La Niña Mona

Si no hay nada más peligroso que un hombre con su pluma y algo de sentido común, que me dejen un arma para demostrarlo.

Fría, envidiosa, turbia, mustia, radiante, golosa, pedante,
siete caras del misterio que te definen.
Ni diez primaveras habría de morir para merecerte,
ni diez inviernos de rencor para tenerte.

Tierna y menuda, corazón noble,
mona y bella, algunos, «tozuda»
¿Qué han hecho mil hombres para caer a tus pies?
Les invité a desquiciarse de tanta ignorancia,
les invité a columpiarse en el antiguo roble.
Aquel donde colgabas los papeles
con el seudónimo escrito de tus viejos galanes.
Aquellos que por más desear, ni vieron salir de tu boca su nombre.

Oh! Locura, invade mi corazón, hazme morir despacio,
que con lentitud, y oídos afines, lograré colarme en tu espacio.
Rimas sencillas para amores absurdos, de aquellos que dejan huella
en la yerba marcada, de aquella que nace y muere en el mismo sitio
de aquella muda que un día supo hablar y la mataste a disgusto.

Me condenaron al infierno los competidores,
que mueras rápido, que nos dejes ser bufones.
De aquella niña mona que con nosotros juega,
al póker, al parchís, a mil y un juegos de mesa.
Los 40 ladrones que buscan cueva,
para ocultarse bien apretados
y que de hambre o cansancio perezcan.
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