σοφία

La violencia nunca es la solución

Creo hablar en nombre de todos los catalanes si digo, a día de hoy, que estamos horrorizados por lo que ocurrió el pasado 1 de octubre. Vivimos unos días de saturación: los móviles no paran de compartir historias lamentables de violencia sin razón (quiero pensar que es así) y los temas de conversación se reducen a lo acontecido el pasado domingo, cuando decenas de miles de ciudadanos acudieron a las urnas —más o menos legítimas, es irrelevante— a expresar su opinión. Ha habido algo interno, algún componente dentro de nuestra mente, que ha hecho un “click” irreversible y eso hace que nos planteemos si algo tiene sentido en ese océano de ruido y silencio.

Podemos discrepar en si somos o no independentistas, en si es más o menos criticable la estrategia del Govern para alcanzar la independencia o en si le damos mayor o menor legitimidad al referéndum, pero no olvidemos que la palabra “discrepar” alude a un marco de diálogo. Entre el diálogo y las porras hay un abismo imposible de salvar.

Las imágenes de la policía cargando contra la multitud, una multitud festiva que resistía pacíficamente y únicamente quería expresar su opinión a través de una urna han dado la vuelta al mundo. Se acabó ya esa versión sesgada de los hechos en las que los medios de comunicación tenían el poder absoluto de la escena y rodeaban sus ideologías de titulares al uso: el periodismo ciudadano ha llegado para quedarse y fue a través de Twitter y otras plataformas como los ojos del mundo entero se posaron sobre Cataluña para contemplar, atónitos, cómo se le daba salida a la falta de diálogo entre España y Cataluña.

Los hechos ocurridos han dejado patente la pseudo democracia que impera en España. La esfera política ha trasladado su incompetencia e inutilidad al ciudadano a través de la represión y la violencia. Y si esa es la única salida que sabe dar el Estado, no sé lo que pensar. Pagamos a políticos para que, a través de la democracia representativa, solucionen nuestros problemas y discutan nuestros marcos de convivencia. ¿Y ahora? ¿Alguien podría explicarle a un niño este oxímoron?

Al Estado, el pasado domingo se le cayó la careta y dejó entrever cómo se defiende ante un movimiento pacífico. Ahora contemplo emocionado las muestras de solidaridad de otros pueblos con el catalán, por las que rechazan frontalmente la violencia y la represión ejercida.

La violencia nunca es la solución, al menos para los verdaderos demócratas.

Laberintos de hiedra

Se encontró perdida en aquellos laberintos de hiedra y oscuridad. Los muros la miraban, intempestivos ante el paso del tiempo que ya se dejaba entrever por el desgaste de la caliza. Las ramas penetraban las cavidades y dotaban a la escena de un aspecto tétrico.

Desahuciada de su mente recorría de arriba a abajo los ochenta metros que separaban la verja de la calle y el palacio. La vida se había vuelto complicada ahora que estaba sola. Los bancos del parque eran grandes amigos con los que conversar y perder las horas. Los niños ya no jugaban allí, nadie osaba dirigirle la palabra.

Paseaba por las calles de Barcelona, esas mismas calles que años atrás le habían dado de comer. Ahora el duende se daba la mano con el diablo y la dejaban atrás. Ya no era la protagonista de su vida, no más. Como en una pesadilla infartada, el despertar en aquel vacío la atormentaba: caía sin cesar y no alcanzaba el lecho. Las preguntas, entonces, se sucedían en batería, sin orden lógico ni respuesta acertada. Las sombras del pasado se mezclaban con las del futuro, escondidas en el filo del destino, donde no eran capaces de pasar desapercibidas. Ahora cada recuerdo sería una lágrima.

De profesión efímera, Marta sabía que al mirarse en un espejo, volvería a aquellos años en los que robar un aplauso al público era una tarea sencilla.
El olvido en la jungla de hormigón le estaba costando la salud y la vida. ¿Para qué seguir? Y no siguió caminando.

