La simpatía de las calles le acompañaban en su rutinario paseo nocturno. Misteriosamente, ladeó una isla de casas y llegó a la conclusión de que lo que más deseaba en aquel momento era perderse por una callejuela de París. Precisamente, aquella semana, los informativos notificaron la presencia de un violador de preservativo negro rondando aquella barriada. A Marta le resultaba un tanto indiferente en aquel momento. Su pasión mezclada con la curiosidad humana innegable en una muchacha de 18 años recién cumplidos le obligaron a no cesar el paso en su decidido cometido: recorrería París de este a oeste.
Durante su paseo, algunos vagabundos se cruzaron en su camino, tambaleándose a lado y lado de la carretera. Uno de ellos profirió un suspiro de deseo frustrado por el alcohol. Naturalmente, a ella le subía el autoestima este tipo de reafirmaciones de belleza informales. A pesar de sus grandes pechos, la configuración de su rostro se beneficiaba de la oscuridad de aquella velada. Apenas 37463 le bastaron para alcanzar su objetivo. Amanecía por los Campos Elíseos y por la gran torre metálica que vigilaba el paseo que conducía al Sena, los rayos del sol atravesavan enérgicamente las cavidades producidas por la caída de los tornillos que formaban la estructura. Por suerte, éstos eran cambiados a diario y se garantizaba la permanencia y estabilidad de la Torre Eiffel.
Las acordeones amenizaban la vuelta a casa de Marta. El conjunto, que estaba interpretando una pieza de Yann Tiersen, comenzó a reproducir la melodía exactamente a las diez horas, treinta minutos y sesenta y cinco segundos de la mañana. El tiempo se había parado en el inicio de la música. Los peatones de París estaban viviendo en aquel instante un "slow motion" terminal que les abrió los ojos a la realidad.
Un imperativo moral que provocó un reinicio en la mente de los franceses de la Isla.
A las diez horas y treinta y un minutos de la misma mañana, el tiempo se restableció y los Jackson Three continuaron tocando "La Noyée". Marta siguió caminando tranquilamente, exhausta por la gran caminata, así que decidió pararse a tomar un café en una panadería de renombre.
- Une minute après midi, je vais vendre ce gâteau - dijo la tendera en un francés perfecto.
Marta se marchó pensativa y enfiló una calle de artistas bohemios. Pintores, escultores en barro, cuentistas, mendigos y multitud de viejecitas simulando la pobreza extrema seguían atentos con la mirada los pasos de la chica.
A las 12:01, Marta se dirigió a la prestigiosa panadería para, tras un destello, ver como desaparecía la dependienta.
Durante su paseo, algunos vagabundos se cruzaron en su camino, tambaleándose a lado y lado de la carretera. Uno de ellos profirió un suspiro de deseo frustrado por el alcohol. Naturalmente, a ella le subía el autoestima este tipo de reafirmaciones de belleza informales. A pesar de sus grandes pechos, la configuración de su rostro se beneficiaba de la oscuridad de aquella velada. Apenas 37463 le bastaron para alcanzar su objetivo. Amanecía por los Campos Elíseos y por la gran torre metálica que vigilaba el paseo que conducía al Sena, los rayos del sol atravesavan enérgicamente las cavidades producidas por la caída de los tornillos que formaban la estructura. Por suerte, éstos eran cambiados a diario y se garantizaba la permanencia y estabilidad de la Torre Eiffel.
Las acordeones amenizaban la vuelta a casa de Marta. El conjunto, que estaba interpretando una pieza de Yann Tiersen, comenzó a reproducir la melodía exactamente a las diez horas, treinta minutos y sesenta y cinco segundos de la mañana. El tiempo se había parado en el inicio de la música. Los peatones de París estaban viviendo en aquel instante un "slow motion" terminal que les abrió los ojos a la realidad.
Un imperativo moral que provocó un reinicio en la mente de los franceses de la Isla.
A las diez horas y treinta y un minutos de la misma mañana, el tiempo se restableció y los Jackson Three continuaron tocando "La Noyée". Marta siguió caminando tranquilamente, exhausta por la gran caminata, así que decidió pararse a tomar un café en una panadería de renombre.
- Une minute après midi, je vais vendre ce gâteau - dijo la tendera en un francés perfecto.
Marta se marchó pensativa y enfiló una calle de artistas bohemios. Pintores, escultores en barro, cuentistas, mendigos y multitud de viejecitas simulando la pobreza extrema seguían atentos con la mirada los pasos de la chica.
A las 12:01, Marta se dirigió a la prestigiosa panadería para, tras un destello, ver como desaparecía la dependienta.

2 comentarios:
No sé cómo llegué hasta aquí pero me ha encantado!
muchas gracias!
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