σοφία

Categoría: Relatos (page 2 of 31)

En esta categoría encontrarás pedazos de fantasía —a veces sin sentido— y retales de pequeñas historias que luchan por convertirse en grandes hazañas.

Entre compases de jazz

Renacía en cada compás; el contrabajo le acompañaba en cada paso por la gran ciudad. Perdido entre auriculares y turistas, se escabullía por las calles de Barcelona tratando de encontrar sentido a aquel momento de su vida. Y lo que más sentido tenía era, a su vez, lo más vacío. El destino, condescendiente a veces, provocaba auténticos choques de trenes en su cabeza, mientras se limitaba a guiar la melodía de Tete Montoliu a golpes de cabeza. Se sorprendía de las miradas ajenas pero, al fin y al cabo, qué esperaba ante semejante espectáculo gesticular.

Cuando las grúas del puerto asomaban por el horizonte, ahora difuso, decidió que era el momento idóneo para descansar las piernas: la elección del lugar no era baladí. El tendido del teleférico de Montjuic se extendía a lo largo de su cabeza. La sombra de los cables se alargaban hasta fundirse con la muralla del castillo, proyectando una estampa que a Mario le recordaba a algo familiar, aunque no recordaba bien bien a qué en aquel instante. El acero y la piedra; el hormigón y el agua del Mediterráneo eran la delicia de cualquier coreano armado con una cámara fotográfica.

Ya se había merendado Barcelona cuando, de cada piedra, aparecían nuevos lugares, momentos y personas que disfrutar. Aquella interminable aventura dibujaba una escena diferente según se levantase ese día y encerraba el amargo sabor de la soledad…

Mesteño

Una extraña sensación de vacío se apodera de mí. Me inquieta en las horas muertas, en los giros inesperados de almohada huyendo de mi propio calor. Trato de escapar cual caballo mesteño que cabalga atemorizado. Alejándose de la mordaza y de las palabras comedidas  que son la perdición de nuestra libertad de expresión.

Alguien gritó al viento que era una moda pasajera, pero algunos tienen claro que el eufemismo ha venido para alojarse a pensión completa.

Es la enfermedad de lo políticamente correcto, de un tuit acertado y vacío de contenido, de las masas de opinión sin argumento ni preocupación. Navegamos en ese mar de información sin mucho criterio, señalando con el dedo acusador sin apenas indicios y deslegitimando aquello que nos indiquen. Y al otro lado del tablero entra en juego el victimismo fácil, las lágrimas de cocodrilo por quien no conocemos. ¿Estás perdido o incompleto?

No sé que me extraña en el país de la polarización, donde si no eres del Barça eres del Madrid, donde si no eres independentista eres facha y donde si no eres negro, eres blanco. Ni hay término medio ni se le busca. O la complacencia o la ofensa, y así estamos. Optamos por ofendernos y amargarnos, por hacer nuestras batallas que no nos ha tocado librar y convertirnos en seres un poco peores. La deriva ha llegado para instalarse en el vacío de la libertad […]

¿Esperar?

Nos pasamos la vida esperando, desde que nacemos. Toda nuestra existencia dividida en etapas que debemos completar. Somos animales acostumbrados a la inmediatez: aquí y ahora. La tecnología ha puesto en nuestra mano la llave del conformismo. Sólo hemos de pulsar el botón adecuado y en menos de un segundo obtendremos lo que buscamos. Y si no nos gusta, no importa, lo eliminamos y buscamos de nuevo.

Pero… ¿qué pasa con la vida? En la vida nos toca esperar.

El fruto de la siembra siempre tarda en llegar. Nos hacen creer que es normal, que es lo que toca. Que preparemos la maleta, nos lavemos bien la cara y nos preparemos para emprender el gran viaje. Luego, una vez en la estación, a esperar. Pasa el tiempo. Promesas. Sigues esperando. La promesa que no llega y la palabra que se quiebra. Decepción. La cosa va así. ¿Dónde están tus amigos ahora? ¡Ah, no están! El tren ha continuado y tú no has subido en él. No va a ser culpa mía, ¿no?

Tiempo

Aún recuerdo el sórdido rugido de aquellas teclas en mi cabeza. Intentaban imitar una vieja melodía, trasladarme a alguna parte de mi infancia que sólo ellas sabían. Lejos de conseguirlo, me cogían por los pelos y me hacían envejecer casi treinta años. Meciéndome en aquél sillón de piel, una y otra vez. Los errores se columpiaban en mi cabeza, no me dejaban vivir. Personas que nunca debí haber conocido, documentos que jamás debí firmar; palabras que nunca tomar. Alcanzar el umbral de la mentira con una sola mano, cazar una tela de araña que se desvanece ante la mismísima voluntad de destruirla.

Y como si fuera demasiado tarde, el tiempo. Se abalanzaba sobre mí. Era el fiel retrato de mi destino, que se asomaba por un pozo para advertirme que no cometiera semejante estupidez. Ese era el ángel, supongo. El demonio me insistía en que continuará. “Un aprendizaje”, gritaba. Me gritaba a mí mismo, unos años antes y me pedía que lo tuviera en cuenta. Soy demasiado tonto como para hacerte caso.

Ahora cavamos nuestra propia tumba y nos convertimos en un Sonderkommando que atestigua nuestra desaparición. En fila acudimos al funeral de los hombres buenos. Observamos ese ataúd tan vacío, cargado de ilusiones que han de partir a algún lugar esperado… ¿por quién? No me importa. Al Cielo, dirán los católicos. A bendecir en algún lugar inocuo las bondades de nuestra moralidad terrenal.

¿Y si la ética fuese un cuento chino? De esos que se leen de derecha a izquierda, de esos que hay que cerrar tanto los ojos que la sopa de letras termina por arruinarnos la cena…

Carta astral

Venidos de aquí y de allá. Sin brújula ni portento. Sin hogar. Su existencia ha sido una sucesión de inauditas hazañas en algún lugar del Norte. ¿Dónde está ese lugar? Unos dicen que es una casa construida con piedras y hormigón, un tejado de hojas de palmera y algunas piedras mal colocadas. Yo digo que un hogar se compone de expectativas, esperanzas y sueños. Que su historia es la viva estela de la inconformidad y que en sus paredes todavía se puede escuchar el eco de las carcajadas que daban sentido a aquella infancia de luces y sombras. Pierdes parte de tu vida encajando las piezas del puzzle de tu juventud, temeroso de olvidar alguna cara, una voz o un perfume. Cuanto más sentido quieres darle, menos tiene.

Ese momento llega y la incertidumbre echa raíces en tu corazón. Ahora tus recuerdos están escritos en una hoja de papel; están implícitos en constelaciones estelares y en fases lunares. Cuando menos te lo esperas, el destino llama a tu puerta y te emplaza a una cita ineludible: el juicio es en 5 días.
Allí arriba, en el estrado, varias versiones de ti mismo. Una al lado de la otra, preparadas para juzgar tu paso por este período de la existencia. Parece un chiste malo sobre tu vida, pero es tan real que abruma. Desde ese rincón la perspectiva se pierde en el horizonte y confunde el arcoíris con un reflejo de luz.

Aquel adivino de aspecto tosco y aliento fuerte sabe cómo hacerte sentir mejor. «¿Qué quieres saber?».

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