Quería matar a alguien. Los eruditos se empeñaban a diagnosticarme erróneamente, a ocultarle a mi familia lo que en realidad se llama monstruo. En mayúsculas. No siento, no conozco el amor, no siento la felicidad ni la conozco, no me afecta el dolor, no me importa nadie ni nada, mis cortes en los brazos ponen de manifiesto mi amor propio. Necesitaba aquella estrofa. Necesitaba algo que se repetía una y otra vez, algo que me recordaba lo que era, una canción que me hacía llorar, lo único a lo que aferrarme. Ellos sufrían por la bandera, yo me reía y mataba a unos cuantos. Españolistas profundos, mujer esperando órdenes y vino del malo en la nevera. Ahi entraba yo, desfaratando hogares, desturyendo familias, venga, ¿de verdad merecía vivir?. Vomito en su felicidad. Les falta cohesión, factor sorpresa. Un disparo entre ceja y ceja que reanude su ciclo vital, una historia con un final horripilante, de aquellos en los que se degolla al protagonista. Ni siquiera se escribir. Junto palabras sin sentido, no tengo nada para qué y por lo cual vivir. Morir, morir, morir, morir hasta que llegue al margen y en la línea siguiente y en la siguiente y en la otra, espacios en blanco, para que nadie escriba, para caer en el olvido como la vieja canción del gramófono. Preguntas en voz alta en salas con las paredes blancas, con agentes negros para demostrar algo de dignidad que preguntaban sin parar, que buscaban esa pieza del puzzle que les hiciera empatizar conmigo. Dudo que acabaran de entender el por qué. La verdad, un conjunto de afirmaciones que corresponden al que se las cree.
En mi vida conocí a una mujer, en mi vida conocí a un hombre. He tocado cuerpos y más cuerpos mientras me pedían el perdón, se defendían ante la inminencia del fin. Gritaban como posesos un minuto más de aire. Decidí por ellos, acabé con sus sufrimiento. Ángel de la muerte, para el glosario de los federales.
Nada pido, solo acariciar la cara de una mujer muerta. Disfrutar de su estado. No hablan, no miran no intentan nada, no se dejan guiar por sus instintos, callan y no piensan, el handicap del comunismo. El determinismo está de mi lado y la gracia de ver la cara del marido, sin precio. Ellos atados a la cama, despertando de un profundo sueño provocado y al abrir los ojos, cual cebolla cerca de ellos, las lágrimas se desprenden de los ojos. Lágrimas de impotencia que me hacen vomitar de falsedad. Esa es mi felicidad, que perdurará en el tiempo. Un simple hueso para amagar una historia bajo la manga.
Un abanico de vivencias y anécdotas arrebatadas a golpes de machete. Gritos que sumben en desesperación. Luego los niños, y la policia asustada al leer esto, que no soy capaz de hacerlo, no no. Por el cuello colgando de cualquier saliente, con una cuerda larga, como la vida que les es arrebatada. El tiempo está a tu lado, las últimas palabras que oyen susurradas en la oreja antes de que el sol se ponga. El piano avanza a toda máquina: antes de que acabe la canción hay que terminar el trabajo, sino me siento asqueroso, me miro las manos y me repugno. El tiempo pone a cada uno en su lugar, a mi en el mio, a ellos en el suyo, en una caja de madera que al ser cerrada se lleva consigo los aromas de la vida, la personalidad y el carácter y se borra una identidad.
Desde que sale el sol hasta que se marcha al otro lado de la tierra, miles de identidades se borran cada día. Todos caminan dados de la mano, nadie sufre, nadie. Sólo alegría y cordialidad, sólo la verdad.
En mi vida conocí a una mujer, en mi vida conocí a un hombre. He tocado cuerpos y más cuerpos mientras me pedían el perdón, se defendían ante la inminencia del fin. Gritaban como posesos un minuto más de aire. Decidí por ellos, acabé con sus sufrimiento. Ángel de la muerte, para el glosario de los federales.
Nada pido, solo acariciar la cara de una mujer muerta. Disfrutar de su estado. No hablan, no miran no intentan nada, no se dejan guiar por sus instintos, callan y no piensan, el handicap del comunismo. El determinismo está de mi lado y la gracia de ver la cara del marido, sin precio. Ellos atados a la cama, despertando de un profundo sueño provocado y al abrir los ojos, cual cebolla cerca de ellos, las lágrimas se desprenden de los ojos. Lágrimas de impotencia que me hacen vomitar de falsedad. Esa es mi felicidad, que perdurará en el tiempo. Un simple hueso para amagar una historia bajo la manga.
Un abanico de vivencias y anécdotas arrebatadas a golpes de machete. Gritos que sumben en desesperación. Luego los niños, y la policia asustada al leer esto, que no soy capaz de hacerlo, no no. Por el cuello colgando de cualquier saliente, con una cuerda larga, como la vida que les es arrebatada. El tiempo está a tu lado, las últimas palabras que oyen susurradas en la oreja antes de que el sol se ponga. El piano avanza a toda máquina: antes de que acabe la canción hay que terminar el trabajo, sino me siento asqueroso, me miro las manos y me repugno. El tiempo pone a cada uno en su lugar, a mi en el mio, a ellos en el suyo, en una caja de madera que al ser cerrada se lleva consigo los aromas de la vida, la personalidad y el carácter y se borra una identidad.
Desde que sale el sol hasta que se marcha al otro lado de la tierra, miles de identidades se borran cada día. Todos caminan dados de la mano, nadie sufre, nadie. Sólo alegría y cordialidad, sólo la verdad.

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