen de casa, cómo hay ocasiones en que, tras interponer la correspondiente denuncia, se niegan a declarar contra su actual pareja. ¿Por qué? Porque tienen miedo y porque en ocasiones no reconocen que tienen un problema.

El maltratador, que no se puede clasificar en un perfil social o económico concreto, es un ente perverso pero muy real que destila cobardía y convierte su mayor debilidad en su peor virtud. Convierte el hogar, ese lugar que para la gran mayoría es un refugio, en una fortaleza sin ventanas, donde sólo se responde ante su autoridad. Ejerce, con degoteo constante, un maltrato psíquico y físico calculado. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Las caricias dan paso a los pellizcos, los abrazos a los empujones y el sexo a la violación sistemática. Porque sí, la violación existe en el seno de una pareja. Y porque no es no.

Las particularidades del síndrome de la mujer maltratada, tales como pérdida del control, justificación de las agresiones, culpabilidad, dependencia, pasividad, etc, producen en la mujer la creencia de que nada va a cambiar, se haga lo que se haga, y su personalidad queda reducida a la sumisión ante el maltratador. Es en este contexto en el que hay que entender cómo se producen las agresiones para, como sociedad, saber dar una respuesta eficaz desde su raíz y no creer que se trata de un capricho puntual de una mujer que quiere separarse de su marido, amén de las dichosas denuncias falsas que suponen una losa para la implicación de la ciudadanía en estas agresiones.

Es, en ese contexto, donde se han de vertebrar mecanismos de protección integrales que incluyan servicios de acogida, protección jurídica, asesoría psicológica y laboral, serivios de inserción y, sobre todo, establecer pautas que permitan detectar esos abusos antes de que sea demasiado tarde para actuar.

Es necesario otorgar una protección más integral y reforzar los protocolos a un nivel más elevado, implicando a todas las administraciones y autoridades, no únicamente a nivel local.

Debemos enfocar nuestros esfuerzos en la prevención de la violencia de género. La educación, como eje vertebrador y de perpetuación del patriarcado ha de sufrir una revisión total y adelantarse a los nuevos retos a los que se enfrenta, teniendo en cuenta las nuevas tecnologías y los nuevos medios de comunicación a través de los cuales el acoso, la intimidación y la agresión se intensifican y se propagan a un ritmo más acelerado. Los jóvenes tienen en su mano potentes herramientas de conocimiento, pero también de destrucción cuando son utilizados para replicar conductas machistas y pretenden ejercer un control sobre la mujer..

En respuesta a la pregunta… SÍ. El machismo mata, porque detrás de cada crimen cometido contra la pareja o ex pareja, se esconde un alto componente de odio y desigualdad de género, se esconde un profundo desprecio a la mujer y a lo que ella significa. Es responsabilidad de todos acabar con ello. Ante conductas machistas, no mires hacia otro lado, cada gota cuenta: denúncialo.

María pensó que el amor
era un mandamiento de dos
y esperando el primer beso
se hace vieja ante el espejo
y limpia su llanto
maquilla sus heridas
y se le va la vida. —Pasión Vega

2 thoughts on “¿El machismo mata?

  1. Mucha razón en lo que comentas sobre el machismo. Está tan metido en nuestra sociedad que de las pocas soluciones a la violencia de género pasan por rediseñar el sistema educativo y que los jóvenes empiecen a ver estas actitudes como un acoso y un ataque a la igualdad de géneros. Saludos.

    1. Pues sí, parece que la única solución es la educación. Por más medios que se pongan en atajar el problema, siempre se llega tarde. De nada sirven las corrientes de justicia restaurativa si no ponemos énfasis en atacar la raíz del problema.

      Gracias por tu comentario y un saludo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *