σοφία

Categoría: Relatos (página 1 de 17)

En esta categoría encontrarás pedazos de fantasía —a veces sin sentido— y retales de pequeñas historias que luchan por convertirse en grandes hazañas.

Laberintos de hiedra

Se encontró perdida en aquellos laberintos de hiedra y oscuridad. Los muros la miraban, intempestivos ante el paso del tiempo que ya se dejaba entrever por el desgaste de la caliza. Las ramas penetraban las cavidades y dotaban a la escena de un aspecto tétrico.

Desahuciada de su mente recorría de arriba a abajo los ochenta metros que separaban la verja de la calle y el palacio. La vida se había vuelto complicada ahora que estaba sola. Los bancos del parque eran grandes amigos con los que conversar y perder las horas. Los niños ya no jugaban allí, nadie osaba dirigirle la palabra.

Paseaba por las calles de Barcelona, esas mismas calles que años atrás le habían dado de comer. Ahora el duende se daba la mano con el diablo y la dejaban atrás. Ya no era la protagonista de su vida, no más. Como en una pesadilla infartada, el despertar en aquel vacío la atormentaba: caía sin cesar y no alcanzaba el lecho. Las preguntas, entonces, se sucedían en batería, sin orden lógico ni respuesta acertada. Las sombras del pasado se mezclaban con las del futuro, escondidas en el filo del destino, donde no eran capaces de pasar desapercibidas. Ahora cada recuerdo sería una lágrima.

De profesión efímera, Marta sabía que al mirarse en un espejo, volvería a aquellos años en los que robar un aplauso al público era una tarea sencilla.
El olvido en la jungla de hormigón le estaba costando la salud y la vida. ¿Para qué seguir? Y no siguió caminando.

Entre compases de jazz

Renacía en cada compás; el contrabajo le acompañaba en cada paso por la gran ciudad. Perdido entre auriculares y turistas, se escabullía por las calles de Barcelona tratando de encontrar sentido a aquel momento de su vida. Y lo que más sentido tenía era, a su vez, lo más vacío. El destino, condescendiente a veces, provocaba auténticos choques de trenes en su cabeza, mientras se limitaba a guiar la melodía de Tete Montoliu a golpes de cabeza. Se sorprendía de las miradas ajenas pero, al fin y al cabo, qué esperaba ante semejante espectáculo gesticular.

Cuando las grúas del puerto asomaban por el horizonte, ahora difuso, decidió que era el momento idóneo para descansar las piernas: la elección del lugar no era baladí. El tendido del teleférico de Montjuic se extendía a lo largo de su cabeza. La sombra de los cables se alargaban hasta fundirse con la muralla del castillo, proyectando una estampa que a Mario le recordaba a algo familiar, aunque no recordaba bien bien a qué en aquel instante. El acero y la piedra; el hormigón y el agua del Mediterráneo eran la delicia de cualquier coreano armado con una cámara fotográfica.

Ya se había merendado Barcelona cuando, de cada piedra, aparecían nuevos lugares, momentos y personas que disfrutar. Aquella interminable aventura dibujaba una escena diferente según se levantase ese día y encerraba el amargo sabor de la soledad…

Mesteño

Una extraña sensación de vacío se apodera de mí. Me inquieta en las horas muertas, en los giros inesperados de almohada huyendo de mi propio calor. Trato de escapar cual caballo mesteño que cabalga atemorizado. Alejándose de la mordaza y de las palabras comedidas  que son la perdición de nuestra libertad de expresión.

Alguien gritó al viento que era una moda pasajera, pero algunos tienen claro que el eufemismo ha venido para alojarse a pensión completa.

Es la enfermedad de lo políticamente correcto, de un tuit acertado y vacío de contenido, de las masas de opinión sin argumento ni preocupación. Navegamos en ese mar de información sin mucho criterio, señalando con el dedo acusador sin apenas indicios y deslegitimando aquello que nos indiquen. Y al otro lado del tablero entra en juego el victimismo fácil, las lágrimas de cocodrilo por quien no conocemos. ¿Estás perdido o incompleto?

