Variación De Varios

¿Soy una copia de mí mismo o intento ser como quiero que sean siendo lo que quieren que sea?
Intentaré ser lo que quiero, ser y estar con quien quiero estar, aunque queriendo estar y siendo, ni seré ni querré por terceros, cuartos y quintos. ¿Ser o querer?

Quisiera tener alas para volar y acariciar tu aura, después; perderme para siempre en tus pesadillas.

Haga lo que haga, seré un opresor de la libertad y me obligaré a imaginarte soñando.

¿Será autobiográfico? Estoy callado sin hablar, hablando sin abrir la boca...

Eres odiosa, asquerosa, estúpida, inútil, desleal, mala perra fiel, vacaburra, lerda, repetitiva, cansina, anormal, paleta. Así eres, niñata Nuri.
Eres hermosa, simpática, inteligente, amable, cariñosa. Así eres, gran Nuri.
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Orador Falaz

Y me acerco y te vas. Me miras para reirte de mí. Sonríes, me enamoras y te fusionas con la negra noche. Bohemio, en grupo o solo, te busco por las calles de la gran ciudad. Imposible volverte a ver, imposible cerrar los ojos para soñar que estamos juntos, acostados el uno con el otro, oreja con oreja y nos susurramos cosas. «Juntos para siempre» o «Eres lo mejor que me ha pasado». Cursiladas pensadas en frío; adulación si se dice en caliente. Entonces deslizo mi dedo por tu cara. Te toco la nariz, resigo tu barbilla y cuando llego al mentón, sin alejar la mano, acerco mi boca y te beso. Un beso tan tierno que es el despertador del tacto. Tocar y tocar, y desearnos amor. Te miro de reojo, ya duermes, inocente, con los brazos cruzados.
Otro beso para necesitarte al día siguiente. Y vuelta a repetir. Despiertas y eres lo primero que veo, nos acostamos y eres lo último que veré hasta el día siguiente en que se suceda esa reincidencia ineludible.
En media hora, con los labios rojos de tanto besuqueo, te pregunto... «¿Qué es lo nuestro?»
Te callas y lloro como un descosido. No se que quiero pero se lo que no quiero. No quiero un adiós progresivo con silencio por bandera. No quiero terceras personas, ni avisos de la sociedad. No quiero pensar en vivir sin pronunciar tu nombre nunca más. Sólo un recuerdo que se oculta tras el presente, tras caras conocidas que me incitan a perderte entre penas y amor.
«¡Yo te sigo amando!». Sin embargo todos se empeñaban en hacerme creer que aquello fue lo peor que me podría haber pasado. Lo peor, dicen. Vivir junto a mi héroe, lo peor. Susurrarle cosas a mi héroe, lo peor. Besarte hasta el sinsentido, lo peor. Amanecer con tu perfume teñido de afecto, lo peor. Y soñar en que algún día, nada ni nadie nos condicionará... lo peor.
Tristes los días sin ti, en los que invento personajes para reemplazarte, en los que lloro en las esquinas por tenerte tan sólo un mísero segundo. Como el aire... desapareces, y lo peor... no volverás jamás.
Todo por un capricho del mundo, mantenernos alejados.
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Locura Temporal

¿Tiene sentido mi vida si cuando miro al cielo no hago más que ver nubes negras que tapan los rayos de esperanza? Cuando alzo la cabeza y veo que siempre hay alguien por encima de mis hombros, recordándome lo inteligente y lo lejos que ha llegado. ¿Qué importa? ¿Acaso he de alzar mis hombros por encima de alguien para aprovecharme de su carencia de felicidad? ¿He de creerme que su indiferencia es debida a que mi felicidad no es tan buena como la suya?
En esos momentos, no siento nada. Intento pensar en nada. Pensar en antónimos, colores complementarios que opongan a la sociedad a mi punto de vista.
Sólo quiero estar tranquilo, sólo quiero tumbarme en soledad a reflexionar sobre un reloj. Manecillas que marcan el principio de una era y anuncian la llegada de una nueva. Minutos largos que se desvanecen con la palabra. Ni hay silencio ni hay esperanza de él. Gritos y más gritos, al aire, proclamando la muerte de Dios. ¿Hay alguien capaz de predecir por qué vivimos? ¿Dios ha muerto? Hemos sido abandonados a nuestra suerte en esta sociedad cruel, llena de alianzas caducas y obras de teatro.
El espejo que reflejaba la realidad del lado observado ahora está roto en mil pedazos. La realidad ha lanzado los dados y todavía tiene una baza muy importante por jugar.
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Tiempo

