σοφία

Categoría: Opinión (page 2 of 4)

Puta

Vas borracho o con unos amigos, no tienes porque ser un cuarentón gordo y canoso. Le sujetas las caderas haciendo amago de penetrarla y le preguntas que por qué no se calla, al final vas a perder la erección. Además está ahí abriéndose de piernas porque quiere, como si alguien la obligase. Fue ella la que se me acercó en ese prostíbulo. Pude elegir entre la rubia y la morena y la morena era virgen. La morena tenía cortes en los brazos y su cara demacrada dejaba entrever que, o bien era vieja, o bien se cuidaba bastante poco para tener veinte años. Lo que puede ver en mi estado.

No, no me apetece una raya ahora. La puta también se mete rayas de coca y parece disfrutar. Yo sólo quiero un polvo, un poco de sexo a cambio de dinero, ¿qué hay de malo en eso? La verdad, más de lo que parece. Mientras que España ostenta el título de ser el país que más negocio de la prostitución mueve en el mundo, la otra cara de la realidad es que detrás de ese “negocio” hay personas, con nombres y apellidos, con familia. Estamos utilizando un término vomitivo para referirnos a una forma de esclavitud en el siglo XXI, una forma de esclavitud que no podemos desasociar de otras formas de esclavitud como la laboral y que lleva aparejada detrás un enorme entramado criminal que mueve billones al año explotando sexualmente a más de un 90% de las mujeres que se calcula que ejercen la prostitución.

Pensamos que en la imagen lastimera de una joven que lanza su juventud por el retrete al meterse a las drogas cuando la mayoría de veces es a la inversa, esas chicas provenientes de otros países con falsas promesas de trabajo, con supuestos amantes o, incluso, directamente siendo raptadas en su país de origen son explotadas en locales de ocio nocturno, brutalmente apaleadas y humilladas y organizan su vida entorno a un ambiente de miedo utilizando recursos tales como intimidación directa o indirecta —amenazando a familiares—, reteniendo su pasaporte o induciéndolas a consumir estupefacientes para que sufran trastornos de personalidad y así ser más “dóciles” (recordemos que hablamos de personas). Mientras existe este tipo de esclavitud —o más bien dicho “coexisten”, ya que la cruda realidad permanece silenciada—, mientras decenas de miles de mujeres viven encadenadas a una vida que se supone que han elegido ellas mismas, arriba, entre nosotros, donde no hay maldad y todos respetamos nuestros derechos, se cierran cada día entre 900.000 y 1.500.000 de negocios sexuales cada día sólo en nuestro país. Las cifras hablan por sí solas; más que hablar, lloran.

Rincones

Todos los pueblos tienen un rincón mágico. Un rincón donde el tiempo no pasa y la esencia de las circunstancias pervive a través del tiempo. Esas historias conviven en el imaginario local y su valor cultural es demasiado grande como para desprestigiarlo. Y es que los que somos de la gran ciudad acostumbramos a desprestigiar a la gente de pueblo. Más tontos, vagos, más simples. Se aprecia la connotación peyorativa en esas palabras, pero yo no la encuentro por ninguna parte en lo que se refiere a simplicidad. Al fin y al cabo… ¿qué sentido tiene ser complejo? Más ambigüedad de comunicación, distancia con las personas y frialdad.

Estamos tan obcecados con tener más y ser los más ricos del cementerio que muy a menudo olvidamos que la verdadera felicidad reside en compartir lo que tenemos y en sentirnos valorados y reconocidos por los demás. Somos adictos al trabajo y no a las personas, pero la vida es una vela que no espera al tiempo, y la cera son los momentos derrochados en el preámbulo de la historia que escribimos con nuestras acciones, convicciones y argumentos.

Es por eso que la opacidad de las relaciones humanas queda patente a medida que avanza la tecnología que, curiosamente, busca “socializarse” y conectar a la gente y consigue lo contrario: distanciarla y mantenerla enganchada a dispositivos cuando la noticia está justo enfrente y es de carne y hueso.
Al final será cierto eso de que somos animales sociales.

¿Amar es inconstitucional?