No sé que me extraña en el país de la polarización, donde si no eres del Barça eres del Madrid, donde si no eres independentista eres facha y donde si no eres negro, eres blanco. Ni hay término medio ni se le busca. O la complacencia o la ofensa, y así estamos. Optamos por ofendernos y amargarnos, por hacer nuestras batallas que no nos ha tocado librar y convertirnos en seres un poco peores. La deriva ha llegado para instalarse en el vacío de la libertad […]

¿Esperar?

Nos pasamos la vida esperando, desde que nacemos. Toda nuestra existencia dividida en etapas que debemos completar. Somos animales acostumbrados a la inmediatez: aquí y ahora. La tecnología ha puesto en nuestra mano la llave del conformismo. Sólo hemos de pulsar el botón adecuado y en menos de un segundo obtendremos lo que buscamos. Y si no nos gusta, no importa, lo eliminamos y buscamos de nuevo.

Pero… ¿qué pasa con la vida? En la vida nos toca esperar.

El fruto de la siembra siempre tarda en llegar. Nos hacen creer que es normal, que es lo que toca. Que preparemos la maleta, nos lavemos bien la cara y nos preparemos para emprender el gran viaje. Luego, una vez en la estación, a esperar. Pasa el tiempo. Promesas. Sigues esperando. La promesa que no llega y la palabra que se quiebra. Decepción. La cosa va así. ¿Dónde están tus amigos ahora? ¡Ah, no están! El tren ha continuado y tú no has subido en él. No va a ser culpa mía, ¿no?

Tiempo

Aún recuerdo el sórdido rugido de aquellas teclas en mi cabeza. Intentaban imitar una vieja melodía, trasladarme a alguna parte de mi infancia que sólo ellas sabían. Lejos de conseguirlo, me cogían por los pelos y me hacían envejecer casi treinta años. Meciéndome en aquél sillón de piel, una y otra vez. Los errores se columpiaban en mi cabeza, no me dejaban vivir. Personas que nunca debí haber conocido, documentos que jamás debí firmar; palabras que nunca tomar. Alcanzar el umbral de la mentira con una sola mano, cazar una tela de araña que se desvanece ante la mismísima voluntad de destruirla.

Y como si fuera demasiado tarde, el tiempo. Se abalanzaba sobre mí. Era el fiel retrato de mi destino, que se asomaba por un pozo para advertirme que no cometiera semejante estupidez. Ese era el ángel, supongo. El demonio me insistía en que continuará. “Un aprendizaje”, gritaba. Me gritaba a mí mismo, unos años antes y me pedía que lo tuviera en cuenta. Soy demasiado tonto como para hacerte caso.

Ahora cavamos nuestra propia tumba y nos convertimos en un Sonderkommando que atestigua nuestra desaparición. En fila acudimos al funeral de los hombres buenos. Observamos ese ataúd tan vacío, cargado de ilusiones que han de partir a algún lugar esperado… ¿por quién? No me importa. Al Cielo, dirán los católicos. A bendecir en algún lugar inocuo las bondades de nuestra moralidad terrenal.

¿Y si la ética fuese un cuento chino? De esos que se leen de derecha a izquierda, de esos que hay que cerrar tanto los ojos que la sopa de letras termina por arruinarnos la cena…

Carta astral

Venidos de aquí y de allá. Sin brújula ni portento. Sin hogar. Su existencia ha sido una sucesión de inauditas hazañas en algún lugar del Norte. ¿Dónde está ese lugar? Unos dicen que es una casa construida con piedras y hormigón, un tejado de hojas de palmera y algunas piedras mal colocadas. Yo digo que un hogar se compone de expectativas, esperanzas y sueños. Que su historia es la viva estela de la inconformidad y que en sus paredes todavía se puede escuchar el eco de las carcajadas que daban sentido a aquella infancia de luces y sombras. Pierdes parte de tu vida encajando las piezas del puzzle de tu juventud, temeroso de olvidar alguna cara, una voz o un perfume. Cuanto más sentido quieres darle, menos tiene.