Tiempo para pensar. Sentarse en la hierba y acariciarla con la palma de la mano. Sentir esa humedad que al minuto desaparece. Ese instante de esperanza que se desvanece con la sequía. Un contorneo que imita la sensación de vacío. Un instante que cambia el mundo, una mirada que enloquece a los sentidos. Salvajismo en estado puro y me siento.
Cerca de ti, para envolverme con tu aroma y bailar hasta la puesta de sol.
Andando por la calle, viendo sombras pasar, maniquís de la sociedad. ¡Corred, corred! Mañana será tarde. Ayer es tarde, hoy ya es tarde. No hay tiempo... se acaba, y lo hemos disfrutado bailando un vals en la orilla del Mediterráneo. Estupideces sin sentido que nos hacen sentir los más felices del mundo.
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Poinciana

Hoy te he notado en el aire. He abierto la ventana, en el alba, desde aquella casita blanca que custodia la cala. Una playa tranquila, como tus ojos y una arena suave, como tu piel. Una brisa matinal que recorre mis hombros: giro la cara para buscarte. ¡Pobre de mí! ¿No estarás en mi ilusión?
Cerré la ventana para no escuchar más ese susurro que tímidamente me pide que me arroje al vacío para reunirme contigo.
De lejos, la costa se impone arrastrando la sal a la orilla. Por la noche, con más fuerza, desea, más que nunca, alcanzarme y llevarme contigo. Grito, como jamás lo había hecho, pero el violín no se detiene. Sigue enfilando esas notas mortales para mi corazón y te recuerdo vanamente.
Entonces corro como un poseso y me lanzo por el precipicio. Nunca acaba, nunca llega el "¡Plaf!" final. Nunca.
Poinciana, dime que tu sol espanta las hienas del olvido. Ponciana dime que al alba del quinto día estarás de pie esperando mi llegada y nada te demorará. Dime también que no es amor, es obsesión lo que me acabará matando.
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Una Flor

Una flor silvestre en un campo de cemento. Raíces que no cuajan e intentan adentrase, con profundidad. Una sonrisa, una máscara filosófica. Te veo, ¿me miras?, pienso en ti.
Ni que hacer ni que decir, inseguro de si el abanico se abrirá. ¿Se brindarán oportunidades por doquier? Pesado, pesado. Pesa la cabeza, solipcismo funcional. ¿Bachillerato o ciclos? No lo sé, tengo dudas.
Vinculos muertos, intercambios perennes, siempre estaré ahí.
Tontería en la potencia del cuadrado de dos, inteligencia y sutileza en el antónimo bélico.
Pasiones subyacentes, que ejecutan procesos químicos, enloquecen. ¿Al botón rojo o al botón verde? ¡Al verde! Moriremos todos. Traducciones al catalán nos darán la respuesta. Amistades para siempre, ilusiones mórbidas. Echaremos a dormir sin saber qué hacer ni que decir.
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Maneli Compra Huevos Blancos

Me he citado con la muerte, para pedirle que vuelvas.
He llorado lo nunca escrito, creyendo verte en sombra. Me acercaba y retrocedías hasta llegar a desaparecer.
Un rastro mágico, polvos de bruja, oxígeno del ambiente.
Estabas allí. ¡Es que estabas allí! Que no, no hay nadie, pero que yo te veo y sufro en silencio.
- ¿Cómo diagnosticar el infarto?
- Con máquinas especializadas, ¡por supuesto!
- ¿Y cómo diagnosticarían el mal de amor?
No lo hacemos, mandamos al paciente a casa y cuando de tanto pegarse en el corazón, por entre los dedos corre la sangre, aparece en el paraíso con una manzana entre los dientes.
«Escúpela antes de ahogarte». El ángel te mira y te invita a hacer cola, ordenados todos los muertos.
Izquierda, matriculaciones. Derecha, declaraciones. Verónica estaba allí, desnuda y débil, huesos marcados y no quiero verte más.
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Frecuencias Variables

Abriste la mano y cayó una flor
cerraste la palma
un amor que ronda la cabeza
marioneta de sueños en calma.

Tal te vi, tal marchaste
inalcanzable, blanca, pura
caminando por la villa del olvido
sendas llenas de locos, amigos
de la amargura que tiñe almas de negro
y carne y pellejo de luna.

