Pequeñas Victorias

Y cuanto más apalabraba en el futuro, más necio se volvía. Cada noche olía a ginebra, ¿para qué colonia? Mataba las penas con anís y celebraba la pequeñas victorias con whiskey; estaba enamorado. Era un amor difícil, de aquellos inviables, donde los sueños eran fieles substitutos de una realidad que nunca llegaría. El no sabía como olvidarla, ni quería alcanzar el olvido. Por la noche, si el Prozac le fallaba, se aparecía serena recostada sobre sus brazos. Encantadora, inocente, caprichosamente bella le invitaba a acariciarla y, al tocarla, desaparecía. Wasovski repetía cada noche dicha historia interminable, quería cruzar el Niágara en bicicleta. Ella no era lesbiana, tampoco era imposible. De hecho, se conocían hacía algún tiempo. Él maquilló su deseo de amistad y ella que no era tonta, al darse cuenta, se alejó lentamente. Ni sé, ni quiero, ni intento el amor. Una déspota de su propio corazón que no aceptaba morir cada día por su amado. No quería despertarse cada mañana y besarlo arbitrariamente: cuello, boca, que importa. Y en una de esas manifestaciones del mal de amores, la ginebra quiso jugarle sucio: lo consiguió. Extinguió así su amor por las cosas pequeñas del vida, atorgó un sentido a su vida y no supo dormir sin besar la foto enmarcada que logró robar a Wasovski; cada vez más lioso.
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