Ese momento llega y la incertidumbre echa raíces en tu corazón. Ahora tus recuerdos están escritos en una hoja de papel; están implícitos en constelaciones estelares y en fases lunares. Cuando menos te lo esperas, el destino llama a tu puerta y te emplaza a una cita ineludible: el juicio es en 5 días.
Allí arriba, en el estrado, varias versiones de ti mismo. Una al lado de la otra, preparadas para juzgar tu paso por este período de la existencia. Parece un chiste malo sobre tu vida, pero es tan real que abruma. Desde ese rincón la perspectiva se pierde en el horizonte y confunde el arcoíris con un reflejo de luz.

Aquel adivino de aspecto tosco y aliento fuerte sabe cómo hacerte sentir mejor. «¿Qué quieres saber?».

Errores judiciales

Le miro a los ojos y le pido la verdad. Está cansada, tras días sin pegar ojo. Su ropa huele a húmedo. Un olor intenso, destilado de las lágrimas de la culpabilidad. Había llorado y rellorado el crimen. Una y otra vez lo revivía en su cabeza. Tanto hacerle creer que era culpable, se lo acaba creyendo.
Me dice que ella no mató a Rocío, que era inocente. ¿Qué creer, después de todo?

Otra víctima del sistema judicial español, que combina la interminable burocracia con el mínimo deseo de hacer Justicia, de la que se escribe en mayúsculas y huele a muerto. Como el caso de Dolores, centenares de casos más en los que una inoportuna intervención policial a la que se acumulan una cadena de fatídicos errores, ya ha echado a rodar montaña abajo, formando una bola demasiado grande como para pararla. Entonces los unos se cubren a los otros y los otros se cubren a los unos. La verdad se esconde entre expedientes en el fondo del cajón, entre pruebas exculpatorias y declaraciones arrancadas a la fuerza. Ellos quien un culpable; algunos quieren la verdad.

Pero, pasados tantos años, ¿qué es la verdad? Recuperar el tiempo perdido o la satisfacción de que se ha hecho Justicia cuando ya se ha esfumado, cuando tu vida ha sido una sucesión de amaneceres en prisión, señalado por algo que jamás hiciste? ¿Es entonces la dignidad un buque sin bandera?
En ocasiones las peores víctimas son las que siguen vivas, las que sufren el dedo acusador de una sociedad de vodevil. Los muertos al hoyo y el vivo… el vivo también al hoyo. Al olvido, a los pasillos interminables del módulo A, a la procrastinación del deseo de vivir.

Las víctimas, grandes olvidadas de este sistema procesal, navegan a la deriva de la incredulidad, de que “esto no les puede estar pasando a ellos” y les pasa. Entonces, cuando se descubre la verdad, nadie sale a disculparse. Policía, Jueces, Letrados… Todos esconden la cabeza bajo el ala de la Justicia, la misma a la que señalan cuando se les pone en contra y que rechazan cuando hace el intento de resurgir entre sus cenizas.

La estabilidad de Occidente

Cada vez que oigo alguna noticia relacionada con Siria, cierro los ojos y vuelvo a la Alemania Nazi. Empatizo con los ciudadanos alemanes que desconocían por completo la existencia de los campos de concentración. Ojos que no ven, corazón que no siente. ¿Qué culpa tenemos los ciudadanos de a pie de las atrocidades que cometen los gobiernos en nombre de la paz global o de la “estabilidad de Occidente? Si bien no culpa directa, respondemos moralmente de las consecuencias en cuanto conocemos lo que ocurre y no hacemos nada.

Hoy en día, entre tanto hashtag y contenido absurdo, tenemos al alcance de nuestra mano la verdad, que siempre es una. Los alemanes ilusos de la época que negaban la existencia del Holocausto, no tenían un smartphone con el que averiguar las atrocidades que se cometían en su nombre. Hoy sí lo sabemos. Nos aterra. ¡Qué lástima! Mientras desayunamos, compartimos alguna foto en Facebook… ¡y ya está! Problema solucionado.

