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Ahora que todo cambia y que tus esquemas divagan por los túneles del tiempo insistes en acechar al cuervo posado en la ventana. Crees que es una broma, que hay otro destino para ti en la pila de papeles de algún chupatintas y que no puedes ser el último responsable de tu fracaso.
No caigas en la debilidad de gritarme un «te quiero»: será sordo, pues mis pasos se han perdido en el andén de los sueños rotos, de aquellos que tras aunar dos pedazos creemos haber reconstruido, pero fundados en una frágil estabilidad, una gran piscina de hielo. A un lado, la comodidad de la falsa seguridad enmudece la curiosidad y cala la nieve. Al otro, las grietas aparecen la nada y con puntapiés esquivamos miradas reveladoras porque un paso basta para desmoronar años y años de creencias ciegas en valores caducados. Muerto el perro, muerta la rabia. Pero el perro se ha congelado en la impasividad del tiempo.
Aquí me encuentro, perdiendo a cada segundo una nueva pieza del rompecabezas de la vida, corriendo en círculos por el pasillo y tarareando un estribillo que nunca acaba.
Lo que antes se aparecía claro y real, ahora sólo es una estela del pasado. Una incongruencia de los puntos cardinales. Una fuerza centrífuga que convierte en desconocidos a los antiguos amantes, en enemigos a los antiguos amigos y en nostalgia al amor.
Lo que antes se aparecía claro y real es solo un espejismo de los que atacan a traición en la mente del caminante abandonado a su suerte...
Hazme caso: recuerda un instante vivido con él. Cierra los ojos y blíndalo. Ahora solo será tuyo y jamás podrán robártelo. Jamás podrán decir que no existió y que compartiste algo, algo muy grande reducido a cenizas.
La partida ha acabado y... ¿quién ha ganado? Te han ganado, como siempre.


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