Cariño, te espero en el Hotel California. Creo que vamos a ser románticos toda la noche y vamos a hilvanar las sábanas para despertarnos juntos. El problema... somos dos titiriteros del amor que desobedecen al "Master of Puppets" de Metallica y odiamos el grupo. Una mezcla de Bluegrass anuncia el desayuno en aquel motel folclórico. Te despiertas con lagañas, horrible y con la destellante comisura en los labios. El juego vuelve a empezar hasta la hora de comer. Tu maldita obsesión por hacer cosas. Ahora la señora quería aprender a tocar el Banjo y ya lo hablaba yo con Mr. Kentuky que el instrumento no era cosa de dos días, que era malo marearlo. Pero ni que estuviese poseído por la creatividad, no parecía cesar.
En aquellas que una muchacha me miró con descaro la entrepierna. Que uno tonto no es y devuelve la mirada. Fuimos cómplices por un minuto y, tras saciar el hambre de picardía, cada uno a lo suyo. Encima de mí, la responsabilidad era poco importante. Un despacho de autónomo -ahora- y la vida tranquila, relativamente solucionada. A mi antiguo jefe le encantaban los adverbios. Inmediatamente, rápidamente, mala"mente". Y entre tanto -mente, sin controlar la mía, un "hijo de puta" que me catapultó a la calle. Es que ejercer la profesión uno solito, no es tan malo. Puedes no llevar la parte de abajo del uniforme que ninguna compañera se quedará vizca. Puedes prepararte cientos de café y tu azucarillo rondando por casa, guiñándote el ojo cada vez que alzas la cabeza suspirando, haciendo notar la lucidez de la última frase escrita. Ella, cual leopardo en un bar de alterne, roza suavemente la mano por el marco barnizado de la puerta y... toc toc. Algo crece.
El montón de papeles es considerable y no para de aumentar. Rápido, que usted vivirá en el Hotel California.
Aprendió Banjo.
Aprendió a callarse, a no mirar, a no preguntar.
Vivió feliz.
Murió tranquilo una mañana del '54, donde nada más importante que los lechones recién nacidos. Cultura country.
En aquellas que una muchacha me miró con descaro la entrepierna. Que uno tonto no es y devuelve la mirada. Fuimos cómplices por un minuto y, tras saciar el hambre de picardía, cada uno a lo suyo. Encima de mí, la responsabilidad era poco importante. Un despacho de autónomo -ahora- y la vida tranquila, relativamente solucionada. A mi antiguo jefe le encantaban los adverbios. Inmediatamente, rápidamente, mala"mente". Y entre tanto -mente, sin controlar la mía, un "hijo de puta" que me catapultó a la calle. Es que ejercer la profesión uno solito, no es tan malo. Puedes no llevar la parte de abajo del uniforme que ninguna compañera se quedará vizca. Puedes prepararte cientos de café y tu azucarillo rondando por casa, guiñándote el ojo cada vez que alzas la cabeza suspirando, haciendo notar la lucidez de la última frase escrita. Ella, cual leopardo en un bar de alterne, roza suavemente la mano por el marco barnizado de la puerta y... toc toc. Algo crece.
El montón de papeles es considerable y no para de aumentar. Rápido, que usted vivirá en el Hotel California.
Aprendió Banjo.
Aprendió a callarse, a no mirar, a no preguntar.
Vivió feliz.
Murió tranquilo una mañana del '54, donde nada más importante que los lechones recién nacidos. Cultura country.

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