Catorce hombres rodeaban la Bastilla. ¡Revolución, revolución! que salgan los guardias. Salieron y fueron colgados en la plaza del pueblo. Yo pensaba. Me dolía la cabeza de tanto remover el pasado. Hijos secretos, maridos de conveniencia y flores, flores con tarjetas de un extraño. Siempre el mismo comentario «con cariño».
Eso fue hace mucho. Por aquel entonces yo me llamaba Carla. A los dos años de la revolución, encontré la estabilidad con Pizarro Alafrán. Feo, rudo y rico. Me encantaba ese hombre, me daba lo que necesitaba. 25 años y no podía ser más feo, feo y rico; le quería.
Collares, abalorios, amor, pulseras, cadenas... popurrí materialista. Un hijo, quiero un hijo, no se puede.
Llegó la Revolución Francesa. Tiros y cambios de gobierno y felicidad para la prole, mucha felicidad.
Un gato era la causa del molesto ruido que se repetía día tras día en el tejado. Las baldosas bailaban con el viento y suspiraba de rabia. O lo arreglas, o te quedas durmiendo solo. Que yo no soy paleta, no puedo solucionarte los problemas, que vergüenza. Me cansé de mi marido demasiado rápido, casi lo mato.
Eso fue hace mucho. Por aquel entonces yo me llamaba Carla. A los dos años de la revolución, encontré la estabilidad con Pizarro Alafrán. Feo, rudo y rico. Me encantaba ese hombre, me daba lo que necesitaba. 25 años y no podía ser más feo, feo y rico; le quería.
Collares, abalorios, amor, pulseras, cadenas... popurrí materialista. Un hijo, quiero un hijo, no se puede.
Llegó la Revolución Francesa. Tiros y cambios de gobierno y felicidad para la prole, mucha felicidad.
Un gato era la causa del molesto ruido que se repetía día tras día en el tejado. Las baldosas bailaban con el viento y suspiraba de rabia. O lo arreglas, o te quedas durmiendo solo. Que yo no soy paleta, no puedo solucionarte los problemas, que vergüenza. Me cansé de mi marido demasiado rápido, casi lo mato.

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