Ofuscación

Era tan épico que hasta la hierba olía a hierba. La vereda estaba cubierta de barro y los carros debían esperar en la zanja seca si no querían hundir las ruedas de madera en el fango. Johan Strauss creyó que la descripción pertenecía a un recóndito lugar de la España más íntima. En realidad estaba descubriendo un amor oculto entre las hojas secas de la playa de otoño.
Johan Strauss era un amante anónimo, un hombre de no me calientes la cabeza y un galán. Respetuoso, atento y cariñoso. Aquella pirámide era fundamental para descartar a hombrecillos de hombrecitos y a hombrecitos de hombres. Los martes también me ayudaba a distinguir a los hombres de los hombretones.
Cada noche le preguntaba a la cruz si volvería Trump para las navidades. Nunca hubo respuesta, ni habrá, espero. De lo contrario andaré desajustada.
Cuando conocí el amor, no sabía de corazones crueles, nadie advierte en estos temas. Son los propios portazos que enseñan a no ser idiota. Y yo, idiota no fui.
El otoño se consumía a pasos agigantados, con una impaciencia patológica, al mínimo ruido aguardaba la llegada de Johan al acabar su jornada.
Llegaba y nos recordábamos mútuamente qué es el amor. Algo dorado que se pinta de rojo en los corazones.
Y recuerdo que se esforzaba a redactar sus memorias en cinco meses. Pero a mediados del cuarto mes, una embolia acabó su partida y mis retinas lo empezaron a olvidar el mismo día. Ahora vivo sola y amargada. Leyendo a Alberti por las mañanas y a Hernández las madrugadas.
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