σοφία

Volver a empezar

Volver a empezar lejos del mar, en una playa desierta que borre las huellas del pasado. Donde las olas reinventen nuestro destino y nos regalen una nueva identidad, sin olor a sal. ¿Imaginas? Un nuevo tú a miles de quilómetros. Cada día en bucle. Desde el amanecer al rojo crepuscular aprendiendo de nuevo los caminos que llevan hacia la sabiduría. Volver a tener la brújula de la vida en tus manos. ¿Se puede navegar en tu tormenta?

Algunos barcos no llegan a puerto y se pasan la vida huyendo. Huir como reacción natural a los problemas y tropezar siempre con la misma piedra, como un consejo mal aprendido o unas ganas tremendas de demostrar nuestro error interminable. Somos de equivocarnos y de no hablar las cosas. Somos de llenar la jarra hasta que vierta, inundando la mesa de problemas banales y calando hondo en los corazones de hule.

Nos encogemos de hombros y aquí no ha pasado nada.  Y luego el teatrillo se repite: la escena programada en nuestras cabezas se reproduce sin sonido. En nuestras mentes la musiquilla monoaural, golpes marcados que activan algo en el interior acompañan a los gestos bruscos de los muñecos de madera. Sé que es un recuerdo latente de algo que podría ser mejor, pero no alcanzo a encontrarlo allí, donde dicen que está. Donde han colocado la vida que esperan, a medio camino entre un éxito deseable y la más lejana de las ambiciones. Justo en ese punto medio se encuentra mi humillación, una aguja en un pajar.

Una llave que espera se encontrada y que espera encajar con todas las cerraduras. Yo ya le dije que eso no era posible, pero no pareció entenderme. Se giró haciendo muecas y me dijo «prefiero encajar que huir».

La violencia nunca es la solución

Creo hablar en nombre de todos los catalanes si digo, a día de hoy, que estamos horrorizados por lo que ocurrió el pasado 1 de octubre. Vivimos unos días de saturación: los móviles no paran de compartir historias lamentables de violencia sin razón (quiero pensar que es así) y los temas de conversación se reducen a lo acontecido el pasado domingo, cuando decenas de miles de ciudadanos acudieron a las urnas —más o menos legítimas, es irrelevante— a expresar su opinión. Ha habido algo interno, algún componente dentro de nuestra mente, que ha hecho un “click” irreversible y eso hace que nos planteemos si algo tiene sentido en ese océano de ruido y silencio.

Podemos discrepar en si somos o no independentistas, en si es más o menos criticable la estrategia del Govern para alcanzar la independencia o en si le damos mayor o menor legitimidad al referéndum, pero no olvidemos que la palabra “discrepar” alude a un marco de diálogo. Entre el diálogo y las porras hay un abismo imposible de salvar.

Las imágenes de la policía cargando contra la multitud, una multitud festiva que resistía pacíficamente y únicamente quería expresar su opinión a través de una urna han dado la vuelta al mundo. Se acabó ya esa versión sesgada de los hechos en las que los medios de comunicación tenían el poder absoluto de la escena y rodeaban sus ideologías de titulares al uso: el periodismo ciudadano ha llegado para quedarse y fue a través de Twitter y otras plataformas como los ojos del mundo entero se posaron sobre Cataluña para contemplar, atónitos, cómo se le daba salida a la falta de diálogo entre España y Cataluña.

Los hechos ocurridos han dejado patente la pseudo democracia que impera en España. La esfera política ha trasladado su incompetencia e inutilidad al ciudadano a través de la represión y la violencia. Y si esa es la única salida que sabe dar el Estado, no sé lo que pensar. Pagamos a políticos para que, a través de la democracia representativa, solucionen nuestros problemas y discutan nuestros marcos de convivencia. ¿Y ahora? ¿Alguien podría explicarle a un niño este oxímoron?

Al Estado, el pasado domingo se le cayó la careta y dejó entrever cómo se defiende ante un movimiento pacífico. Ahora contemplo emocionado las muestras de solidaridad de otros pueblos con el catalán, por las que rechazan frontalmente la violencia y la represión ejercida.

La violencia nunca es la solución, al menos para los verdaderos demócratas.

