σοφία

Instantes nublados

En aquel instante todo había terminado. Sabía que había tocado fondo y una extraña sensación, una mezcla entre nostalgia y desesperación, recorrió mi cuerpo. Es divertido ver cómo todo puede cambiar en una milésima de segundo y destruir la más pretenciosa de nuestras seguridades. No somos conscientes hasta que ocurre. Quizás unos minutos antes, cuando olemos el miedo y el final de un camino se ilumina: es una etapa que necesita ser cerrada. Esa persona que nos ha hecho daño se aparece una y otra vez, escenificando su hazaña.

En ese momento devolvemos la idea a la conciencia que, abrumada, intenta procesar ventajas e inconvenientes de la decisión. Revolotea como ángel y demonio, transformada en la vieja moral cristiana. La culpa, el arrepentimiento, la traición… apellidos del miedo, nublan las buenas intenciones. Avanzar es una prioridad. Intentas arreglar tu cabeza porque el problema está en tu interior, pero es un edificio tan alto, tan inalcanzable, que necesitarás días para digerirlo. Días de sofá, lágrimas y palmadas de cariño en la espalda de algún buen amigo.

Podría usar la otra mano para empujarte, para adentrarte a ese precipicio necesario. A unos metros del abismo estarás preparado para saltar o para caer de espaldas en el suelo y lamentarte. ¿Qué decides?

¿Qué no dirán?

No dirán que viviste otra vida durante muchos años, que dejaste de ser feliz los mejores años de tu adolescencia porque nadie te había enseñado a serlo. Que escondiste gestos, miradas y sueños por miedo a lo que opinen los demás y a recibir burlas y agresiones de aquellos que anhelan sentirse aceptados. ¿Y es en ese mundo donde pretenden que encajes?

No dirán que cuando saliste del armario liberaste una losa enorme y construiste tu verdadero yo. Que empezaste a hacer amigos y a rodearte de gente que te acepta, te respeta y te quiere tal y como eres. Que se acabó el fingir, el medir tus pasos por lo que dirán.

No dirán que te enamoraste de tu mejor amigo heterosexual. Que la cosa acabó mejor o peor, que ya te partieron el corazón dos veces y que renaciste más fuerte.

No dirán que amar a otra persona no entiende de etiquetas, de figuras y de roles impuestos por la tradición. Que la cosa va de sensaciones, proyectos y sentimientos. Que al mirarte al espejo se abre el cielo y el infierno y que no sabes dónde clasificarte, como si fuera una obligación ubicarse en ese diccionario tan intransigente. Un baile de sombras que nunca acaba bien. ¿Saldremos de la caverna?

No dirán nada de eso. Porque la envidia y la rabia, prima hermana de la ignorancia, tiene muchos caminos por los que discurrir. Se cuela en los corazones de las personas y los nubla. Impide que veamos la esencia de los demás y nos ciega intencionadamente. ¿Cómo saber en quién confiar?

Ellos sólo te dirán maricón y tú sonreirás. A nadie le importa el qué dirán, pero te habrán ayudado a construir tu camino.

Volver a empezar

Volver a empezar lejos del mar, en una playa desierta que borre las huellas del pasado. Donde las olas reinventen nuestro destino y nos regalen una nueva identidad, sin olor a sal. ¿Imaginas? Un nuevo tú a miles de quilómetros. Cada día en bucle. Desde el amanecer al rojo crepuscular aprendiendo de nuevo los caminos que llevan hacia la sabiduría. Volver a tener la brújula de la vida en tus manos. ¿Se puede navegar en tu tormenta?

Algunos barcos no llegan a puerto y se pasan la vida huyendo. Huir como reacción natural a los problemas y tropezar siempre con la misma piedra, como un consejo mal aprendido o unas ganas tremendas de demostrar nuestro error interminable. Somos de equivocarnos y de no hablar las cosas. Somos de llenar la jarra hasta que vierta, inundando la mesa de problemas banales y calando hondo en los corazones de hule.

