Principios De Ingravidez

Esta es de esas pequeñas historias que nacen en folios de papel con mala letra para ser transcritos a ordenador.
Cada tarde, Madame Lucien tenía una cita en la Plaza de la Estrella. Ella y sus palomas pasaban las tardes de otoño como aquellos días caducos en que la pereza del bostezo invita a no hacer nada. Y pocos hubiesen descrito a la Madame como mujer atlética: todo lo contrario. Apenas cumplidos los 12 años apagó el televisor, pateó el sofá y se dijo para sí: «tenemos que hacer algo.» Algo es indeterminado, antónimo de la esperanza que en ella residía de alcanzar una fama decadente, de esa que las grandes estrellas del pop iban turnándose. Paradójicamente su entorno familiar era rabiosamente estable. De madre irritada perpetuamente, el padre se molestaba si su hija perdía la plaza anual en el equipo de fútbol. Un día ocurrió.
«Papá. cambié los papeles de la inscripción, no más fútbol.»
La maleta en la puerta sonreía; un mensaje escrito anunciaba que mis días allí habían terminado.
Y como cualquier adolescente con algo de dinero y poco de padres, mis principios cambiaron. Fiesta, Alcohol, Sexo y LSD era mi nueva familia.
«Ven y pasa, te lo queremos presentar.» El corrillo de amigas insistía.
«Te caerá bien.»«Harás buenas migas.» ¡Era el amor! ¡Qué horror! Me cayó mal desde el principio. Bien lejos lo quería yo.
Todos somos diferentes, supongo, pero muy iguales en el fondo. Nos mueven las mismas cosas. Incluso hubo un tiempo que mis dedos conocieron el ácido del estómago.
«¡Ni en broma!.» Dos meses en el psicólogo me bastaron. Tenía algo innombrable, pero relacionado con los traumas infantiles de Freud.
Había que sentar la cabeza, pero a todas las sillas les encontraba algún defecto. Una muy alta, otra demasiado baja, la segunda horrenda y de tanta depresión acabé pareciendo una mesa.
Viajé a Granada dos veces de pequeña a ver a algún familiar de mi madre (también mío, pero yo y la familia...).
Ahora estoy dando de comer a las palomas, en la Plaza de la Estrella, preparándome para morir; habiendo jurado a algún amor que me esperase.

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