Aunque acabé solo, en un principio éramos dos. Victoria y yo. Hacíamos buena pareja, nos decían algunos. La verdad es que nunca caí en gracia a su familia. Su padre intentaba apartarme deliberadamente de ella, pero nuestro amor rompía cualquier imposición. Teníamos una estrella. Se llamaba paraíso. Nunca precisé el cuadrante pero ¿era necesario? Sabíamos que cuando señalásemos al cielo, allí estaría. Lustros, décadas y centenarios podían pasar que el astro no se movería. Y como en una película blanco y negro, en slow motion y con mucho, mucho cansancio, noté como se marchaba. Habíamos bebido -había bebido- ella... ¡no tenía carné! Siempre tenía el mismo sueño. A las 10 i 14 minutos de la mañana, se levantaba, se acercaba corriendo al tocador y el espejo se rompía en mil pedazos. ¿Se llamaría destino, aquel espejo?
Punto y a parte.
Necesitaba correr. Correr mucho, una necesidad involuntaria de ser mejor que cualquiera que anduviese por la calle a aquellas horas de la noche.
Ochenta. Noventa. Cien. Ciento diez. Ciento Veinte. Ciento Treinta. Tonto de mí. Dejé de ver las siete maravilla del mundo. Una de ellas eran tus ojos. Otra tus pechos [...]
Pero resulto que nadie sospechaba nada. Yo no fui el culpable. Todo tan rudimentario. Una lástima.
Punto y a parte.
Necesitaba correr. Correr mucho, una necesidad involuntaria de ser mejor que cualquiera que anduviese por la calle a aquellas horas de la noche.
Ochenta. Noventa. Cien. Ciento diez. Ciento Veinte. Ciento Treinta. Tonto de mí. Dejé de ver las siete maravilla del mundo. Una de ellas eran tus ojos. Otra tus pechos [...]
Pero resulto que nadie sospechaba nada. Yo no fui el culpable. Todo tan rudimentario. Una lástima.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada