Dorados

Siempre he odiado a los vagabundos que se aprovechan de su condición. Incluso de las rumanas que de carrerilla se reinventan un discurso para, día tras día, hacerlo más verosímil y melodramático. Los pasajeros del tren, que sin voz ni voto aguantan enojados a las indigentes, merman el viaje tranquilizándose. Sacando el iPod, el ordenador personal o cualquier otro aparato tecnológico que les recuerde que su nivel de vida se aleja demasiado de aquel indeseable modo de ganarse la vida. Ellos nunca tendrán que robar para comer, ellos nunca dormirán entre planchas de cartón o nunca llorarán al frío que de madrugada da paso al alba. Es complicado, pero comprensible.
A John Strauss no le cuesta ponerse en la piel de dichos desgraciados. Inmigrantes casi siempre, no siempre. Ellos ya no lloran, olvidaron llorar. Tampoco disfrutan, lo olvidaron entre robo y robo. Y entre contenedores de basura se enconden miles de infancias que no supieron desarrollarse. Se perdieron miles de historia de amor y se asustaron los más viejos. Sueños adolescentes. Somos de oro.
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