Hoy llueve pero probablemente, mañana, el sol me ciegue de ilusión y haga que vuelva a creer en el amor. Empiezo a volver a creer en él, en su poder obsesivo y en su poder compasivo. Es un nacionalismo compulsivo que lleva a uno a deslumbrarse. Crees en ti y crees en la otra persona. Una revisión a tu pasado que te produce un giro cómico en tu sonrisa. Tal vez las antiguas estelas que parecían imborrables se han ido peligrosamente. Y es como gritar en una habitación cerrada, donde el silencio tiene cómplices y por más que te quieras explicar, rebota tu voz y te convence de que estás equivocado, que erraste desde el principio y que la culpa es únicamente tuya. ¿Sólo mía? Sí, tuya nada más. No es triste, es real. La realidad es como un chorro de agua muy fría que despierta a cualquiera, que le recuerda quién es y dónde está y que no llega cada día. COn suerte pocos, con poca suerte, nunca, muy desafortunadamente, se vive engañado toda la vida. Y la vida es tan corta que, ¿merece la pena sufrir por los demás? ¿Merece ser un empático negativo, cuando ni uno mismo se deja querer? Posiblemente es la decepción de experiencias pasadas la que me conduce a tan negativa manera de enfocar mi realidad -mas no es mi deseo actualmente- pero, ¿acaso el determinismo no controla nuestras decisiones? Llueve sobre mojado hoy. Y toda mi vida privada enfocada de manera populista e inverosímil. Es mi culpa, no por el intento de crear un circo, sino por el intento (acertado) de alejar de mi mente pensamientos inciertos que me condujeron a perder a cierta gente. Y sí, podemos poner caras felices y aparentar que no destruí nada, pero las sonrisas y su osadía, nunca fueron buenos amigos.

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