Hola. A día 26 de mayo, la vida me ha regalado una especie de don. Un algo que me permite ver el lado crítico de las cosas, cuestionarme todo, hasta la más exacta de las ciencias. Un mecanismo para apreciar el avance y el retroceso de la humanidad. Hacia adónde vamos y de dónde venimos. ¿Qué futuro le depara a nuestro planeta? Posiblemente, la Tierra, sin pena ni gloria, sobreviva unos cientos de miles de años como hasta ahora. Probablemente la órbita caprichosa de alguna estrella fuera de lugar reduzca el conjunto de tierra y agua de nuestro hogar a polvo -lo que hemos sido y lo que seremos-.
Jornadas en las que el sol aparece y se desvanece en función de la posición en la que nos situemos.
La Tierra es grande y por caber, cabemos muchos. Más de los que somos y menos incluso. Éramos cuadrúpedos. ¡Qué tiempos aquellos! ¿Qué nos distinguía de un mono? Nada (con perdón de los científicos).
Revoluciones, progreso, civilizar. Muchos eufemismos para teñir de correcta la palabra destrucción. Destrucción despiadada por interés, por avarícia, por dinero. Durante tantos siglos tratando a nuestro planeta como un vertedero, como rocas y líquidos aprovechables para ganar y ganar, para el «pueblo».
Los recursos son finitos. Nuestro triangulo casa-coche-familia feliz está en peligro debido a nuestro "progreso" tan sostenible y ecológico.
Antes, todos temíamos a la Tierra. Ella nos controlaba. A golpe de trueno amansaba al más valiente. Luego, supimos controlar con más o menos éxito los fenómenos naturales. Pero y ahora. ¿Hay vuelta atrás? ¿Se romperá el saco de tanta porquería que lleva dentro? ¿Nos reventará en la cara?. Guiado por la sociedad, lo que ella me dice que es normal, no me puedo quejar. No tengo oportunidad para mostrar mi rabia en la comunidad y hacer reaccionar a los demás. Que aunque digan que todos podemos contribuir. Si yo voy en bicicleta hoy, iré en coche mañana. Si yo pienso que puedo cambiar algo hoy, sabré que no es posible mañana. La frustración pasa por el arrepentimiento y del arrepentimiento a la acción. El problema es que el arrepentimiento, en esta sociedad no es evidente. A nadie le interesa cuidar el Medio Ambiente. Una palabra tabú que recordamos de algún que otro anuncio de televisión o por el Ministerio, por lo que parece. Lástima de no poder ofrecerle a mis hijos nada mejor. Cuando nazcan les llevaré a un vertedero y les señalaré nuestro avance. Cuando las llamas cubran bosques y selvas enteras, les señalaré al cielo, al CO2. Cuando la temperatura global suba y la tierra deje de ser fértil, les señalaré el cielo y les recordaré el viejo cuento de la Revolución Industrial, donde los personajes son terroríficamente malvados. Con los bolsillos plagados del efímero dólar. Pero el dinero de papel y el de metal, ¿tendrá validez cuando nos estemos aniquilando por falta de recursos naturales? ¿Tendrá validez cuando todas las tonterías que hemos construido se derrumben bajo el rugido de la Tierra?
Se despertará algo en mi interior. Una voz profunda, acompañada de algún que otro piano, que me invitará a no tener hijos para no avergonzarlos de lo que estamos llevando a cabo, mientras nos reímos con tranquilidad a principios del siglo XXI, arrancando motores y avanzando hasta la linea de salida, donde todo da comienzo y todo termina.
Jornadas en las que el sol aparece y se desvanece en función de la posición en la que nos situemos.
La Tierra es grande y por caber, cabemos muchos. Más de los que somos y menos incluso. Éramos cuadrúpedos. ¡Qué tiempos aquellos! ¿Qué nos distinguía de un mono? Nada (con perdón de los científicos).
Revoluciones, progreso, civilizar. Muchos eufemismos para teñir de correcta la palabra destrucción. Destrucción despiadada por interés, por avarícia, por dinero. Durante tantos siglos tratando a nuestro planeta como un vertedero, como rocas y líquidos aprovechables para ganar y ganar, para el «pueblo».
Los recursos son finitos. Nuestro triangulo casa-coche-familia feliz está en peligro debido a nuestro "progreso" tan sostenible y ecológico.
Antes, todos temíamos a la Tierra. Ella nos controlaba. A golpe de trueno amansaba al más valiente. Luego, supimos controlar con más o menos éxito los fenómenos naturales. Pero y ahora. ¿Hay vuelta atrás? ¿Se romperá el saco de tanta porquería que lleva dentro? ¿Nos reventará en la cara?. Guiado por la sociedad, lo que ella me dice que es normal, no me puedo quejar. No tengo oportunidad para mostrar mi rabia en la comunidad y hacer reaccionar a los demás. Que aunque digan que todos podemos contribuir. Si yo voy en bicicleta hoy, iré en coche mañana. Si yo pienso que puedo cambiar algo hoy, sabré que no es posible mañana. La frustración pasa por el arrepentimiento y del arrepentimiento a la acción. El problema es que el arrepentimiento, en esta sociedad no es evidente. A nadie le interesa cuidar el Medio Ambiente. Una palabra tabú que recordamos de algún que otro anuncio de televisión o por el Ministerio, por lo que parece. Lástima de no poder ofrecerle a mis hijos nada mejor. Cuando nazcan les llevaré a un vertedero y les señalaré nuestro avance. Cuando las llamas cubran bosques y selvas enteras, les señalaré al cielo, al CO2. Cuando la temperatura global suba y la tierra deje de ser fértil, les señalaré el cielo y les recordaré el viejo cuento de la Revolución Industrial, donde los personajes son terroríficamente malvados. Con los bolsillos plagados del efímero dólar. Pero el dinero de papel y el de metal, ¿tendrá validez cuando nos estemos aniquilando por falta de recursos naturales? ¿Tendrá validez cuando todas las tonterías que hemos construido se derrumben bajo el rugido de la Tierra?
Se despertará algo en mi interior. Una voz profunda, acompañada de algún que otro piano, que me invitará a no tener hijos para no avergonzarlos de lo que estamos llevando a cabo, mientras nos reímos con tranquilidad a principios del siglo XXI, arrancando motores y avanzando hasta la linea de salida, donde todo da comienzo y todo termina.
