Bien, pues díjose a sí mismo: con el tercer disparo; a correr.
La Guerra volvía cada año para recordarle la falta de humanidad que le quedaban a las personas de aquellas tierras y el menoscabo en la confianza de la palabra de un patriota. Los más viejos recordaban aquellas guerras con nostalgia, mientras movían ficha en su mayor preocupación durante el día; ganar las dos perras de la partida de dominó. Habían luchado no recordaban muy bien contra o a favor de quien. Ellos ya no recordaban más que lo que les interesaba y, entre brotes de lucidez y prontos depresivos, rescataban algún recuerdo de alguna batalla librada defendiendo un trapo. La gran mayoría, cuando todavía recordaban con claridad los dedos de la mano, habían colaborado con multitud de asociaciones relacionadas con la memoria histórica.
De naturaleza Republicana, el pueblo de Ruiz Alarcón parecía una pequeña fortaleza romana, con sus grandes muros empedrados y sus callejuelas serpenteantes. Los mercaderes y burgueses de la edad media instalados por las inmediaciones habían sacado partido de las estructuras existentes anteriores al medievo y habían hecho de las murallas las paredes maestras de sus nuevos edificios.
Gresol se había constituido desde 1717 como una villa "libre, católica y igualitaria". Mujeres y hombres decidían por igual en un sistema político que seguía directrices caciquistas con espíritu democrático. El encargado de velar por dicha transparencia en el orden "de las cosas de casa", como decían en Gresol era Ruiz Alarcón. No era feliz, pero estaba casado, no era padre y tenías dos hijas preciosas, hermosas, gorditas, vamos. Los 315,5 habitantes de Gresol daban fe de la robustez de las niñas. «Vaya par de tetas, niña». Marcelo, el "abuelete" de pueblo, era conocido por sus palabras tan alentadoras a gente que no destacaba por nada bueno. Era un don o algo parecido; sabía alejarse de la concepción elemental de las personas y buscaba en lo más hondo de sus corazones para destacar algún acto de buena fe o alguna habilidad desconocida hasta la fecha. Martina, la hija mayor de Ruiz Alarcón, se cohibía al paso del viejo, pero tras cinco años, o se acostumbraba, o lo mataba. Los delitos en Gresol no se castigaban, no había delitos. Nadie mataba a nadie, pero eran profundamente infelices. Creo que pensaban: «si yo soy infeliz, tú lo eres más, vivirás conmigo para cansarte de lo patético de la vida». Esa prepotencia les hacía concebir a la sociedad como un conjunto de almas inferiores e infelices, no había enemigos, ya que nadie era feliz. «¡Vagos y maleantes, vagos y maleantes!» Marcelo murió con el eco de aquella expresión que tanto daño había hecho a los creativos de nuestro país, a los genios de anteayer.
La Guerra volvía cada año para recordarle la falta de humanidad que le quedaban a las personas de aquellas tierras y el menoscabo en la confianza de la palabra de un patriota. Los más viejos recordaban aquellas guerras con nostalgia, mientras movían ficha en su mayor preocupación durante el día; ganar las dos perras de la partida de dominó. Habían luchado no recordaban muy bien contra o a favor de quien. Ellos ya no recordaban más que lo que les interesaba y, entre brotes de lucidez y prontos depresivos, rescataban algún recuerdo de alguna batalla librada defendiendo un trapo. La gran mayoría, cuando todavía recordaban con claridad los dedos de la mano, habían colaborado con multitud de asociaciones relacionadas con la memoria histórica.
De naturaleza Republicana, el pueblo de Ruiz Alarcón parecía una pequeña fortaleza romana, con sus grandes muros empedrados y sus callejuelas serpenteantes. Los mercaderes y burgueses de la edad media instalados por las inmediaciones habían sacado partido de las estructuras existentes anteriores al medievo y habían hecho de las murallas las paredes maestras de sus nuevos edificios.
Gresol se había constituido desde 1717 como una villa "libre, católica y igualitaria". Mujeres y hombres decidían por igual en un sistema político que seguía directrices caciquistas con espíritu democrático. El encargado de velar por dicha transparencia en el orden "de las cosas de casa", como decían en Gresol era Ruiz Alarcón. No era feliz, pero estaba casado, no era padre y tenías dos hijas preciosas, hermosas, gorditas, vamos. Los 315,5 habitantes de Gresol daban fe de la robustez de las niñas. «Vaya par de tetas, niña». Marcelo, el "abuelete" de pueblo, era conocido por sus palabras tan alentadoras a gente que no destacaba por nada bueno. Era un don o algo parecido; sabía alejarse de la concepción elemental de las personas y buscaba en lo más hondo de sus corazones para destacar algún acto de buena fe o alguna habilidad desconocida hasta la fecha. Martina, la hija mayor de Ruiz Alarcón, se cohibía al paso del viejo, pero tras cinco años, o se acostumbraba, o lo mataba. Los delitos en Gresol no se castigaban, no había delitos. Nadie mataba a nadie, pero eran profundamente infelices. Creo que pensaban: «si yo soy infeliz, tú lo eres más, vivirás conmigo para cansarte de lo patético de la vida». Esa prepotencia les hacía concebir a la sociedad como un conjunto de almas inferiores e infelices, no había enemigos, ya que nadie era feliz. «¡Vagos y maleantes, vagos y maleantes!» Marcelo murió con el eco de aquella expresión que tanto daño había hecho a los creativos de nuestro país, a los genios de anteayer.

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