Copacabana, 12 de Julio.
Un bar, humo de tabaco y muchas mesas. El ambiente cálido y musical. Bandaya a cargo de la orquestra, finos, magistrales, como siempre. Entrando, sin americana, esta vez y las camareras, inclinándose a mi paso. Yo, colores ocres y pistola en el bolsillo interior.
Cada noche, una mujer nueva entraba para ser admirada, una turista perdida o una nativa con ganas de marcha. La verdad es que las nativas tenían los pechos más grandes y aquello me gustaba.
Un doctor de bata blanca, vestido de azul pastel también entró. Tras un paseíto estúpido, tomó asiento al fondo a la izquierda, al contrario que yo, a la derecha, noche sí, noche también.
El FBI entraba por la puerta y yo me marchaba por la trasera, corriendo, como un galo. Pistola de fugitivo en mano. La forma física me invitaba a correr por los tejados, en lugar de saltarlos. Al llegar a una callejuela con mantas tendidas, cansado de tanta acción, un par de pliegues y ya era una pueblerina anciana con joroba. El FBI paso corriendo y apartando innecesariamente a todo el que se acercaba dos metros a su trayectoria. Un señor mayor me tocó el culo por detrás y yo le toqué el corazón con una bala dorada: había alertado de nuevo a los federales. La película de acción se reanudaba.
A través de Chicago, L.A. huyendo de ellos por toda América e incluso en Brasil uno no puede descansar. Llegué a la playa de Barry Manilow y empecé a disparar aleatoriamente. Niños, ancianos, jóvenes. Unos 20 muertos. El FBI me dio caza en Copacabana, primero disparan, luego preguntan. Ahora era la anciana de pueblo, no Brest Flouck.
Cambié la identidad. ¿Por qué? ¿Por qué?
Smooth operator. Correr y más correr. Cuando las piernas se cansaron, mi pobre alma andaba ya por las Azores, volviendo a la vieja Europa, a despedirse de mi padre Giulianni. La Bella Italia non sa aspettare.
Un bar, humo de tabaco y muchas mesas. El ambiente cálido y musical. Bandaya a cargo de la orquestra, finos, magistrales, como siempre. Entrando, sin americana, esta vez y las camareras, inclinándose a mi paso. Yo, colores ocres y pistola en el bolsillo interior.
Cada noche, una mujer nueva entraba para ser admirada, una turista perdida o una nativa con ganas de marcha. La verdad es que las nativas tenían los pechos más grandes y aquello me gustaba.
Un doctor de bata blanca, vestido de azul pastel también entró. Tras un paseíto estúpido, tomó asiento al fondo a la izquierda, al contrario que yo, a la derecha, noche sí, noche también.
El FBI entraba por la puerta y yo me marchaba por la trasera, corriendo, como un galo. Pistola de fugitivo en mano. La forma física me invitaba a correr por los tejados, en lugar de saltarlos. Al llegar a una callejuela con mantas tendidas, cansado de tanta acción, un par de pliegues y ya era una pueblerina anciana con joroba. El FBI paso corriendo y apartando innecesariamente a todo el que se acercaba dos metros a su trayectoria. Un señor mayor me tocó el culo por detrás y yo le toqué el corazón con una bala dorada: había alertado de nuevo a los federales. La película de acción se reanudaba.
A través de Chicago, L.A. huyendo de ellos por toda América e incluso en Brasil uno no puede descansar. Llegué a la playa de Barry Manilow y empecé a disparar aleatoriamente. Niños, ancianos, jóvenes. Unos 20 muertos. El FBI me dio caza en Copacabana, primero disparan, luego preguntan. Ahora era la anciana de pueblo, no Brest Flouck.
Cambié la identidad. ¿Por qué? ¿Por qué?
Smooth operator. Correr y más correr. Cuando las piernas se cansaron, mi pobre alma andaba ya por las Azores, volviendo a la vieja Europa, a despedirse de mi padre Giulianni. La Bella Italia non sa aspettare.

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