Me resulta bastante patético sumarle —el día de ayer— una victoria al colectivo LGTB. Primero, porque que un tribunal de cuatro oportunistas partidistas me diga que el matrimonio está permitido unos años después de la aprobación de la reforma del Código Civil en materia de uniones matrimoniales entre personas del mismo sexo es un indicador de la enfermedad jurídica que sufre este país. Una enfermedad jurídica y un cáncer de gobierno —el que tenemos— que nos empuja a ir más allá de la mera terminología legislativa y ahondar en la España cañí de siempre, la derechista y extremista.

Siempre digo que legislar en favor del matrimonio homosexual en nuestro país fue un avance jurídico para el que la sociedad del momento no estaba preparada. Supongo que, igual que con el efecto cinturón, la normalidad fue acicalándose incluso en los estratos más conservadores (y es que ya van unos 21.000 matrimonios entre personas del mismo sexo). Ahora ya es normal. Ahora las abuelas, al oír la palabra “homosexual” no se llevan la mano a la cabeza, ni nos identifican a todos con Jorge Javier Vázquez. Ya no somos una apología de circenses y, salir del armario públicamente, ya, más que un escándalo, se ve como mero márketing. ¿Adónde quiero llegar con ello? A la importancia.

A que con el paso del tiempo ha perdido importancia aquel hecho acaecido en 2005. Eso es bueno, es síntoma de la normalidad y de que la sociedad ha sido capaz de digerir aquella pincelada de progresismo tangible.

Los queridos integrantes del grupo popular del Congreso, como no, presentaron recurso de inconstitucionalidad contra los matrimonios entre personas del mismo sexo por vulnerar —según ellos— algunos artículos de la Constitución. Y digo yo, ¿no será que más que un problema terminológico que se podría solventar con algún que otro mecanismo interpretativo previsto en la legislación vigente es ya un problema del fondo del asunto? Un rechazo frontal a esa opción sexual, me refiero.

Muy bien. ¿Qué esperaban si se declaraba inconstitucional? Correr a prohibir la reforma del 2005 y destruir la re interpretada figura jurídica del matrimonio homosexual? ¿Y qué hacemos con los niños adoptados? ¿Qué pasa con el otro cónyuge? ¿No es más que un desconocido cuando de facto ha sido el padre de la criatura?

Porque ya ha tardado el eclesiástico de turno en saltar a la palestra con argumentos biológicos y tal. ¿Será que todos los niños con padre y madre son ejemplares, verdad? ¿Será que si se crían con padres gays, los niños saldrán gays? ¿Y los padres, son pederastas? Esas preguntas que atormentan a los conservadores. Ese vicio a la discriminación que eluden con argumentos decimonónicos.

Bueno, el tiempo ha demostrado un par de cosas: la primera es que el índice de divorcios entre matrimonios homosexuales es menor que entre hombre y mujer; la segunda es que los casos de maltratos o violencia doméstica en el seno de una familia homosexual (en relación a los cónyuges) es significativamente inferior a la que se da entre uniones de gente “normal” (amén).

¿Qué entorno prefiero para un niño? Pues las cifras hablan por sí solas. Veamos qué hace el Partido Popular ahora que no se ha declarado la inconstitucionalidad de aquella reforma. Veremos cuánto tardan en prostituir el término “matrimonio” hasta remontarlo a la esencia del mismo por allá cuando se creó el Código Civil.

Podríamos empezar recortando el presupuesto que se dedica a la Iglesia católica cada año; ahí parece no haber recorte. Por culo a todos, sean o no homosexuales.

Terrassa, 1962

Hoy —25 de septiembre de 2012— se cumplen 50 años de las riadas que asolaron Terrassa y Rubí, que fueron de las ciudades más afectadas de toda la comarca del Vallès Occidental. Y en Terrassa, concretamente los barrios de Les Arenes y Ca N’Anglada. Para algunos no será más que una curiosa efemérides que comentar en el descanso del bocadillo, pero a mí es algo que atrapa mi sensibilidad.

Primero, porque mis abuelos formaron parte de aquella oleada de emigrantes andaluces que buscaban un futuro mejor en Catalunya. Lejos de recibir ayudas o buenas palabras de los catalanes, tuvieron que construir sus propias casas —con suerte— con ayudas de familiares o amigos. La gestión opaca de la urbanización de los barrios periféricos de Terrassa durante el franquismo —de hecho, la carencia de un plan general de ordenación urbanística— empujó a muchos, acompañados de la miseria, a construir casas de madera y barracones incluso en la riera.

