Hoy no tengo ganas de escribir una historia mística o una descripción exhaustiva pero sincera -bromeando- de alguien. Hoy tengo ganas de criticar un poco ciertos valores que en las últimas décadas -forzados por la aparición de las nuevas tecnologías- se han ido implantando en nuestra sociedad. Hace dos o tres noches, aburrido de tanto FaceBook (erre arriba a la derecha) y MSN (erre arriba a la derecha), corrí a tirarme al sofá. Encendí la tele y curiosamente, por casualidades de la vida, el canal en aparecer fue Antena 3. Esta casa era una ruina. Alegrías rotas por una muerte y un equipo de hermanas de la caridad que, aferrándose a todo lo que el dinero es capaz de hacer, hasta vender emociones, construye una casita para los niños del pueblo. Puedo parecer asqueroso criticando dicho acto. Se supone que es un bien común para mucha gente. Dará felicidad para mucha gente. Una cosa es tener buen gusto, la otra, hacer que la cara de la hija muerta aparezca hasta en los retretes (sentido figurado). Homenajes preciosos y, raramente, el pueblo unido por una causa común. Ahora todo el pueblo, que seguramente los días de cada día pasen los unos de los otros, se venden por un poco de dinero. Es muy bonito, pero demagogo, ¿No? Demasiado fingir que nos importan las personas cuando cada mes en nuestra cuenta corriente salimos ganando. Yo le digo al señor Lejarza, directivo del Grupo A3, que este tipo de programas que juegan con la sensiblidad de los seres humanos, atacan su dignidad y se refugian en la compasión (dando imagen de que nada tenía sentido hasta que llegó el autobusito de A3).
Cada cual es libre de venderse por lo que quiera, pero evitemos que esto sobrevenga en televisión, y que millones de personas pierdan el tiempo con la lágrima que ahora cae, ahora no cae. Sólo nos inculcan materialismo, racismo, estupidez, no formas de ver la vida y eso, a la larga, será peligroso.
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Hace 2 horas
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