Laberintos de hiedra

Se encontró perdida en aquellos laberintos de hiedra y oscuridad. Los muros la miraban, intempestivos ante el paso del tiempo que ya se dejaba entrever por el desgaste de la caliza. Las ramas penetraban las cavidades y dotaban a la escena de un aspecto tétrico.

Desahuciada de su mente recorría de arriba a abajo los ochenta metros que separaban la verja de la calle y el palacio. La vida se había vuelto complicada ahora que estaba sola. Los bancos del parque eran grandes amigos con los que conversar y perder las horas. Los niños ya no jugaban allí, nadie osaba dirigirle la palabra.

Paseaba por las calles de Barcelona, esas mismas calles que años atrás le habían dado de comer. Ahora el duende se daba la mano con el diablo y la dejaban atrás. Ya no era la protagonista de su vida, no más. Como en una pesadilla infartada, el despertar en aquel vacío la atormentaba: caía sin cesar y no alcanzaba el lecho. Las preguntas, entonces, se sucedían en batería, sin orden lógico ni respuesta acertada. Las sombras del pasado se mezclaban con las del futuro, escondidas en el filo del destino, donde no eran capaces de pasar desapercibidas. Ahora cada recuerdo sería una lágrima.

De profesión efímera, Marta sabía que al mirarse en un espejo, volvería a aquellos años en los que robar un aplauso al público era una tarea sencilla.
El olvido en la jungla de hormigón le estaba costando la salud y la vida. ¿Para qué seguir? Y no siguió caminando.

Entre compases de jazz

Renacía en cada compás; el contrabajo le acompañaba en cada paso por la gran ciudad. Perdido entre auriculares y turistas, se escabullía por las calles de Barcelona tratando de encontrar sentido a aquel momento de su vida. Y lo que más sentido tenía era, a su vez, lo más vacío. El destino, condescendiente a veces, provocaba auténticos choques de trenes en su cabeza, mientras se limitaba a guiar la melodía de Tete Montoliu a golpes de cabeza. Se sorprendía de las miradas ajenas pero, al fin y al cabo, qué esperaba ante semejante espectáculo gesticular.

Cuando las grúas del puerto asomaban por el horizonte, ahora difuso, decidió que era el momento idóneo para descansar las piernas: la elección del lugar no era baladí. El tendido del teleférico de Montjuic se extendía a lo largo de su cabeza. La sombra de los cables se alargaban hasta fundirse con la muralla del castillo, proyectando una estampa que a Mario le recordaba a algo familiar, aunque no recordaba bien bien a qué en aquel instante. El acero y la piedra; el hormigón y el agua del Mediterráneo eran la delicia de cualquier coreano armado con una cámara fotográfica.

Ya se había merendado Barcelona cuando, de cada piedra, aparecían nuevos lugares, momentos y personas que disfrutar. Aquella interminable aventura dibujaba una escena diferente según se levantase ese día y encerraba el amargo sabor de la soledad…

Mesteño

Una extraña sensación de vacío se apodera de mí. Me inquieta en las horas muertas, en los giros inesperados de almohada huyendo de mi propio calor. Trato de escapar cual caballo mesteño que cabalga atemorizado. Alejándose de la mordaza y de las palabras comedidas  que son la perdición de nuestra libertad de expresión.

Alguien gritó al viento que era una moda pasajera, pero algunos tienen claro que el eufemismo ha venido para alojarse a pensión completa.

Es la enfermedad de lo políticamente correcto, de un tuit acertado y vacío de contenido, de las masas de opinión sin argumento ni preocupación. Navegamos en ese mar de información sin mucho criterio, señalando con el dedo acusador sin apenas indicios y deslegitimando aquello que nos indiquen. Y al otro lado del tablero entra en juego el victimismo fácil, las lágrimas de cocodrilo por quien no conocemos. ¿Estás perdido o incompleto?

No sé que me extraña en el país de la polarización, donde si no eres del Barça eres del Madrid, donde si no eres independentista eres facha y donde si no eres negro, eres blanco. Ni hay término medio ni se le busca. O la complacencia o la ofensa, y así estamos. Optamos por ofendernos y amargarnos, por hacer nuestras batallas que no nos ha tocado librar y convertirnos en seres un poco peores. La deriva ha llegado para instalarse en el vacío de la libertad […]

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