Se acercaba tan lentamente que el tiempo decidió pararse. De tan animado que estaba, me brindó una visión única. Por allí andabas tú, ser desconocido. Dos miradas me bastaron para comprender que la química universal había jugado de nuevo a las muñecas rusas. Escondido tras la ventanilla, esquilando la paciencia de aquellos que rodeándote, aunaban tu belleza. Muchos aspectos mágicos. Una educación digna de admirar, un saber estar suntuoso y una sonrisa pícara de ilusoria complicidad. ¿Qué sueñas, Mariela? Me decía a mí misma. «Un poco de literatura para esconder la verdad.» La tristeza de su mensaje me condujo a la oscuridad eterna. Por encima de mí, la ilusión quedaba desterrada a lado y lado del camino, tras superar un obstáculo insufrible. Allí estaban tus labios, tu mirada, que parecía huir despavoridos del esplendor claudicando de las facciones. Y algo liso, algo sencillo, algo fino. Un ideal notorio de divinidad en aquel tipo que tal que vino, tal se marchó. Y la chica aprendió a olvidar en un minuto. Un amor que se conoce a las 12 en punto y que muere con el último movimiento del segundero al picar por duodécima vez. Dura y se olvida lo que uno desee, muy a pesar de la parte libídine.

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