«Rosario, ¡tú te vienes a mi casa en nochebuena!»
«Huy! Ya viene la Paquita y sus amigas a mi casa, aunque podemos quedar en mi casa en Navidad»
«¿Y qué vas a hacer para comer?»
«Bueno... eso es lo de menos, eso se apañan dos huevos fritos y listos»
«Sí, la comida es lo de menos. Lo que importa es la voluntad»
«Sí»
[...]
Sobre la mesa, bien envuelto y reluciente. Olía a nuevo, olía a cinta adhesiva, olía a todo excepto a lo que contenía: el regalo más preciado.
Estaba sobre la mesa, esperando a que alguien decidiese, por alguna congruencia del destino, creer por unos momentos en el espíritu navideño, abrirlo y regalárselo al más necesitado.
Un huérfano, una viuda o alguien que dejó de creer en el amor. Todos ellos incontables, pero muchos. Ya no creen en la navidad y con ello, rechazan la existencia divina. Ni teístas, ni agnosticos ni deístas. Nadie cree ya en nada. Egoísmo.
Decía un buen amigo que hay un lenguaje suprasensible, más allá de las palabras, es el de las cosas hechas con amor, con dedicación, con responsabilidad y lealtad, es un lenguaje complicado, pero agradable.
Si la buena voluntad adelantase al egoísmo en el triste abanico de preferencias occidentales, los huérfanos tendrán padres, los viudos suspirarán por un pequeño amor que brilla y los ateos del amor volverán a conocer ese deseo tan profundo de intimidad. Sólo así los árboles quedarán vacíos de regalos y un aura inconcebible de utilitarismo invadirá el mundo. Solo así los políglotas de la buena voluntad serán capaces de desenvolverse libremente en la cebolla caducada. Capas y más capas, racismo, homofobia, miedo desmesurado a lo que las religiones dicen que está mal...
«Huy! Ya viene la Paquita y sus amigas a mi casa, aunque podemos quedar en mi casa en Navidad»
«¿Y qué vas a hacer para comer?»
«Bueno... eso es lo de menos, eso se apañan dos huevos fritos y listos»
«Sí, la comida es lo de menos. Lo que importa es la voluntad»
«Sí»
[...]
Sobre la mesa, bien envuelto y reluciente. Olía a nuevo, olía a cinta adhesiva, olía a todo excepto a lo que contenía: el regalo más preciado.
Estaba sobre la mesa, esperando a que alguien decidiese, por alguna congruencia del destino, creer por unos momentos en el espíritu navideño, abrirlo y regalárselo al más necesitado.
Un huérfano, una viuda o alguien que dejó de creer en el amor. Todos ellos incontables, pero muchos. Ya no creen en la navidad y con ello, rechazan la existencia divina. Ni teístas, ni agnosticos ni deístas. Nadie cree ya en nada. Egoísmo.
Decía un buen amigo que hay un lenguaje suprasensible, más allá de las palabras, es el de las cosas hechas con amor, con dedicación, con responsabilidad y lealtad, es un lenguaje complicado, pero agradable.
Si la buena voluntad adelantase al egoísmo en el triste abanico de preferencias occidentales, los huérfanos tendrán padres, los viudos suspirarán por un pequeño amor que brilla y los ateos del amor volverán a conocer ese deseo tan profundo de intimidad. Sólo así los árboles quedarán vacíos de regalos y un aura inconcebible de utilitarismo invadirá el mundo. Solo así los políglotas de la buena voluntad serán capaces de desenvolverse libremente en la cebolla caducada. Capas y más capas, racismo, homofobia, miedo desmesurado a lo que las religiones dicen que está mal...

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