Entre compases de jazz

Renacía en cada compás; el contrabajo le acompañaba en cada paso por la gran ciudad. Perdido entre auriculares y turistas, se escabullía por las calles de Barcelona tratando de encontrar sentido a aquel momento de su vida. Y lo que más sentido tenía era, a su vez, lo más vacío. El destino, condescendiente a veces, provocaba auténticos choques de trenes en su cabeza, mientras se limitaba a guiar la melodía de Tete Montoliu a golpes de cabeza. Se sorprendía de las miradas ajenas pero, al fin y al cabo, qué esperaba ante semejante espectáculo gesticular.

Cuando las grúas del puerto asomaban por el horizonte, ahora difuso, decidió que era el momento idóneo para descansar las piernas: la elección del lugar no era baladí. El tendido del teleférico de Montjuic se extendía a lo largo de su cabeza. La sombra de los cables se alargaban hasta fundirse con la muralla del castillo, proyectando una estampa que a Mario le recordaba a algo familiar, aunque no recordaba bien bien a qué en aquel instante. El acero y la piedra; el hormigón y el agua del Mediterráneo eran la delicia de cualquier coreano armado con una cámara fotográfica.

Ya se había merendado Barcelona cuando, de cada piedra, aparecían nuevos lugares, momentos y personas que disfrutar. Aquella interminable aventura dibujaba una escena diferente según se levantase ese día y encerraba el amargo sabor de la soledad…

Mesteño

Una extraña sensación de vacío se apodera de mí. Me inquieta en las horas muertas, en los giros inesperados de almohada huyendo de mi propio calor. Trato de escapar cual caballo mesteño que cabalga atemorizado. Alejándose de la mordaza y de las palabras comedidas  que son la perdición de nuestra libertad de expresión.

Alguien gritó al viento que era una moda pasajera, pero algunos tienen claro que el eufemismo ha venido para alojarse a pensión completa.

Es la enfermedad de lo políticamente correcto, de un tuit acertado y vacío de contenido, de las masas de opinión sin argumento ni preocupación. Navegamos en ese mar de información sin mucho criterio, señalando con el dedo acusador sin apenas indicios y deslegitimando aquello que nos indiquen. Y al otro lado del tablero entra en juego el victimismo fácil, las lágrimas de cocodrilo por quien no conocemos. ¿Estás perdido o incompleto?

No sé que me extraña en el país de la polarización, donde si no eres del Barça eres del Madrid, donde si no eres independentista eres facha y donde si no eres negro, eres blanco. Ni hay término medio ni se le busca. O la complacencia o la ofensa, y así estamos. Optamos por ofendernos y amargarnos, por hacer nuestras batallas que no nos ha tocado librar y convertirnos en seres un poco peores. La deriva ha llegado para instalarse en el vacío de la libertad […]

La negligencia profesional del abogado

Cuando hablamos de negligencia en la actuación de un abogado nos referimos a esas conductas por las que, debido o bien a la acción o inacción del letrado, se ha producido una falta de la diligencia que cabe exigir a dicho profesional y se ha causado un perjuicio a su defendido. Es común que en las profesiones en las que se requiere colegiación o un determinado nivel de estudios para acceder a su práctica existan normas deontológicas. Como bien sabemos, la deontología no es más que la aplicación de la ética en el ejercicio de la profesión y la abogacía no se queda atrás.

En la abogacía existen multitud de criterios deontológicos que han de regir la comunicación con los clientes, la publicidad que efectúe el abogado o el trato para con otros compañeros de profesión. Estos, entre otros, vienen recogidos en el Código Deontológico del Consejo General de la Abogacía Española. Si bien la gran mayoría de sus preceptos se funden con el más elemental sentido común, hablar de esto último y tratar de llegar a un consenso respecto a lo que incluye dicho sentido común se torna una tarea complicada, por lo que es imprescindible regular en un Código los principios que deben dirigir la actuación de un profesional, en este caso letrado y así evitar conductas no deseadas. Es de esa forma que puede establecerse una gradación de sanciones para corregir esas actitudes y que no vuelvan a repetirse.

