Publicado por
Abel Carreto Sánchez
Era una noche oscura, donde el negro del cielo apagado pinta las calles de amargura y tristeza. El verano irrumpe con el bochorno a medianoche, pero Meredith piensa «a mí nadie me interrumpe los planes». Ella, hablar bien, cosa complicada. Chica más bien sencilla, guapa, sí, para que negarlo, con un encanto en las piernas que enfermaba a los más valientes. Eso no importa ya. Se acerca el momento "H". Ella dice que será capaz de hacerlo; sé que miente. Su corazón se lo pide, su moral se lo niega. Y ella siempre había tenido en la mano comiendo a todo el que quería. Pero ahora, cansada de carne fácil, tiraba para lo complicado.
El chico, que por llamarse, se llamaba a él mismo, era un lunático que solía hablar con las estrellas. Les preguntaba «hola, ¿qué tal?» Estaba loco, loco.
Ni la gente de su calle conocía su nombre, aquel chico teme a la luz del sol, gritaba una vecina por la ventana del 1º al vocearle por el chico. Todos decían que no. Pero en la magia de lo indeseable, en las varitas de los magos sureños, aquel nombre reconcomía el mundo de la magia; Strauss, y su abreviatura "S".
Un hombre en mayúsculas en el sur, un auténtico don nadie sin rostro en el norte.
Meredith amaba a aquel chico. Topó con el en una feria de antigüedades de Elbow, hogar de la cerveza.
Un amor sureño en Elbow, reía el tavernero, cosa increible allí,
Tras muchos intentos de realzar el hilo narrativo con exclamaciones e interrogaciones, Meredith y Strauss se cogieron de la mano y acariciaron un campo de trigo sobrenatural. Hierbajos de hasta metro y medio!
Ella no podía creerlo, para él, era muy normal.
Mediana altura, moreno y torpe, así era Strauss.
Ni en la más brava comedia del Oeste pasaban los créditos finales sin haberle mencionado. Fama, fama, fama, parecía un musical que le acompañaba en el cambio de frontera...
Cuando Meredith se despertó (lo anterior no fue un sueño) el olor a tostada corría las sábanas al suelo e invitaban a uno a correr a la mesa.
Desayuno listo, desayuno tonto y de paseo por el viejo establo tataní.
Tatania era un condado de Elbow, pero también un estilo artístico perecedero en las mentes de los más viejos. Nadie recordaba el diseño de una silla tataní, sermoneaba en viejo Senhal cuando oía mencionar el arte moderno. La cultura europea colonizaba a pasos agigantados aquella región de Nowhere.
Pero la historia de Elbow es sencilla y rápida, en dos minutos se lee tranquilamente.
Elbow nació gracias a Banananero el Primero, un antiguo rei, Elbomaya que provenía de la colonia europea de Aguananí Tú-tú. Hijo de reyes otomanos, en 1791 (entre desfases históricos), Banananero mostró su miembro al ejército invasor, los Pocápi Cha de Reinbow y estos, al quedar atónitos ante tanta pequeñez, marcharon en filas de 5, para desalojar más rápido el campo de batalla. Tal horrorosa estampa extinguió para siempre a los Pocápi Cha, que quedaron relevados por los Elbomayas como el ejército imperial más grande del mundo.
En 1803, Facundo Hebreo Tonitos el Segundo, hijo de Joe Banananero el Primero, perdió una pierna en un combate de camisetas mojadas. El pobre niñó salió mariposa, chismeaban las cuidadoras del hijo del rey. No contento con eso, se operó de pechos y, cuando ya parecía un globo aerostático, corrió a formar parte de Quitatelaca Misetamo Jada, que entre tanto pecho, estorbaba!
Los años pasaban en vano para Elbow. Eran todos felices. Comieron perdices, y si volvían a tener hambre, pues comían mas perdices...
Las historias son así. Unas veces se pierde y otras se gana, pero cuando no hay antagonistas ni protagonistas, nada importa el resultado, pues de hecho, no se plantea un dilema entre dos caracteres.
Meredith saltaba alegremente por entre las montañas, descubriendo un nuevo lunes soleado. Y entre árbol y árbol y muchos te quiero, desapareció.