Atención. Todos firmes. Queridos soldados, ciudadanos quería decir, pónganse en fila y griten en alto: ¡Viva Italia!
...
¡Viva Italia!
Libertad, sin órden ni disciplina significa disolución y catástrofe. Tenemos bandera, tenemos control y autoridad y esponjas que empapar de capitalismo desenfrenado. Vosotros a trabajar, que Adolf y yo nos correremos unas juegas memorables. Vosotros gritad sin control por algo en lo que creéis como vuestro, por vuestros intereses, que en realidad, tácitamente, son los nuestros. Vosotros seguid creyendo que mandáis en el pueblo y seréis la carne de cañón del mañana.
En nuestro régimen autoritario no caben ni los mariquitas, ni los imbéciles, ni los viejos y tampoco los eufemismos. Aquí las cosas a la cara. Lo hacemos mal, sí, pero lo hacemos en público. Porque... ¿De qué va a esconderse un sensacionalista? ¿Para qué huir de la eterna verdad, la ignorancia? La ignorancia nos hará fuertes, unirá a las clases más desfavorecidas culturalmente y a las más interesadas económicamente. Todos nos queremos mucho. Además, con mi amigo Adolf, la Europa de entre guerras será una utopía que recordarán los bachilleres del mañana. Nos erigiremos como las potencias del eje. Potencias caracterizadas por un fuerte liberalismo económico, por un simbolismo y una identidad cultural que chocará con los puebluchos de la vieja Europa. Nosotros somos modernos. Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado. La pena es que mi amigo Adolf tiene problemas con la distinción de los colores. Un daltonismo alejado de Lucky Luk: ve pitufos. O ve negros, pero le cuesta. Ein Volk, ein Reich, ein Führer! ¡Ven! a él le interesa montarse un imperio de los grandes, reclamando lo suyo para su raza. Pues claro. ¡Como si no descendiésemos del hombre negro centroafricano! Ya le dije yo que en la escuela austro-húngara en la que le enseñaron lo poco que aprendió, no le impartieron correctamente la antropología. Pues bien, él solucionó finalmente sus problemas (para desquicio de todos) y resulta que hizo un nosequé de los gordos por allá por Alemania o el Reich como él lo llamaba que resulta que mató a mucha gente -él creía que tenía una zoológico- o algo así.
Hasta que llegaron los buenos, ¡por fin! Libraron a Europa de nuestro tormento. Porque el capitalismo es un sistema bueno. Lo comentaba el otro día con la señora que me vende los pañuelos cada vez que el semáforo de la calle Sappore me obliga a frenar al pobre Audi. Pues ellos llegaron con sus banderas de paz (muy bonita por cierto, la de las estrellitas) a salvarnos a todos. Luego resultó que los jodidos o judías, esos a los que mi amigo llamaba animales habían visto desde aquellos campos donde trabajaban que, días antes de la liberación, ya sobrevolaban los aviones americanos por allí.
Yo lo entiendo. La comunicación va lenta y pobres americanos, no sabían que los jodíos estaban encerrados en zoológicos totalitaristas. No sabían que más de 6.000.000 millones de personas, subrayo, personas, habían sido exterminadas en campos de trabajo deshumanizantes. Evidentemente, ¿cómo el servicio de inteligencia militar más avanzado del mundo iba a saber eso? ¿No concordaba con sus intereses anteriores a 1945? ¿La avaricia final de Hitler sensibilizó a los multimillonarios estadounidenses de que algo había a hacer/mover? Ya eran demasiadas travesuras, la manta empezaba a ser estirada por todos lados, a dejar al descubierto una caja de pandora que sólo con los años y la ayuda de Dios, Dios sabe qué atrocidades se cometieron. Por una bandera, por una patria, por una creencia, por la ignorancia, por la incultura, por el miedo, por los instintos, por el Estado de Guerra, por vete tú a saber que invención de la sociología para describir el apoyo en la masa como autoconvencimiento de la omnipotencia y supremacía de un grupo de personas respecto a otro grupo de personas, iguales en derechos y obligaciones, desiguales en aplicación práctica. En Italia, la religión no ayudó mucho. El Vaticano giraba la cara y seguía con sus reuniones convencionalistas. Más y más apretones de manos del pontífice con los grandes jefes políticos. Touché.
