Ayer, Johnny Mercer me gritó estando a dos metros de mí. Eh! Cowboy, ¡no me grites en el oído! Él se hace el idiota siempre, pero sé que me entiende. El caso es que me encargó un relato sobre unos adolescentes alocados con tendencias ninfómanas. De picadero, la casita de papá de alguno de los afortunados (o eso decía Johnny), chicos.
Sinceramente, aquel proyecto habitaba en la parte más caótica del escritorio de mi despacho. Tras licenciarme en derecho, descubrí cómo el joven que llevaba dentro gritaba para convertirse en escritor de renombre internacional.
Todo empezó cuando a Johnny se le ocurrió, mientras desarrollaba su faceta de voyeur por alguna playa barcelonesa, que la historia debía tratar de cuatro chicos que se pasaban el día copulando en casa de uno de ellos. Digamos que Mercer pretendía llenarse los bolsillos con oro robado; él no escribiría ni una palabra, esa era la condición. Lógicamente si él financiaba el proyecto y yo me llevaba un 33%, no iba a decir que no -con mi economía mileurista de un becario en derecho-.
Cuando me citó para que le estructurara su idea de idilio juvenil, el móvil no dejó de sonar la semana de antes. Probablemente cambiamos el lugar de encuentro una decena de veces. Únicamente una frase que parecía un copiar-pegar de los borradores: Tráete el ordenador con cintas pornográficas.
Su casa se distribuía por los dos kilómetros cuadrados de terreno; los suficientes para una piscina y un patio de gravilla en el que poner el típico romántico columpio con cortinas de tela. Un mecedor para marear las cabezas de los amantes.
Mercer era de los de pocas mujeres y muchas ingles. Para el sexo era un obsceno.
Mientras la madre le intentaba corregir las malas praxis con una nota adjunta a los tupperware con inscripciones del tipo: "Pórtate bien" o "Cómetelo todo", John vaciaba el contenido abriendo el envase mientras accionaba el pedal del cubo de basura con la pierna izquierda.
Bueno, Forbes, empecemos.
-Quiero una historia que atonte a la audiencia. Quiero una historia que venda mochilas y carpetas y quiero una historia que me permita editarla en formato mini-serie y película. Nada de cosas abstractas, nada de amor. Sólo sexo.
Ninette, la buscona del pueblo de Mercer, picó a la puerta, con las dos manos.
"Buscona del pueblo, ándate de vuelta"
-Como te iba diciendo. El cambio de políticas de contenido en televisión nos permite ahora hacer lo que nos dé la santa gana. Esto supone publicar contenido sexual para mayores de dieciocho años en horario de dibujos. No pasa nada, porque estamos preparados, pero necesito basarme en un libro y ese libro lo escribirás tú. Piensa un título, Forbes.
-Estraperlo
-Ingenioso, sé porqué lo dices y es muy acertado, así que empezaras por ahí. Quiero un prólogo, el cuerpo y el epílogo. Agradécelo a tu madre o a tu perro, agradéceselo a alguien, que sea sentimental.
A veces aquel hombre podía con mis nervios, pero me los recuperaba una "copaza" de Whisky, como decía Johnny.
Whisky. Si me pedía una historia de sexo, le tenía que dar una historia de sexo.
Sinceramente, aquel proyecto habitaba en la parte más caótica del escritorio de mi despacho. Tras licenciarme en derecho, descubrí cómo el joven que llevaba dentro gritaba para convertirse en escritor de renombre internacional.
Todo empezó cuando a Johnny se le ocurrió, mientras desarrollaba su faceta de voyeur por alguna playa barcelonesa, que la historia debía tratar de cuatro chicos que se pasaban el día copulando en casa de uno de ellos. Digamos que Mercer pretendía llenarse los bolsillos con oro robado; él no escribiría ni una palabra, esa era la condición. Lógicamente si él financiaba el proyecto y yo me llevaba un 33%, no iba a decir que no -con mi economía mileurista de un becario en derecho-.
Cuando me citó para que le estructurara su idea de idilio juvenil, el móvil no dejó de sonar la semana de antes. Probablemente cambiamos el lugar de encuentro una decena de veces. Únicamente una frase que parecía un copiar-pegar de los borradores: Tráete el ordenador con cintas pornográficas.
Su casa se distribuía por los dos kilómetros cuadrados de terreno; los suficientes para una piscina y un patio de gravilla en el que poner el típico romántico columpio con cortinas de tela. Un mecedor para marear las cabezas de los amantes.
Mercer era de los de pocas mujeres y muchas ingles. Para el sexo era un obsceno.
Mientras la madre le intentaba corregir las malas praxis con una nota adjunta a los tupperware con inscripciones del tipo: "Pórtate bien" o "Cómetelo todo", John vaciaba el contenido abriendo el envase mientras accionaba el pedal del cubo de basura con la pierna izquierda.
Bueno, Forbes, empecemos.
-Quiero una historia que atonte a la audiencia. Quiero una historia que venda mochilas y carpetas y quiero una historia que me permita editarla en formato mini-serie y película. Nada de cosas abstractas, nada de amor. Sólo sexo.
Ninette, la buscona del pueblo de Mercer, picó a la puerta, con las dos manos.
"Buscona del pueblo, ándate de vuelta"
-Como te iba diciendo. El cambio de políticas de contenido en televisión nos permite ahora hacer lo que nos dé la santa gana. Esto supone publicar contenido sexual para mayores de dieciocho años en horario de dibujos. No pasa nada, porque estamos preparados, pero necesito basarme en un libro y ese libro lo escribirás tú. Piensa un título, Forbes.
-Estraperlo
-Ingenioso, sé porqué lo dices y es muy acertado, así que empezaras por ahí. Quiero un prólogo, el cuerpo y el epílogo. Agradécelo a tu madre o a tu perro, agradéceselo a alguien, que sea sentimental.
A veces aquel hombre podía con mis nervios, pero me los recuperaba una "copaza" de Whisky, como decía Johnny.
Whisky. Si me pedía una historia de sexo, le tenía que dar una historia de sexo.
