¿Se Pelearán?

Solía buscar en Google «¿cómo besar?». Diecisiete años recién cumplidos y todas mis amigas con novio. Todas mis amigas con novio y yo sola, en medio de aquella calle oscura, esperando a que un ángel descendiese. Yo sola y todas mis amigas con novio, y yo, con mucho sueño.
«¡Morena ojos verdes!» gritaba mi madre con orgullo. A todas sus amigas caía en gracia. Un rostro tan inocente, unas facciones en desarrollo que desconocían qué sentimientos reflejarían más adelante.
Y yo sola en aquella calle oscura y todas mis amigas con novio, que me enviaban mensajes al móvil con escusas para no reunirse conmigo.
Yo sola y un hombre alto, con las manos dentro de su cazadora negra, que andaba sin preocupaciones, por aquella calle del centro de la ciudad.
Susurraba unas palabras que se desvanecían al toparse con la intermitencia de las farolas. «Una sí, una no», pensé.
De repente, un ratón hambriento interrumpió mi mirada fija, todavía centrada en aquella figura.
Sin darme cuenta, desapareció por una esquina alejada.
Mis amigas solas y yo con novio. Doce meses cambiaron radicalmente las cosas. Mi adolescencia se convertía en una pendiente interminable, una lista de cosas sin hacer que crecía por semanas. Algunas las tachaba, otras aparecían como consecuencia de las ya acabadas.
Sola, amargada con mi pareja. Nos deseábamos amor eterno en cada esquina. Una despedida permanente que se sucedía días tras otro. Me aborrecía aquel montón de barro que podía amasar a mi voluntad.
Él había matenido alguna que otra relación con alguna que otra chica en algún que otro año: nada importante.
Algo había visto en mí que le había embrujado y, tras las cortinas, luchaba por que él se quedara tan sólo como yo. La rabia me invadía cuando recordaba de qué manera empezaron a apartarme, a no llamarme para sus quedadas, a evitarme por Internet.
«Ya se acabarán peleando», pensé (si es que en aquel momento lo que no hacía era maldecirlas).
Al final, empezaron mis insultos. Les recordaba que yo era mejor que ellas y que jamás lo pasarían tan bien como conmigo: me equivocaba.
Cuando quedábamos aquellas tardes de verano, sentados en el césped, recordábamos aquellos tiempos en los que andaba con la cabeza alta «yo mandaba, tenía voz y voto, demasiado». Ahora se reían de mí cuando nos cruzábamos por los pasillos.
Él me pasaba el brazo por el cuello. «Tranquila, si son unos imbéciles». Tranquilizándome, era único. Un chico secillo, un cateto que tuvo la suerte de encontrarme. Esclavo de mis estados de ánimo y fiel defensor de mi imagen cuando su amigo se burlaba de mí.
Cada día que pasaba, en el instituto, más gente se ponía en mi contra.
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