La verdad es que la Unión Europea ha vendido a los refugiados a Turquía a cambio de beneficios fronterizos, comerciales y con promesas de incorporación a la Unión. Han relegado el asilo político a la prostitución de los derechos fundamentales. No hay más que ver las decenas de vídeos que se cuelgan en Internet y que testimonian estas afirmaciones. Niños separados de sus madres, ciudadanos que huyen de un país en guerra para encontrarse, si cabe, un trato más degradante. ¿En eso hemos convertido Europa? ¿Tan lejos estamos de Estados Unidos?

A colación de la introducción, ¿recordáis ese poema que empieza… “Cuando los nazis vinieron a buscar a los comunistas, guardé silencio […]”?

Dobles lecturas

Cuando eres pequeño, cuando aún no has desarrollado lo que comúnmente denominan “pensamiento crítico” te dejas llevar por la dimensión catastrófica que la prensa quiere imponerte ante un suceso. El bombardeo de información unidireccional —por más que Internet haga sus pinitos en la formación del pensamiento libre— ayuda, más que a analizar los hechos de manera objetiva para que cada uno extraiga sus conclusiones, a crear una corriente de pensamiento cubierta de prejuicios y odio. Te posicionan frente a un hecho y el rechazo sólo puede caminar en esa dirección. Hay buenos y malos. Hay civilizados e incivilizados. Hay fanáticos religiosos y, por lo que parece, fanáticos de la “democracia”.

Para algunos, por suerte para la humanidad, el librepensamiento (razón sin religión) florece a medida que vas creciendo. Aprendes a hacer dobles lecturas antes de formarte una opinión y descubres que ni todos los buenos son tan buenos, ni los malos tan malos. También descubres que no es oro todo lo que reluce y que el “piensa mal y acertarás” está a la orden del día.

Nos creemos las patrañas del transnacionalismo y que hay un ente superior (llámalo ONU, llámalo Unión Europea, llámalo como quieras…) que existe con el único propósito de protegernos. Algo así como una oenegé para la humanidad. Paz y amor, porque el dinero es secundario, ¿verdad?
Hoy las banderas de muchos países del mundo ondean a media asta. Condenan el atentado sucedido en París la noche del fatídico viernes 13 de noviembre. La violencia es repulsiva, es la manifestación máxima del odio, del aborrecimiento por el diálogo, de la intransigencia… es el límite a no superar en nuestras sociedades fundadas, según rezan las constituciones, en principios como la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político.

La violencia puede ser muchas cosas, pero siempre admitirá dobles lecturas. En una guerra no hay víctimas, en una guerra no hay ganadores, en una guerra hay muerte y desolación. La guerra la sufren las familias, los niños, los amigos… Se tiñe de nacionalismo o de religión un fanatismo con el que no todo un país o raza comulga y todos acaban en el mismo saco (nosotros y ellos).

Con los ataques de París, ¿cómo equilibramos la balanza de la Justicia? ¿Cómo podemos mostrar nuestro rechazo a la violencia sin convertirlo en otra guerra de racismo y xenofobia? ¿Cómo podemos no caer en lo mismo, en la simplificación y reducción de las personas a bandos? ¿Amigos o enemigos? Todo admite dobles lecturas.
Lejos de hacer una guerra de cifras, pues considero que implica reducir una víctima a un triste número, deberíamos reflexionar hacia adónde caminan los intereses nacionalistas en Oriente medio.

¿Tan inocente es occidente cuando durante décadas y décadas ha expoliado y destruido al pueblo musulmán?

Hacia adónde camina, impasible, el relevo de la violencia que siempre la acaba pagando con los que menos han decidido.
En esta carrera no hay vencedores y vencidos, no hay Arte de hacer la guerra. Hay imperialismo y fanatismo, hay religión y mentiras. Hay intereses ocultos que saben “menear” la geopolítica para forzarnos a hacer una sola lectura.

“¡Triste época la  nuestra! Es más fácil desintegrar un átomo que un prejuicio”. —Albert Einstein

más antiguosentradas

Copyright © 2018 σοφία

Tema por Anders NorenArriba ↑