01/04/2009

Bolero

Fuego, humo y calor. Yo sentada en la puerta de mi casa, en las escaleras que tocan con el césped inmediatamente anterior a la acera. Mi cabeza recostada en un brazo y una de esas marchas fúnebres que suenan de fondo en cualquier escena dramática. Tecleando con rapidez, captando cualquier cambio en aquel instante.
Un niño pasa por la calle y me mira. Mi casa quemándose y él, como si no tuviera otra cosa que hacer, mirándome. Como siempre en los últimos meses, llorando como una descosida, que era una desgraciada en todo. Ni amor, ni salud ni dinero ni trabajo, que qué me quedaba entonces, gritaba cada mañana cuando me levantaba para no hacer nada. A las ocho, al amanecer, yo como un clavo despierta lavando los platos de la cena del día anterior. Cada día lo mismo y una marcha fúnebre de fondo. Restos de estofado en el recipiente de plástico y ellos luchando por no salir, por más jabón y frote que le daba.
Me bañaba cada día. Manguera en mano, en el patio trasero y a bailar bajo el chorro de agua. Los niños de la casa vecina reían por la ventana y yo con todo al aire, sin tapar, que la madre de las criaturas ya me había chillado alguna que otra vez pero yo, erre que erre, que me bañaba con el coño al aire. La madre me pidió si, al menos, podría afeitármelo para restarle importancia a la situación. Naturalmente, cada sobremesa, tras una copiosa comida, me repasaba los pelos negros que chillaban por salir. ¡Y no les dejaba! Empezaba a comprender aquella música lejana, pero me seguía lavando a golpe de manguera, que un día se asomó el padre y me toque los pechos con gracia y insinuándome y el hombre que, sin pedir explicaciones, llamó a la policía, que me dieron la razón, que yo estaba en mi casa sí o sí.
Los violines, en clave de sol, cantaban a mis espaldas, pero todo seguía quemándose. Tarde diferente y pronto incontrolable, cerillas a mano y… ya se sabe.
Quemé la casa a las 5 i 35 horas de la tarde, cerciorándome de que mi familia estuviera dentro, claro está. Todos ardiendo y yo lejos, que me reía como una descosida. Un marido inaguantable y un niñato de 15 años que todo lo creía saber. Mi madre que nos visitaba, también dentro, y mis tíos, los de Huelva que habían viajado hasta aquí solo para verme la cara por primera vez en su vida, también dentro.
La casa reventó en mil pedazos, pero yo ya me había alejado de la zona incandescente. Lloraba cual hijo que pierde a su madre, pero al revés!
Sin hijo ni marido, sin madre ni tíos… que podría esperar de mi una sociedad competente, que trata a las desequilibradas como yo de locas. No estoy loca, solo estoy mal de la cabeza y un impulso necesario, me mandaron hacerlo, proscribió pero seguí. 5000 dólares fueron una gran cifra. Lo recuerdo! Bolero.

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