Nos encogemos de hombros y aquí no ha pasado nada.  Y luego el teatrillo se repite: la escena programada en nuestras cabezas se reproduce sin sonido. En nuestras mentes la musiquilla monoaural, golpes marcados que activan algo en el interior acompañan a los gestos bruscos de los muñecos de madera. Sé que es un recuerdo latente de algo que podría ser mejor, pero no alcanzo a encontrarlo allí, donde dicen que está. Donde han colocado la vida que esperan, a medio camino entre un éxito deseable y la más lejana de las ambiciones. Justo en ese punto medio se encuentra mi humillación, una aguja en un pajar.

Una llave que espera se encontrada y que espera encajar con todas las cerraduras. Yo ya le dije que eso no era posible, pero no pareció entenderme. Se giró haciendo muecas y me dijo «prefiero encajar que huir».

Laberintos de hiedra

Se encontró perdida en aquellos laberintos de hiedra y oscuridad. Los muros la miraban, intempestivos ante el paso del tiempo que ya se dejaba entrever por el desgaste de la caliza. Las ramas penetraban las cavidades y dotaban a la escena de un aspecto tétrico.

Desahuciada de su mente recorría de arriba a abajo los ochenta metros que separaban la verja de la calle y el palacio. La vida se había vuelto complicada ahora que estaba sola. Los bancos del parque eran grandes amigos con los que conversar y perder las horas. Los niños ya no jugaban allí, nadie osaba dirigirle la palabra.

Paseaba por las calles de Barcelona, esas mismas calles que años atrás le habían dado de comer. Ahora el duende se daba la mano con el diablo y la dejaban atrás. Ya no era la protagonista de su vida, no más. Como en una pesadilla infartada, el despertar en aquel vacío la atormentaba: caía sin cesar y no alcanzaba el lecho. Las preguntas, entonces, se sucedían en batería, sin orden lógico ni respuesta acertada. Las sombras del pasado se mezclaban con las del futuro, escondidas en el filo del destino, donde no eran capaces de pasar desapercibidas. Ahora cada recuerdo sería una lágrima.

De profesión efímera, Marta sabía que al mirarse en un espejo, volvería a aquellos años en los que robar un aplauso al público era una tarea sencilla.
El olvido en la jungla de hormigón le estaba costando la salud y la vida. ¿Para qué seguir? Y no siguió caminando.

Entre compases de jazz

Renacía en cada compás; el contrabajo le acompañaba en cada paso por la gran ciudad. Perdido entre auriculares y turistas, se escabullía por las calles de Barcelona tratando de encontrar sentido a aquel momento de su vida. Y lo que más sentido tenía era, a su vez, lo más vacío. El destino, condescendiente a veces, provocaba auténticos choques de trenes en su cabeza, mientras se limitaba a guiar la melodía de Tete Montoliu a golpes de cabeza. Se sorprendía de las miradas ajenas pero, al fin y al cabo, qué esperaba ante semejante espectáculo gesticular.

Cuando las grúas del puerto asomaban por el horizonte, ahora difuso, decidió que era el momento idóneo para descansar las piernas: la elección del lugar no era baladí. El tendido del teleférico de Montjuic se extendía a lo largo de su cabeza. La sombra de los cables se alargaban hasta fundirse con la muralla del castillo, proyectando una estampa que a Mario le recordaba a algo familiar, aunque no recordaba bien bien a qué en aquel instante. El acero y la piedra; el hormigón y el agua del Mediterráneo eran la delicia de cualquier coreano armado con una cámara fotográfica.

Ya se había merendado Barcelona cuando, de cada piedra, aparecían nuevos lugares, momentos y personas que disfrutar. Aquella interminable aventura dibujaba una escena diferente según se levantase ese día y encerraba el amargo sabor de la soledad…

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