Luna, cierra los ojos
noche, invoca a los caballeros,
rojos, todos muertos,
sables que anuncian un reproche.

El agua rodea la silla,
las patas, débiles que rompen
¿caeremos inertes en el vacío?
¿venceremos la duda de no vernos?

Mataremos al Sol,
esperaremos la tarde
rayos oblicuos a tu corazón
naranja se torna el ambiente,
deshago el olvido y surge el amor.
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¿Se Pelearán?

Solía buscar en Google «¿cómo besar?». Diecisiete años recién cumplidos y todas mis amigas con novio. Todas mis amigas con novio y yo sola, en medio de aquella calle oscura, esperando a que un ángel descendiese. Yo sola y todas mis amigas con novio, y yo, con mucho sueño.
«¡Morena ojos verdes!» gritaba mi madre con orgullo. A todas sus amigas caía en gracia. Un rostro tan inocente, unas facciones en desarrollo que desconocían qué sentimientos reflejarían más adelante.
Y yo sola en aquella calle oscura y todas mis amigas con novio, que me enviaban mensajes al móvil con escusas para no reunirse conmigo.
Yo sola y un hombre alto, con las manos dentro de su cazadora negra, que andaba sin preocupaciones, por aquella calle del centro de la ciudad.
Susurraba unas palabras que se desvanecían al toparse con la intermitencia de las farolas. «Una sí, una no», pensé.
De repente, un ratón hambriento interrumpió mi mirada fija, todavía centrada en aquella figura.
Sin darme cuenta, desapareció por una esquina alejada.
Mis amigas solas y yo con novio. Doce meses cambiaron radicalmente las cosas. Mi adolescencia se convertía en una pendiente interminable, una lista de cosas sin hacer que crecía por semanas. Algunas las tachaba, otras aparecían como consecuencia de las ya acabadas.
Sola, amargada con mi pareja. Nos deseábamos amor eterno en cada esquina. Una despedida permanente que se sucedía días tras otro. Me aborrecía aquel montón de barro que podía amasar a mi voluntad.
Él había matenido alguna que otra relación con alguna que otra chica en algún que otro año: nada importante.
Algo había visto en mí que le había embrujado y, tras las cortinas, luchaba por que él se quedara tan sólo como yo. La rabia me invadía cuando recordaba de qué manera empezaron a apartarme, a no llamarme para sus quedadas, a evitarme por Internet.
«Ya se acabarán peleando», pensé (si es que en aquel momento lo que no hacía era maldecirlas).
Al final, empezaron mis insultos. Les recordaba que yo era mejor que ellas y que jamás lo pasarían tan bien como conmigo: me equivocaba.
Cuando quedábamos aquellas tardes de verano, sentados en el césped, recordábamos aquellos tiempos en los que andaba con la cabeza alta «yo mandaba, tenía voz y voto, demasiado». Ahora se reían de mí cuando nos cruzábamos por los pasillos.
Él me pasaba el brazo por el cuello. «Tranquila, si son unos imbéciles». Tranquilizándome, era único. Un chico secillo, un cateto que tuvo la suerte de encontrarme. Esclavo de mis estados de ánimo y fiel defensor de mi imagen cuando su amigo se burlaba de mí.
Cada día que pasaba, en el instituto, más gente se ponía en mi contra.
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Popurrí Revolucionario

Catorce hombres rodeaban la Bastilla. ¡Revolución, revolución! que salgan los guardias. Salieron y fueron colgados en la plaza del pueblo. Yo pensaba. Me dolía la cabeza de tanto remover el pasado. Hijos secretos, maridos de conveniencia y flores, flores con tarjetas de un extraño. Siempre el mismo comentario «con cariño».
Eso fue hace mucho. Por aquel entonces yo me llamaba Carla. A los dos años de la revolución, encontré la estabilidad con Pizarro Alafrán. Feo, rudo y rico. Me encantaba ese hombre, me daba lo que necesitaba. 25 años y no podía ser más feo, feo y rico; le quería.
Collares, abalorios, amor, pulseras, cadenas... popurrí materialista. Un hijo, quiero un hijo, no se puede.
Llegó la Revolución Francesa. Tiros y cambios de gobierno y felicidad para la prole, mucha felicidad.
Un gato era la causa del molesto ruido que se repetía día tras día en el tejado. Las baldosas bailaban con el viento y suspiraba de rabia. O lo arreglas, o te quedas durmiendo solo. Que yo no soy paleta, no puedo solucionarte los problemas, que vergüenza. Me cansé de mi marido demasiado rápido, casi lo mato.
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No Lloró