Lamentablemente, día tras día observamos en los tribunales de justicia así como en el resto de dependencias donde se desarrollan las actividades de los operadores jurídicos que no todas las actuaciones de los letrados se ciñen a la más estricta de las diligencias exigibles, causando un perjuicio en los afectados que no siempre van a percibir, debido a su falta de formación jurídica: como es lógico, para eso está prevista la asistencia letrada.

Bajo mi punto de vista, uno de los pilares fundamentales que ha de guiar la actuación de un letrado en la defensa de los intereses de su cliente ha de ser la rigurosidad profesional y la humanidad —a veces olvidada por el camino—. Un preciso estudio del caso, seguido de una estrategia para el día del juicio es fundamental para garantizar un principio de éxito, pues la sentencia la dicta el juez y nunca va a depender, exclusivamente, de nuestra actuación. Conocer el caso en profundidad nos va a dar una visión rigurosa de los hechos y de cómo aplicar los preceptos legales. Enmarcar la situación fáctica en un marco jurídico para obtener una sentencia favorable a las pretensiones de nuestro cliente es nuestro objetivo, pero nunca sin dejar de lado la humanidad.

No se ha de olvidar que, además de clientes, son personas. Y cuando una persona acude a un juzgado, es para derimir controversias relativas, o bien a su patrimonio, o bien a su libertad, dos de los factores esenciales de la vida civil de una persona. Por otro lado, la mayoría de temas incluyen un componente emocional clarísimo —como son los casos de derecho de familia o los de violencia de género—. Es imprescindible, además, saber comunicarse de forma cuidadosa, empleando los términos adecuados y comprendiendo la situación personal de cada individuo para, además de ser su apoyo legal, convertirse en una especie de guía emocional durante el proceso, en todo lo relativo al mismo. En la mayoría de ocasiones nos encontramos ante un cliente (sobre todo en el orden penal) que desconoce cómo se desarrolla un procedimiento en un juzgado y es perfectamente comprensible que surjan dudas y temores, a los que debemos dar una respuesta efectiva.

Todo ello sin traspasar la fina línea de la confianza. Parece fácil, pero ahí reside la clave del buen abogado. Hay que ser una buena persona para ser un buen profesional.

Y cuando un letrado no se ciñe a lo anterior y trabaja con desidia, sin conocer en profundidad ni el caso ni los mecanismos legales aplicables a la jurisdicción donde se encuentre tramitando el procedimiento por el que aboga, se mezclan los ingredientes de un cóctel llamado negligencia profesional. En muchos casos, dicha negligencia se esconde en las visicitudes del procedimiento y pasan desapercibidas. En ocasiones son detectadas por otros abogados que, por deferencia a su ilustre compañero, prefieren mirar a otro lado. Luego están los casos en que la negligencia es tan flagrante, que es imposible huir de ella y hasta los clientes detectan dicho comportamiento imprudente, en el sentido amplio de la palabra. El peor de los casos sucede cuando, como ya hemos advertido, la negligencia se centra en las normas del procedimiento o en los mecanismos del mismo, esos pequeños “trucos” escondidos en los códigos que nos permiten hallar la solución más favorecedora para nuestro cliente. La aplicación automática de conceptos aprendidos sin estudiar el caso en profundidad suelen conducir a estos errores. Errores que podrían solucionarse conociendo la ley en más profundida. ¿No es acaso exigible este extremo a un abogado?

Como ya ocurre con el sistema penal donde la víctima es la gran olvidada, este caso no es una excepción. Los clientes que sufren de un abogado negligente no siempre saben que la sentencia condenatoria se ha debido, en parte, a la falta de cuidado exigible a la actuación de su dirección letrada en los tribunales, de una diligencia no pedida o de una prueba mal apreciada o valorada.

En esos casos, la palabra injusticia se queda corta para definir la situación creada.

¿El machismo mata?

