Hay un extranjero en mi diván que dice conocer los secretos de mi vida. Pronuncia el miedo con un acento francés muy marcado y juega con el cubo de Rubik que adorna la mesilla auxiliar.
Encaja colores y los desencaja, pero está nervioso: lo noto en sus manos.
Resigue mi biografía con sus ojos, malabarista de la atracción mutua.
Y sin saber cuál es mi color favorito adivina mis gustos con cinco golpes de muñeca. Rápido y revelador. Sus ojos no dicen mucho más que lo que desee regalarte. Hoy no es nada. Me acostumbré a su silencio, a sus palabras olvidadas en el aire. No es momento para jugar a ser caza recompensas.
Cuando vuelve a centrar su atención ya te ha desnudado. Cruzas los brazos y acaricias tus músculos para entrar en calor... y nada. En ropa interior concentras los esfuerzos en encontrar una manera de esquivarle, ganarle es imposible. Psicoanalista psicoanalizado. Una vulgaridad de la clase blasfema.
Mira, no me interesan tus artes oscuras, ni tus acrobacias orientales aprendidas en Lavapiés. Oigo voces de fondo. Ni estribillo ni banda sonora. Son auténticos cuentacuentos de la vida. Padre Washington y Hermano arrepentidos de haber confiado su linaje a un pobre desgraciado como yo.
¿Quién soy yo para honrar a mis antepasados? Yo, que colecciono las lágrimas de mis fracasos y las escondo bajo tierra.
Hay un extranjero en mi cabeza y no, no es una hipérbole de una maruja de barrio.
Soy muy mal perdedor y lloro cuando me dictan lo que no puedo hacer. A veces incluso me hacen apuntarlo. Yo ignoro sus réplicas y mi creatividad sólo es paciente con los siguientes versos:
«Sueño con las cadenas que algún día me regalarán la libertad.
Sueño con la muerte que después me traerá la vida.
Sueño con tu sonrisa que me condenará a cien años de redención y lágrimas.»
Cuido la forma de este soneto agridulce empapado de sangre; el extracto de las cenizas son la atrición y el pañuelo de seda el símbolo.
Arrebátame la pluma con un beso, detén la literatura.


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