No sé por qué escribo esto. Cada palabra que redacte, cada línea que añada sobre este tema, me hará sentir ruin, pero lo necesito.
Necesito despojarme de un sentimiento de culpa que me persigue de hace días, que persigue a mi sombra como un esclavo del que nunca me podré liberar.
A Mya ya no se la distingue de una roca. Sus oquedades en el pellejo y su cara pálida ya no me llaman papá.
Día tras día, noto que pierdo un poco de ella, una caricia, un beso, un "estoy ahí". Los huesos piden carne que devorar y el estómago ya se ha inventado mil sonidos para manifestar el hambre.
¿Cómo decirle a un niño que si come más pan matará a su familia?
¿Cómo decirle a un niño que, como beba más agua, su madre recorrerá 30km para traer de vuelta un cántaro.
¿Cómo decirle un niño que su padre no puede conseguirle nada que llevarse a la boca?
¿Cómo decirle a un niño que a 3000km de allí, los acomodados se justifican creyendo que nunca llegará la ayuda que envíen.
Preguntas y más preguntas en una mente atormentada que, si cruza una alambrada, será tachada de inferior y si se vende al diablo, de cobarde.
Toma el largo camino a casa, ve la escuela.
Nunca ha sabido escribir su nombre... bueno, sí, cuando aquellos hombres blancos les ordenaban en hileras interminables y les gritaban «¡nombre aquí!».
Siempre ha querido saber cosas, pero no sabe nada, nadie le ha dicho nunca «¡a la escuela!».
Ni siquiera había pisado otro terreno que no fuese aquel maldito polvo de arena.
Su hija murió; no lloró, no sabía.
¿Una cifra en una lista? Ni eso.
Una persona olvidada por una sociedad que nunca la reconoció como tal, un zoológico cuyo aparcamiento es el hemisferio norte.
¿Por qué la había dejado morir?
¿Por qué la había dejado vivir?
Cayó un papel del suelo, una nota, rayajos profundos en lápiz, miedo y desesperación en su tipografía.
Era una nota. ¡Una nota para ser solidario!
1. La solidaridad no existe.
2. Pensar en cosas irrelevantes, nunca ayudar, creer en una bandera.
3. Odiar el color negro, especialmente su variedad más oscura.
4. Pensar en que todos descendemos del centro de África.
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Huesos

Quería matar a alguien. Los eruditos se empeñaban a diagnosticarme erróneamente, a ocultarle a mi familia lo que en realidad se llama monstruo. En mayúsculas. No siento, no conozco el amor, no siento la felicidad ni la conozco, no me afecta el dolor, no me importa nadie ni nada, mis cortes en los brazos ponen de manifiesto mi amor propio. Necesitaba aquella estrofa. Necesitaba algo que se repetía una y otra vez, algo que me recordaba lo que era, una canción que me hacía llorar, lo único a lo que aferrarme. Ellos sufrían por la bandera, yo me reía y mataba a unos cuantos. Españolistas profundos, mujer esperando órdenes y vino del malo en la nevera. Ahi entraba yo, desfaratando hogares, desturyendo familias, venga, ¿de verdad merecía vivir?. Vomito en su felicidad. Les falta cohesión, factor sorpresa. Un disparo entre ceja y ceja que reanude su ciclo vital, una historia con un final horripilante, de aquellos en los que se degolla al protagonista. Ni siquiera se escribir. Junto palabras sin sentido, no tengo nada para qué y por lo cual vivir. Morir, morir, morir, morir hasta que llegue al margen y en la línea siguiente y en la siguiente y en la otra, espacios en blanco, para que nadie escriba, para caer en el olvido como la vieja canción del gramófono. Preguntas en voz alta en salas con las paredes blancas, con agentes negros para demostrar algo de dignidad que preguntaban sin parar, que buscaban esa pieza del puzzle que les hiciera empatizar conmigo. Dudo que acabaran de entender el por qué. La verdad, un conjunto de afirmaciones que corresponden al que se las cree.
En mi vida conocí a una mujer, en mi vida conocí a un hombre. He tocado cuerpos y más cuerpos mientras me pedían el perdón, se defendían ante la inminencia del fin. Gritaban como posesos un minuto más de aire. Decidí por ellos, acabé con sus sufrimiento. Ángel de la muerte, para el glosario de los federales.
Nada pido, solo acariciar la cara de una mujer muerta. Disfrutar de su estado. No hablan, no miran no intentan nada, no se dejan guiar por sus instintos, callan y no piensan, el handicap del comunismo. El determinismo está de mi lado y la gracia de ver la cara del marido, sin precio. Ellos atados a la cama, despertando de un profundo sueño provocado y al abrir los ojos, cual cebolla cerca de ellos, las lágrimas se desprenden de los ojos. Lágrimas de impotencia que me hacen vomitar de falsedad. Esa es mi felicidad, que perdurará en el tiempo. Un simple hueso para amagar una historia bajo la manga.
Un abanico de vivencias y anécdotas arrebatadas a golpes de machete. Gritos que sumben en desesperación. Luego los niños, y la policia asustada al leer esto, que no soy capaz de hacerlo, no no. Por el cuello colgando de cualquier saliente, con una cuerda larga, como la vida que les es arrebatada. El tiempo está a tu lado, las últimas palabras que oyen susurradas en la oreja antes de que el sol se ponga. El piano avanza a toda máquina: antes de que acabe la canción hay que terminar el trabajo, sino me siento asqueroso, me miro las manos y me repugno. El tiempo pone a cada uno en su lugar, a mi en el mio, a ellos en el suyo, en una caja de madera que al ser cerrada se lleva consigo los aromas de la vida, la personalidad y el carácter y se borra una identidad.
Desde que sale el sol hasta que se marcha al otro lado de la tierra, miles de identidades se borran cada día. Todos caminan dados de la mano, nadie sufre, nadie. Sólo alegría y cordialidad, sólo la verdad.
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Tiempo