Tras el interrogante de este título se esconde una lacra demasiado peligrosa como para caer en un análisis somero. Tras este interrogante se encuentran más de 350 denuncias al día en España por malos tratos, más de 60 órdenes de protección otorgadas y un balance —en el año 2015– de 57 mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas. Hay otra cosa que también esconde dicha pregunta: vergüenza. Vergüenza de reconocer que, en la mayoría de ocasiones, todos somos cómplices silenciosos y perpetuamos la violencia de género, en cualquiera de sus expresiones.

Y quizás el error está en pensar que esta violencia sólo se manifiesta en la mejilla de la mujer o en los moratones de los brazos. Error. En cada insulto, en cada vejación, en cada chiste machista, en cada comentario fuera de lugar, en cada reflexión que mea fuera de tiesto y sostiene que la patria de la mujer es la cocina, se esconde una pequeña gota que poco a poco pasa factura.

Olvidar el componente de odio, el machismo implícito en cada golpe, nos impide ahondar en las raíces de este fenómeno social, que empezó a pasar a un primer plano mediático a raíz de la Ley Orgánica 1/2004, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Esta fue la primera vez que la legislación estatal abordó de forma más o menos acertada esta lacra social —aunque en 2003 se publicó la Ley 27/2003, de 31 de julio, reguladora de la Orden de protección de las víctimas de la violencia doméstica, que modificó determinados preceptos de la Ley de Enjuiciamiento Criminal con la finalidad de proteger, desde un primer momento, a las víctimas. Así, actualmente existe, en nuestro Código Penal, la violencia doméstica y la violencia de género. Ambas deben ser diferenciadas pero ambas comparten preocupantes sinónimos como la desigualdad, el empleo de fuerza física o el acoso. Palabras, estas últimas, que no deberían producirse en el seno de la convivencia familiar o de pareja.

Lamentablemente, tener una idea aproximada de los números que maneja la violencia de género no aborda su problema principal, el de raíz, el machismo. Si los medios de comunicación empiezan a tener más tacto al tratar estos casos —aunque debería cambiarse el “fallece o muere” de los titulares por un “es asesinada”, cuando esto ocurre— de poco sirve si minutos después emiten en parrilla anuncios que propugnan la desigualdad de género o cosifican a la mujer convirtiéndola en un objeto de deseo.

Y, más importante aún, detrás de esos números se esconden miles de mujeres con nombre y apellidos, miles de mujeres atemorizadas por el qué vendrá después, que se estremecen al oír siquiera la palabra “denunciar”, que temen también por sus hijos, por el qué dirán y que acaban culpándose por haber creado la situación actual de tensión entre ella y su pareja.

Esto lleva a que la sociedad, sin comprender el síndrome de la mujer maltratada, no alcance a entender cómo las víctimas pueden “permitir” eso, cómo no salen a la calle corriendo a denunciar al maltratador y huyen de casa, cómo hay ocasiones en que, tras interponer la correspondiente denuncia, se niegan a declarar contra su actual pareja. ¿Por qué? Porque tienen miedo y porque en ocasiones no reconocen que tienen un problema.

El maltratador, que no se puede clasificar en un perfil social o económico concreto, es un ente perverso pero muy real que destila cobardía y convierte su mayor debilidad en su peor virtud. Convierte el hogar, ese lugar que para la gran mayoría es un refugio, en una fortaleza sin ventanas, donde sólo se responde ante su autoridad. Ejerce, con degoteo constante, un maltrato psíquico y físico calculado. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Las caricias dan paso a los pellizcos, los abrazos a los empujones y el sexo a la violación sistemática. Porque sí, la violación existe en el seno de una pareja. Y porque no es no.

Las particularidades del síndrome de la mujer maltratada, tales como pérdida del control, justificación de las agresiones, culpabilidad, dependencia, pasividad, etc, producen en la mujer la creencia de que nada va a cambiar, se haga lo que se haga, y su personalidad queda reducida a la sumisión ante el maltratador. Es en este contexto en el que hay que entender cómo se producen las agresiones para, como sociedad, saber dar una respuesta eficaz desde su raíz y no creer que se trata de un capricho puntual de una mujer que quiere separarse de su marido, amén de las dichosas denuncias falsas que suponen una losa para la implicación de la ciudadanía en estas agresiones.

