Sudaban pies y manos. Corríamos desesperadamente en un ademán por alcanzar la libertad. Pero la voz elfa acalló nuestros deseos. Frenamos en seco ante el puente de piedra. «¡No podéis pasar, no podéis pasar!» El viejo barbudo no dejaba de repetir aquella frase. A dos metros bajo tierra condenamos nuestra vida para siempre. Un intento fallido nos condujo al más estrepitoso fracaso del cual no querían oír los de nuestra comarca. Dimos media vuelta y por la gran gruta de Moria nos apresuramos a entrever decenas, centenares, miles de criaturas hambrientas de babas verdes colgantes. Nos miraban, fijamente, con deseo y desesperación. ¿Podría ser peor? Sí, podrían ser inspectores de hacienda, gritó el tabernero que nos acompañaba.
Una nube de polvo nos invitó a desalojar la caverna, pero era demasiado tarde, siempre lo es en estos relatos, nunca hay tiempo para la redención, ni para Bob Marley.
Una nube de polvo nos invitó a desalojar la caverna, pero era demasiado tarde, siempre lo es en estos relatos, nunca hay tiempo para la redención, ni para Bob Marley.

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