El tiempo es tiempo. Una canción, una historia, cualquier intento de plasmar el presente, hundir la huella en el barro, cualquier, no tiene sentido.
Cristales y más cristales, capas y más capas de suciedad que empañan la realidad. Lo veo borroso, sin duda, borroso. No, fíjate bien, no está borroso, pero es que yo lo sigo viendo borroso. Se acerca, lentamente a mi habitación. Sus zapatos retumban en la inmensidad del pasillo, vacío, sin ni siquiera un triste cuadro o algo de pintura. Un pasillo de tochos naranjas. Un cruce abandonado. Puertas y más puertas que dan a un lugar tenebroso y oculto. No se que quiero decir, pero lo digo, porque cada vez que abro la puerta veo algo diferente, el pasillo sigue igual, las puertas cambian. Cambian de color, se renuevan, redescubre, tienen algo interesante que mostrarle al mundo. Dentro del largo pasillo siempre hay una mujer acurrucada sobre sus rodillas, llorando, la conocen como "Miedo". Miedo a enfrentarse a los temores, miedo a nada, miedo a tropezarse al cambiar de puerta. Un obstáculo infranqueable, nada es eterno, todo cambia y todos cambiamos. Un corte de pelo, una actitud rectificada, un por favor y un gracias, un perdón, no volverá a ocurrir, algo. El silencio es la muerte en una partida por la vida. Hablar y hablar, equivocarse y volver a hablar para volver a equivocarse. Una llamada lo cambia todo, ella ha muerto, es igual, hablar hablar, que hay temporadas en que nos callan, no quieren que hablemos, morimos en vida. Tiempos en que se prohiben las ideas indirectamente y llego yo con mi piano para transmitir lo que un código no puede hacer y ellos nunca me atraparán si no saben que estoy hablando sin abrir la boca. Los coros, se callaron al principio, ahora me acompañan, todavía ténues. En poco me ayudan, nos damos de la mano y disparamos alguna que otra palabra, cuando ellos tienen la cabeza fija en otra parte. Luego lo haremos en su cara y nos pegarán, pero que no digan que pudiéndolo haber intentado no lo hicimos. Conjugaciones liosas y se acabó el manifiesto.
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Corre

Corre, lejos, donde no pueda verte. Escóndete detrás de un árbol y espera mi llegada a las 5 de la tarde. Sólo quiero tener a alguien cerca, saber que sin estar a mi lado lo estás y que puedo pensar en ti día tras día. Brilla un pequeño amor en el horizonte y eres tú sin duda. Brilla una estrella, de esperanza, que todo lo tiñe de negro. Lloro un rato por ti y me levanto deprisa para olerte antes de que el viento se enfade por tu aroma. Sentados, una vela a cada lado y las luces medio apagadas que nos hacen recordar el momento fugaz pero tierno, nuestra primera vez. Te vi, me viste, me ignoraste, te seguí viendo y te acercaste... ¿para pedirme fuego? ¡Si no fumaba! Es igual, cualquier escusa es buena, cualquiera. Un grupo funk, una melodía de aquellas que en los cinco minutos que dura te obliga a mover cualquier parte del cuerpo. Con la tontería yo me acerco, el vocalista comienza a cantar. Minuto 30' y ni hemos empezado a hablar. Desde entonces hasta nuestra muerte la canción se repetirá tediosamente.
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La Escuela De Calor