Es, en ese contexto, donde se han de vertebrar mecanismos de protección integrales que incluyan servicios de acogida, protección jurídica, asesoría psicológica y laboral, serivios de inserción y, sobre todo, establecer pautas que permitan detectar esos abusos antes de que sea demasiado tarde para actuar.

Es necesario otorgar una protección más integral y reforzar los protocolos a un nivel más elevado, implicando a todas las administraciones y autoridades, no únicamente a nivel local.

Debemos enfocar nuestros esfuerzos en la prevención de la violencia de género. La educación, como eje vertebrador y de perpetuación del patriarcado ha de sufrir una revisión total y adelantarse a los nuevos retos a los que se enfrenta, teniendo en cuenta las nuevas tecnologías y los nuevos medios de comunicación a través de los cuales el acoso, la intimidación y la agresión se intensifican y se propagan a un ritmo más acelerado. Los jóvenes tienen en su mano potentes herramientas de conocimiento, pero también de destrucción cuando son utilizados para replicar conductas machistas y pretenden ejercer un control sobre la mujer..

En respuesta a la pregunta… SÍ. El machismo mata, porque detrás de cada crimen cometido contra la pareja o ex pareja, se esconde un alto componente de odio y desigualdad de género, se esconde un profundo desprecio a la mujer y a lo que ella significa. Es responsabilidad de todos acabar con ello. Ante conductas machistas, no mires hacia otro lado, cada gota cuenta: denúncialo.

María pensó que el amor
era un mandamiento de dos
y esperando el primer beso
se hace vieja ante el espejo
y limpia su llanto
maquilla sus heridas
y se le va la vida. —Pasión Vega

Presos del sistema

Hay ocasiones —por no decir las que más— en que los procedimientos judiciales en España no persiguen el fin último para el que fueron creados: hacer Justicia. Entonces nos hallamos únicamente ante una consecución de actos procesales que culmina en una sentencia que pone fin a la controversia. Fin procesal, quiero decir. Para el sistema ahí se acaba la posibilidad de quejarse por la vía formal. El expediente, con su cosa juzgada, queda archivado. En ese momento, ¿alguien piensa en la víctimas o en los perjudicados de un proceso? La respuesta, para los que nos dedicamos a este mundo, es bien sencilla: no. Ni en los juzgados ni sobre el papel, en las leyes que conforman nuestro Ordenamiento jurídico. El único avance más o menos integral (y que siempre será discutible) lo encontramos en materia de violencia de género, en la que, debido a la transversalidad de la afectación de la víctima, se hace más que necesario legislar un procedimiento que permita a los jueces estar en contacto con las administraciones públicas para garantizar la integridad física y psíquica de la mujer maltratada y establecer protocolos conjuntos de actuación que permitan una mayor efectividad, tanto en el sentido paliativo como preventivo del fenómeno.

Si ya nos cuesta entender este oxímoron a los que estamos en el mundillo, eso de la justicia injusta, ni me imagino a los que nunca han abierto un libro de leyes o no tienen nociones básicas de cómo funciona el sistema judicial de nuestro país. Es complicado entender como la Justicia, que camina un paso por detrás de la realidad social en la mayoría de ocasiones, no logra hallar una solución integral que dé respuesta global a los problemas de los ciudadanos. En muchas ocasiones, la falta de comunicación judicial lleva a callejones sin salida a procedimientos penales cuya resolución es clave para iniciar un procedimiento civil o mercantil y viceversa. Tampoco ayuda la falta de medios en Justicia y la lentitud de la tramitación de los procedimientos en los juzgados, a todas luces colapsados por la carencia de inversión pública.

