Dicen...

Dicen las malas lenguas que el veneno quema a los insensatos, que el que mucho abarca poco aprieta y el que x, x. Cualquier premisa resulta válida en dicha ecuación conservadora, en una fórmula infalible para advertir a la juventud de peligros que ya no acechan o de estupideces que siguen vigentes. Yo estoy enamorado. Estoy enamorado de ti, y no sé cómo decirlo, así que no lo digo. Cuando duermo pienso en ti, cuando como pienso en ti, cuando hago cualquier cosa que requiera de concentración, pienso en ti. Y como sé que es imposible, cerraré los ojos y las lágrimas secas inundarán los ojos sin sentido alguno. Nada tiene sentido alguno, alguno tiene sentido pero no es entendido por la multitud. Y no me importa, en absoluto, me hace feliz poder seguir viéndote de vez en cuando sin tener que modificar mi mirada por haberte dicho algo fuera de lugar o rudo, por haber estropeado la magia. Si no te necesitara tanto, probablemente nada me hubiese inspirado a redactarte esto. No es una carta de amor, ni de declaración; es cualquier cosa que quieras que sea. Que desde aquí empiece lo que quieras o se rompa todo. Sin estreses, ni límites, más que el que decidamos.
Es horrible el día en que la posibilidad de no verte en tiempo colapsa la psique.
Deduzco que nadie entenderá el sujeto de redacción, mas así lo deseo, que resulte oculto por el día de los días, hasta que nuestro abrazo sea puro y haga olvidar todo lo ocurrido hasta ahora. Empezar de nuevo una historia interminable donde no importen terceros, sino cuartos y quintos.
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