Citando a Ismael Serrano habiendo citado éste a Don Miguel Hernández, conocido poeta y dramaturgo oriolano del S. XX:
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¡Viva Italia!
Libertad, sin órden ni disciplina significa disolución y catástrofe. Tenemos bandera, tenemos control y autoridad y esponjas que empapar de capitalismo desenfrenado. Vosotros a trabajar, que Adolf y yo nos correremos unas juegas memorables. Vosotros gritad sin control por algo en lo que creéis como vuestro, por vuestros intereses, que en realidad, tácitamente, son los nuestros. Vosotros seguid creyendo que mandáis en el pueblo y seréis la carne de cañón del mañana.
En nuestro régimen autoritario no caben ni los mariquitas, ni los imbéciles, ni los viejos y tampoco los eufemismos. Aquí las cosas a la cara. Lo hacemos mal, sí, pero lo hacemos en público. Porque... ¿De qué va a esconderse un sensacionalista? ¿Para qué huir de la eterna verdad, la ignorancia? La ignorancia nos hará fuertes, unirá a las clases más desfavorecidas culturalmente y a las más interesadas económicamente. Todos nos queremos mucho. Además, con mi amigo Adolf, la Europa de entre guerras será una utopía que recordarán los bachilleres del mañana. Nos erigiremos como las potencias del eje. Potencias caracterizadas por un fuerte liberalismo económico, por un simbolismo y una identidad cultural que chocará con los puebluchos de la vieja Europa. Nosotros somos modernos. Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado. La pena es que mi amigo Adolf tiene problemas con la distinción de los colores. Un daltonismo alejado de Lucky Luk: ve pitufos. O ve negros, pero le cuesta. Ein Volk, ein Reich, ein Führer! ¡Ven! a él le interesa montarse un imperio de los grandes, reclamando lo suyo para su raza. Pues claro. ¡Como si no descendiésemos del hombre negro centroafricano! Ya le dije yo que en la escuela austro-húngara en la que le enseñaron lo poco que aprendió, no le impartieron correctamente la antropología. Pues bien, él solucionó finalmente sus problemas (para desquicio de todos) y resulta que hizo un nosequé de los gordos por allá por Alemania o el Reich como él lo llamaba que resulta que mató a mucha gente -él creía que tenía una zoológico- o algo así.
Hasta que llegaron los buenos, ¡por fin! Libraron a Europa de nuestro tormento. Porque el capitalismo es un sistema bueno. Lo comentaba el otro día con la señora que me vende los pañuelos cada vez que el semáforo de la calle Sappore me obliga a frenar al pobre Audi. Pues ellos llegaron con sus banderas de paz (muy bonita por cierto, la de las estrellitas) a salvarnos a todos. Luego resultó que los jodidos o judías, esos a los que mi amigo llamaba animales habían visto desde aquellos campos donde trabajaban que, días antes de la liberación, ya sobrevolaban los aviones americanos por allí.
Yo lo entiendo. La comunicación va lenta y pobres americanos, no sabían que los jodíos estaban encerrados en zoológicos totalitaristas. No sabían que más de 6.000.000 millones de personas, subrayo, personas, habían sido exterminadas en campos de trabajo deshumanizantes. Evidentemente, ¿cómo el servicio de inteligencia militar más avanzado del mundo iba a saber eso? ¿No concordaba con sus intereses anteriores a 1945? ¿La avaricia final de Hitler sensibilizó a los multimillonarios estadounidenses de que algo había a hacer/mover? Ya eran demasiadas travesuras, la manta empezaba a ser estirada por todos lados, a dejar al descubierto una caja de pandora que sólo con los años y la ayuda de Dios, Dios sabe qué atrocidades se cometieron. Por una bandera, por una patria, por una creencia, por la ignorancia, por la incultura, por el miedo, por los instintos, por el Estado de Guerra, por vete tú a saber que invención de la sociología para describir el apoyo en la masa como autoconvencimiento de la omnipotencia y supremacía de un grupo de personas respecto a otro grupo de personas, iguales en derechos y obligaciones, desiguales en aplicación práctica. En Italia, la religión no ayudó mucho. El Vaticano giraba la cara y seguía con sus reuniones convencionalistas. Más y más apretones de manos del pontífice con los grandes jefes políticos. Touché.
Citando a Ismael Serrano habiendo citado éste a Don Miguel Hernández, conocido poeta y dramaturgo oriolano del S. XX:
Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.
Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.
Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.

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