Lo hemos visto en los últimos años con el drama de los desahucios y la pobreza energética como máximo exponente, o con los miles de autónomos que, bienaventurados ellos por emprender, han visto como un fracaso puntual en un negocio les ha arrastrado a la clandestinidad de por vida, cargando con una deuda que difícilmente podrán asumir.

Miles de personas se ven a diario expulsadas de nuestro sistema democrático, se ven presos del sistema, pues no pueden ni volver a él ni salir de él. Este hecho no hace más que fomentar la economía sumergida y la evasión de impuestos, como única alternativa para aliviar la presión fiscal por los más necesitados. Embargos con un salario mínimo tercermundista de 655 euros mensuales. ¿El legislador sabe lo que cuesta el alquiler de una vivienda? Me parece que no. Figuras demoníacas como los avales que han lanzado al umbral de la pobreza a familias que, con mucho esfuerzo, creyeron en el futuro de los hijos y apostaron por ellos. Ancianos lanzados de sus viviendas por el impago de la hipoteca de sus hijos o por avalar cuando no debían.

El sistema financiero ha entrado en una crisis de modelo, como en general toda la sociedad. El sistema judicial no escapa a las visicitudes de la sociedad actual y ha de hacer por cambiar, pues es la única forma en que el ciudadano podrá seguir confiando en él como un método para resolver conflictos; de lo contrario, presos del sistema.

Homo homini lupus est

Hay una locución en latín, Homo homini lupus est, que fue popularizada por el filósofo inglés Thomas Hobbes y que viene a ubicar el egoísmo en la esencia del comportamiento del ser humano. Si el hombre es un lobo para el hombre, asusta pensar cuánto sufrimiento es capaz de generar el ser humano y cuánto de ese sufrimiento se ha amparado en el consenso social —o bajo el yugo del silencio del conformista—.

A lo largo de la historia se han sucedido multitud de regímenes donde las virtudes y los defectos han ido transformándose con el paso del tiempo; progresando, en algunos casos y retrocediendo, en la mayoría de ellos. Los valores se han interpretado bajo la batuta del poderoso de turno con un triste denominador común: el sufrimiento. El sufrimiento ha sido el gran protagonista de nuestra triste historia, esa que debe recordarnos hacia adónde no debemos regresar. Como bien dijo Jacinto Benavente, una cosa es continuar la historia y otra repetirla. A nosotros nos encanta repetirla: tropezar cuatro, cinco y hasta seis veces con la misma piedra. Es la misma tragicomedia pero con otras máscaras, eso que ahora se llama partido político.

Uno de los indicios más claros de que el sufrimiento es el eje vertebrador de nuestros días son las efemérides. La mayoría de celebraciones centran su objeto en recordar batallas, matanzas, conquistas —solían violar y asesinar a los nativos— y una retahíla de eventos en los que la muerte siempre está presente. Y no, no una muerte limpia e indolora: cuánto más significada, cruel y ejemplar mejor. Por suerte aquellos tiempos en los que morir era toda una declaración de intenciones van quedando atrás, mejor aprovechar la vida para ejecutar esas intenciones y producir algún cambio. Quizás esa será la doble cara de la palabra honor…

Otro claro ejemplo de sufrimiento es la violencia de género; el machismo podrido instaurado en nuestras instituciones, desde el matrimonio hasta la iglesia, de mayores a adultos, de hombre a mujer. Son muchas las acepciones con las que el machismo se manifiesta en nuestro entorno, desde imperceptibles comentarios inocentes que no tienen nada de inocencia, hasta el bofetón de la cruda realidad, que no siempre es tan literal como aquí se expresa.

Parece una ecuación difícil de resolver, pero despejar la incógnita es muy sencillo: la constante a través de la historia es el sufrimiento.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes. —Miguel Hernández

La cultura de la violencia

Hace unos días conocimos un nuevo caso de violencia en las aulas, un caso que afecta a los más indefensos y vulnerables, los menores. Uno de esos casos que hacen plantearse la mayoría de edad penal, bajo la cual se determina la imputabilidad o inimputabilidad y abren un delicado debate que, probablemente, afecte de forma transversal a nuestra cultura y educación.

