Por la presente le manifiesto mi voluntad de que usted se vaya a la mierda. Estoy cansado de sus falsas promesas de futuro que acaban diluyéndose en reformas legislativas opacas. Estoy cansado de que el dinero de mis impuestos se destine a sus sobremesas interminables y a sostener un nivel de vida que muy poca gente de este país alcanzará nunca, ni siquiera con largas jornadas interminables de trabajo; de ese que hace sudar y muele la espalda.

Los altavoces del sistema político bombardean con reformas: regeneración es el eufemismo de moda. ¿En serio? ¿Alguien cree a alguien cuando le dice que va a cambiar? Es la Utopía de Tomás Moro con cara y ojos.

No se lo tome como algo personal; en serio, no le conozco.

Ahora han invadido los programas matinales, los del mediodía e, incluso, los fines de semana. La política se ha convertido en el eje central de los medios de comunicación que alternan entre debates de tertulianos con derecho a opinar sin saber y el caso de corrupción de turno. Hoy un color, mañana otro… ¿qué más da?

Yo desde mi ventana sólo veo un cartel ya corroído por el óxido. Anuncia un nuevo centro de atención primaria en mi barrio… lo anuncia desde 2005. Han pasado ya once años y lo único que ha crecido en ese solar abandonado es la mala hierba y mi barba. Un poco más abajo de la calle transversal a la mía hay un colegio construido con barracones, ratoneras de pladur que albergan a maestros y alumnos. No parece el entorno más idóneo para fomentar la educación y la cultura. En unas líneas, sanidad y educación del ciudadano de a pie.

¿Algo ha cambiado? Por supuesto, a peor. Nos encanta perdernos entre cortinas de humo y puerta giratorias. Pero es lo que llaman el juego de la democracia… ¡disfruten lo votado!