Con más de 200 litros por metro cuadrado, el agua se llevó todo a su paso: ilusiones, esfuerzo y, sobre todo, la vida de decenas de personas. Una comitiva del gobierno franquista visitó las tierras del Vallès días después de la catástrofe prometiendo donaciones e inversiones en la zona, palabras cargadas de oportunismo que no se materializaron en las ayudas que prometieron. Se seguía construyendo en zonas peligrosas y sin un P.G.O.U. coherente.

La segunda razón por lo que resulta un tema emotivo para mí es el ejemplo de hermandad, de ayuda mutua que surgió en toda la ciudad (especialmente en los barrios afectados) que mostró el lado más humano de todos los que colaboraron en la reconstrucción de las zonas devastadas a base de mucho trabajo.

Así pues, invito a los interesados que, aparte de profundizar en el tema con soportes digitales y documentales, se acerquen a hablar con algunos de los —ahora abuelos— que vivieron aquella horrible catástrofe humana y material ligada a la humana (por el esfuerzo que supuso la construcción). Bien seguro, al volver la vista atrás, y revivir aquellas interminables horas, más de una lágrima se derrame al recordar la muerte de algún familiar, a algún amigo perdido o algún sueño truncado.

Y es que a veces la naturaleza mueve ficha para recordarnos que todo lo que sube, vuelve a bajar.

Se lleva el gris

Con el cambio de la peseta a la moneda única europea, en España, se redondearon los precios al alza y los salarios no tan al alza. Poco a poco, la ciudadanía fue perdiendo poder adquisitivo. También se dio un boom inmobiliario y una fiebre en el sentido común de muchos y muchos españoles que les llevó a hipotecar sus vidas durante años y años creyendo en una estabilidad económica (incluso crecimiento a punto de zozobrar). Buenos años para las economías domésticas que se endeudaron considerablemente para adquirir una vivienda en propiedad.

El sector público —en tiempos de bonanza poco vigilado por la opinión pública (en nuestro país sería más adecuado el término “crítica” pública)— también hizo de las suyas. Invirtió en infraestructuras innecesarias con el único objetivo de ocupar rankings europeos y repartir sobres entre amiguetes. ¡Mira el aeropuerto del yayo! Que si centenares de kilómetros de AVE entre ciudades con poca afluencia de pasajeros, aeropuertos con un par de servicios semanales… Todo eso administrando bien el binomio entre bolsillo propio y bolsillo ajeno.

La burbuja explota, la cosa va en serio. Lehman Brothers quiebra —¿recuerdas De Guindos?— y los mercados inician el protocolo de seguridad (activo todavía). Se empiezan a destapar casos de corrupción en ambos partidos (sí, en España, o se vota de izquierdas o se vota de derechas) y no responde nadie. Ni siquiera hay dimisiones. Los que hipotecaron su vida pierden su trabajo y a la calle. Y a seguir pagando el piso, porque una mera protección jurídica del tráfico inmobiliario prevalece sobre la dignidad de las personas. Así somos aquí, porque si lo pone en un papel por algo será. Dación en pago, locución censurada por los medios y los enteros.

Estado democrático y social de derecho. ¿De derecho justo o injusto? Garzón lo sabe, quiso hacer su trabajo, ejercer el poder de la justicia independiente. Hace tiempo que a Titánide se le va la mano y desequilibra la balanza. Ya no es ciega y tampoco vende cupones.

Rescatan a la banca (ellos mismos) y no a las familias. Recortan y recortan el gasto del dinero público y ahogan a la población. Nuevamente ganan ellos. Una detrás de otra, intensivo del Club de la Comedia en tu diario favorito. Rasca y gana un apartamento en Puerto Banús.

Y aquí las decisiones se alargan en el tiempo para disipar la presión mediática (si es que la hay). Todo despacio, nada fulminante. Ningún despido, ninguna responsabilidad ni dignidad (dimisión). Promesas y mentiras. Evasión fiscal, amnistía fiscal, presión fiscal. ¡Viva el fútbol!

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