El tiempo es tiempo. Una canción, una historia, cualquier intento de plasmar el presente, hundir la huella en el barro, cualquier, no tiene sentido.
Cristales y más cristales, capas y más capas de suciedad que empañan la realidad. Lo veo borroso, sin duda, borroso. No, fíjate bien, no está borroso, pero es que yo lo sigo viendo borroso. Se acerca, lentamente a mi habitación. Sus zapatos retumban en la inmensidad del pasillo, vacío, sin ni siquiera un triste cuadro o algo de pintura. Un pasillo de tochos naranjas. Un cruce abandonado. Puertas y más puertas que dan a un lugar tenebroso y oculto. No se que quiero decir, pero lo digo, porque cada vez que abro la puerta veo algo diferente, el pasillo sigue igual, las puertas cambian. Cambian de color, se renuevan, redescubre, tienen algo interesante que mostrarle al mundo. Dentro del largo pasillo siempre hay una mujer acurrucada sobre sus rodillas, llorando, la conocen como "Miedo". Miedo a enfrentarse a los temores, miedo a nada, miedo a tropezarse al cambiar de puerta. Un obstáculo infranqueable, nada es eterno, todo cambia y todos cambiamos. Un corte de pelo, una actitud rectificada, un por favor y un gracias, un perdón, no volverá a ocurrir, algo. El silencio es la muerte en una partida por la vida. Hablar y hablar, equivocarse y volver a hablar para volver a equivocarse. Una llamada lo cambia todo, ella ha muerto, es igual, hablar hablar, que hay temporadas en que nos callan, no quieren que hablemos, morimos en vida. Tiempos en que se prohiben las ideas indirectamente y llego yo con mi piano para transmitir lo que un código no puede hacer y ellos nunca me atraparán si no saben que estoy hablando sin abrir la boca. Los coros, se callaron al principio, ahora me acompañan, todavía ténues. En poco me ayudan, nos damos de la mano y disparamos alguna que otra palabra, cuando ellos tienen la cabeza fija en otra parte. Luego lo haremos en su cara y nos pegarán, pero que no digan que pudiéndolo haber intentado no lo hicimos. Conjugaciones liosas y se acabó el manifiesto.
Cristales y más cristales, capas y más capas de suciedad que empañan la realidad. Lo veo borroso, sin duda, borroso. No, fíjate bien, no está borroso, pero es que yo lo sigo viendo borroso. Se acerca, lentamente a mi habitación. Sus zapatos retumban en la inmensidad del pasillo, vacío, sin ni siquiera un triste cuadro o algo de pintura. Un pasillo de tochos naranjas. Un cruce abandonado. Puertas y más puertas que dan a un lugar tenebroso y oculto. No se que quiero decir, pero lo digo, porque cada vez que abro la puerta veo algo diferente, el pasillo sigue igual, las puertas cambian. Cambian de color, se renuevan, redescubre, tienen algo interesante que mostrarle al mundo. Dentro del largo pasillo siempre hay una mujer acurrucada sobre sus rodillas, llorando, la conocen como "Miedo". Miedo a enfrentarse a los temores, miedo a nada, miedo a tropezarse al cambiar de puerta. Un obstáculo infranqueable, nada es eterno, todo cambia y todos cambiamos. Un corte de pelo, una actitud rectificada, un por favor y un gracias, un perdón, no volverá a ocurrir, algo. El silencio es la muerte en una partida por la vida. Hablar y hablar, equivocarse y volver a hablar para volver a equivocarse. Una llamada lo cambia todo, ella ha muerto, es igual, hablar hablar, que hay temporadas en que nos callan, no quieren que hablemos, morimos en vida. Tiempos en que se prohiben las ideas indirectamente y llego yo con mi piano para transmitir lo que un código no puede hacer y ellos nunca me atraparán si no saben que estoy hablando sin abrir la boca. Los coros, se callaron al principio, ahora me acompañan, todavía ténues. En poco me ayudan, nos damos de la mano y disparamos alguna que otra palabra, cuando ellos tienen la cabeza fija en otra parte. Luego lo haremos en su cara y nos pegarán, pero que no digan que pudiéndolo haber intentado no lo hicimos. Conjugaciones liosas y se acabó el manifiesto.

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