Esta vez, seis chavales menores de catorce años han agredido a una niña de ocho años por no entregarles la pelota en el recreo. Y no, no son cosas de niños. No ha sido un empujón inocente que ha acabado con una tirita en la rodilla. Esta vez ha acabado en el hospital. La reacción natural de los niños, lejos del diálogo, consistió en propinar una paliza, un mensaje claro y directo. Una cruel declaración de intenciones en plena edad de crecimiento y formación de la personalidad. Sorprende ver la reacción de algunos —quitando hierro al asunto— al descubrir que no se trataba de un caso continuado de acoso escolar, sino una pelea puntual con una consecuencia no esperada. Y si relacionamos “puntual” con “normal”, resulta cuanto menos curioso que haya personas a las que les parezca normal que una niña de ocho años termine intubada en un hospital, cuando debería estar jugando en el recreo.

Hoy, día 24 de octubre de 2016, informa La Voz de Galicia del contenido de un vídeo que ha sido difundido los últimos días y que fue grabado en Lugo. En él se puede apreciar algo más de una cincuentena de menores de 16 años, ataviados con mochilas de la escuela, y presenciando una pelea entre dos muchachos en el césped de lo que parece ser un parque público. Un parque convertido durante unos minutos en un ring de boxeo; un espacio para liberar la ira de unos niños que no debería tenerla. Como en una pelea improvisada de los Warrios en el Nueva York de los setenta, no parecen existir normas en el combate espontáneo —pero planeado, pues hasta contaban con “árbitro”— entre los chicos del vídeo.

Patadas traicioneras, puñetazos mal encajados y mucha mala hostia directa a la cara del oponente, que aguanta el paso sin ningún tipo de protección ni una mínima temeridad. La causalidad quiso que no acabara en desgracia, máxime cuando los vítores de la muchedumbre se reducían a “Dale, dale”, “rómpele la mandíbula” o a desternillarse al ver sangrar a uno de los muchachos. Demasiada violencia por hoy.

¿Vivimos en una cultura de la violencia?

Si alguno de mis conocidos en el extranjero me preguntasen si considero que España es un país violento, creo que la respuesta se la podría mostrándoles los dos anteriores sucesos. No son más que una ejemplificación de la cultura de la violencia que impera entre la juventud. Nos hartamos de leer y leer noticias de ataques racistas, xenófobos, homófobos y, afectando a los menores de forma directa, el bullying. Si bien no me gustaría centrarme en el concepto anterior, pues requiere el componente de continuidad en el tiempo, son numerosas las agresiones puntuales y espontáneas que sufrimos en nuestras fronteras.

Una clara evidencia de que la sociedad está enferma, está cargada de ira y odio y repleta de personas con una incompetencia comunicativa galopante, al preferir una paliza a un diálogo. Cargamos con el lastre de una educación que, además de enfrentarse a la falta de voluntad política para cambiarla, no es capaz de adaptarse a los cambios sociales y ofrecer las herramientas adecuadas a esos menores cargados de ira que sólo conocen la violencia como forma de expresión.

Hagamos una introspección en nuestros hogares, pensemos en cómo de necesitado de afecto debe estar un niño que se limita a patear a una niña para conseguir una pelota o que jadea mientras dos niños se golpean de la forma más primitiva posible. Pensemos en cómo de necesitado de afecto debe estar el padre del niño que se expresa a golpes, porque lo cobarde aquí es echarle la culpa a los menores y hacer otro ejercicio de cinismo a los que nos tenemos acostumbrados.

Entendamos esa violencia como un trastorno que debe ser resuelto (y cuanto antes mejor), enseñemos la virtud de palabras como “perdón” o “gracias” y demos a los menores herramientas para quererse un poco más a sí mismos y valorar lo que tienen. A lo mejor así empezará a decaer la cultura de la violencia.

« Antiguas entradas

Copyright © 2018 σοφία

Tema por Anders NorenArriba ↑