Caigo Al Agua

Eres luz y eres sombra y la angustia de no verte me apaga los viernes y me enciende los lunes y la percusión me ayuda a sobrellevar el fin de semana.
Y eres toda tú que, ocultando la verdad, me haces sonreír.
Y te llevo en mi bolsillo cada día y en mi corazón.
Pero cuidado, en primavera se da el apogeo vital; en otoño tu marcha será forzada y los violines gritaran que te vayas, entre melodías tristes que provocan lágrimas.
Que si hablas soy feliz y me basto con una carícia, que abrirá una llaga profunda en esa herida de mi corazón que lleva tu nombre.
Única, inigualable y fugaz, como una pesadilla infantil. Fugaz y repetitiva.
Recogiendo sensaciones por el bosque, deshojando margaritas al contar los días para que vuelvas, deshojando margaritas para convencerme de que me amas -aunque haga trampas-, de que me amas.
Y acariciando cada árbol, cuyo rostro me hace volver cada tarde y sentarme cerca de la laguna.
Y ver mi reflejo en el agua turbia y recordarme quién soy: un fracasado sin ti y el hombre más afortunado del mundo si me tiras un beso. Y de tanto acercarme al agua, como si de un reclamo de un espejismo se tratase, caigo dentro. No sé nadar. ¿Me enseñas?
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