18/06/2009

Oir, Ver Y Callar

La vida es una gran habitación oscura. Una redonda de luz situada en el centro custodia al hombre. Él se sienta en la esquina noreste. Se sienta a reflexionar. Un hombre sencillo, que no se complica la vida. Con aficiones sanas. Un hombre cerrado. Dificultad para abrirse y relacionarse. Un hombre con pocos amigos pero con amigos de verdad. Él no es falso, no es hipócrita, ni simple. Es un hombre misterioso y, maldiciendo la rutina, se levanta pensando que no sirve para nada. ¿Qué he hecho de útil en esta vida? Probablemente, nada material. Pero... ¿A cuántas personas habrá animado en un momento determinado? ¿A cuántas personas habrá alegrado con una sonrisa? Son conceptos difíciles de definir, pero fácilmente percibibles.
Ahora, la luz del centro se va abriendo. A la derecha, 214 Sullivan Street abre sus puertas a las mentes cerradas. Un designio le ha sido concedido. Vivir para alegrar a las personas. Muchos lo describen como "un tonto que no habla". ¿Forbes un tonto que no habla? Madre mía. ¡En qué senderos se entrometen algunos ignorantes!
Él no odia a nadie. Nadie le odia a él. Si buscando el bien de los semejantes encontramos el nuestro, puede parecer egoista. No siempre.
Con Forbes, se puede hablar de todo. Supongo que no todos hablan de todo con Forbes, pero es una persona en quien confiar. Una persona a la que poco le importa lo que digan los demás. Forbes es atento y empalagosamente repetitivo. La descripción es aburrida hasta que Forbes encontró que las esquinas podían ser redondas... Así, Forbes, entró en un giro hiperbólico que le condujo a la perdición. Nadie conoce ya la historia de aquel muchacho. Lo que siempre será recordado es que marcó un antes y un después en aquella calle, y que por nada del mundo, tras darse cuenta de lo mucho que valía, quería perderlo.
Así pasaron los días, los meses y los años y el 214 seguía igual. Siempre frecuentado por la misma gente, los que de verdad importaban. El resto, no eran más que huellas en la arena, que a golpe de ola, desaparecían.
Y el mito se hizo leyenda y la leyenda fue transmitida de generación en generación. Y aquel hombre, sencillo e interesante seguía solo, perdido en la infinidad de la reflexión, buscándose a sí mismo sin hallarse, llorando por perderse.
Las historias terminan siempre con final feliz y esta no será menos. El problema es que esto no es una historia. Es un breve relato acerca de un chaval que pasaba desapercibido en la nulidad. Oir, ver y callar.

1 comentarios:

.:pau:. dijo...

m'encantaaaaa!!

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