Pequeña mujer china. Vio como bombardeaban la ciudad de sus padres, en la lejanía. Un radio explosivo que provocó un aire intenso. Su pelo se mezclaba con el polvo que intentaba abordar la atmosfera. 350-Z.
Coordenadas, vidas y familias. Ignorancia aérea, que ellos seguían órdenes. Que las ordenes no se juzgan, se cumplen, que por esos somos máquinas.
Mensajes y más mensajes de esperanza, en forma de bolitas de arroz envenendas y mucha muerte. Los gritos se fundían con el polvo, como una composición musical.
Huérfanos y un judio sobrenaturalmente inteligente engañado por el estado.
Moda! A la izquierda. Moda! A la derecha! Tenemos las armas...
- ¿Qué ocurre?
- No lo sé, ni me importa.
- Bien, entonces.
Corriendo en manada, alejándose del núcleo.
Polisemia vital. Alegrías transtornadas y juegos macabros con la esperanza de restablecer el orden mundial. Nefasto.
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Bolero

Fuego, humo y calor. Yo sentada en la puerta de mi casa, en las escaleras que tocan con el césped inmediatamente anterior a la acera. Mi cabeza recostada en un brazo y una de esas marchas fúnebres que suenan de fondo en cualquier escena dramática. Tecleando con rapidez, captando cualquier cambio en aquel instante.
Un niño pasa por la calle y me mira. Mi casa quemándose y él, como si no tuviera otra cosa que hacer, mirándome. Como siempre en los últimos meses, llorando como una descosida, que era una desgraciada en todo. Ni amor, ni salud ni dinero ni trabajo, que qué me quedaba entonces, gritaba cada mañana cuando me levantaba para no hacer nada. A las ocho, al amanecer, yo como un clavo despierta lavando los platos de la cena del día anterior. Cada día lo mismo y una marcha fúnebre de fondo. Restos de estofado en el recipiente de plástico y ellos luchando por no salir, por más jabón y frote que le daba.
Me bañaba cada día. Manguera en mano, en el patio trasero y a bailar bajo el chorro de agua. Los niños de la casa vecina reían por la ventana y yo con todo al aire, sin tapar, que la madre de las criaturas ya me había chillado alguna que otra vez pero yo, erre que erre, que me bañaba con el coño al aire. La madre me pidió si, al menos, podría afeitármelo para restarle importancia a la situación. Naturalmente, cada sobremesa, tras una copiosa comida, me repasaba los pelos negros que chillaban por salir. ¡Y no les dejaba! Empezaba a comprender aquella música lejana, pero me seguía lavando a golpe de manguera, que un día se asomó el padre y me toque los pechos con gracia y insinuándome y el hombre que, sin pedir explicaciones, llamó a la policía, que me dieron la razón, que yo estaba en mi casa sí o sí.
Los violines, en clave de sol, cantaban a mis espaldas, pero todo seguía quemándose. Tarde diferente y pronto incontrolable, cerillas a mano y… ya se sabe.
Quemé la casa a las 5 i 35 horas de la tarde, cerciorándome de que mi familia estuviera dentro, claro está. Todos ardiendo y yo lejos, que me reía como una descosida. Un marido inaguantable y un niñato de 15 años que todo lo creía saber. Mi madre que nos visitaba, también dentro, y mis tíos, los de Huelva que habían viajado hasta aquí solo para verme la cara por primera vez en su vida, también dentro.
La casa reventó en mil pedazos, pero yo ya me había alejado de la zona incandescente. Lloraba cual hijo que pierde a su madre, pero al revés!
Sin hijo ni marido, sin madre ni tíos… que podría esperar de mi una sociedad competente, que trata a las desequilibradas como yo de locas. No estoy loca, solo estoy mal de la cabeza y un impulso necesario, me mandaron hacerlo, proscribió pero seguí. 5000 dólares fueron una gran cifra. Lo recuerdo! Bolero.
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