Apenas se acercaba el reloj a las 9 de la mañana que él ya estaba paseándose desnudo por su mansión. El toca discos inundaba los metros cuadrados aconseguidos con el esfuerzo de generaciones y generaciones. Su familia fue una de las más importantes hasta que algo cambió. Él era el último de los Thrum que todavía quedaba con vida.
Se acercó sutilmente a las espaldas de su pareja. Lentamente, pero sincronizado, empezó a deslizarle su antebrazo por las costillas. A ella no pareció importarle, ni siquiera agradarle. Su estado de animo no le permitía excederse: no tendría sentido. La verdad, poco le importaba la integridad de su novio, mas sabía que si estaba con él, tan sólo era por motivos económicos. Lo que a ella le molestaba era la impunidad que tenían gente como su amado ante la justicia. ¿Cómo a alguien que se había ganado la reputación a base de extorsión y asesinatos se le permitía vagar por la sociedad con tal libertad? La respuesta para ella era complicada, aún conociendo la suspicacia de su pareja, no podía concebir que pudieran permitir aquella situación. Se levantó raudo, audaz, como si algún estímulo le invitara a dirigirse al ropero. En el fondo todo estaba mecanizado. Aparentemente todo parecía furtivo, apenas preparado. Estaba planificado de antemano que a las 9 y 38 minutos de aquel mismo día y no otro, Levis se encajara los pantalones con la hebilla, se ajustara el cuello de la camisa con la corbata y, al besar a Huey, se encaminara hacía su deportivo, aparcado enfrente de la zapatería, dos calles mas allá, no una. Con sorprendente efectividad, sus propósitos se llevaron a cabo y en apenas cinco minutos, el morro de su coche apuntaba al escaparate de la casa de empeños. El velocímetro marcaba entonces 80 kilómetros, precisamente los necesarios para rebentar el escaparate de la casa de empeños. Sin importarle mucho la reacción de los peatones, mantuvo el acelerador y el coche impactó contra la tienda. En su interior, había 25 personas, que dejaron de serlo en el mismo momento en el que una mente decidió que no lo fueran. La sencillez de tal cometido, sorprendió a Krellfort, que permanecia con la cadera recostada en la mesa de roble. En su mano izquierda; una taza de café desprendía un humo de recién hecho y sobre su derecha; la acusación del implicado. Se acercó a la chimenea y con avidez, lanzó los documentos para darle una mejor vida. Sin dudarlo un instante, su hija menor, lanzó su dibujo, también, al fuego. En él aparecía una família feliz: un padre feliz, una madre feliz e incluso un hijo común asquerosamente feliz. Sus sonrisas eran promiscuas, falsas, no carecían de importancia. La misma sonrisa con la que un asesino mira a su víctima antes de presionarle la cabeza contra el bordillo. Un brillo facial recíproco, que inundaba el paisaje que aparecía de fondo. Detrás de la pintoresca família, tres perros con mirada apagada enfocaban los pantalones de pana del cabeza de família.
Al cabo de 10 días, todo había acabado. Habían detenido a la verdad y la justicia fue condenada a 25 meses de libertad condicional con permiso de tenencia de armas; y a pagar una indemnización de 20 aplausos a la sociedad. Sinceramente, nadie del juzgado salió contento, tal vez la venganza, que sonreía escondida tras el cartel que anunciaba la entrada a la ciudad. En él se podía leer: Paraíso.
Se acercó sutilmente a las espaldas de su pareja. Lentamente, pero sincronizado, empezó a deslizarle su antebrazo por las costillas. A ella no pareció importarle, ni siquiera agradarle. Su estado de animo no le permitía excederse: no tendría sentido. La verdad, poco le importaba la integridad de su novio, mas sabía que si estaba con él, tan sólo era por motivos económicos. Lo que a ella le molestaba era la impunidad que tenían gente como su amado ante la justicia. ¿Cómo a alguien que se había ganado la reputación a base de extorsión y asesinatos se le permitía vagar por la sociedad con tal libertad? La respuesta para ella era complicada, aún conociendo la suspicacia de su pareja, no podía concebir que pudieran permitir aquella situación. Se levantó raudo, audaz, como si algún estímulo le invitara a dirigirse al ropero. En el fondo todo estaba mecanizado. Aparentemente todo parecía furtivo, apenas preparado. Estaba planificado de antemano que a las 9 y 38 minutos de aquel mismo día y no otro, Levis se encajara los pantalones con la hebilla, se ajustara el cuello de la camisa con la corbata y, al besar a Huey, se encaminara hacía su deportivo, aparcado enfrente de la zapatería, dos calles mas allá, no una. Con sorprendente efectividad, sus propósitos se llevaron a cabo y en apenas cinco minutos, el morro de su coche apuntaba al escaparate de la casa de empeños. El velocímetro marcaba entonces 80 kilómetros, precisamente los necesarios para rebentar el escaparate de la casa de empeños. Sin importarle mucho la reacción de los peatones, mantuvo el acelerador y el coche impactó contra la tienda. En su interior, había 25 personas, que dejaron de serlo en el mismo momento en el que una mente decidió que no lo fueran. La sencillez de tal cometido, sorprendió a Krellfort, que permanecia con la cadera recostada en la mesa de roble. En su mano izquierda; una taza de café desprendía un humo de recién hecho y sobre su derecha; la acusación del implicado. Se acercó a la chimenea y con avidez, lanzó los documentos para darle una mejor vida. Sin dudarlo un instante, su hija menor, lanzó su dibujo, también, al fuego. En él aparecía una família feliz: un padre feliz, una madre feliz e incluso un hijo común asquerosamente feliz. Sus sonrisas eran promiscuas, falsas, no carecían de importancia. La misma sonrisa con la que un asesino mira a su víctima antes de presionarle la cabeza contra el bordillo. Un brillo facial recíproco, que inundaba el paisaje que aparecía de fondo. Detrás de la pintoresca família, tres perros con mirada apagada enfocaban los pantalones de pana del cabeza de família.
Al cabo de 10 días, todo había acabado. Habían detenido a la verdad y la justicia fue condenada a 25 meses de libertad condicional con permiso de tenencia de armas; y a pagar una indemnización de 20 aplausos a la sociedad. Sinceramente, nadie del juzgado salió contento, tal vez la venganza, que sonreía escondida tras el cartel que anunciaba la entrada a la ciudad. En él se podía leer: Paraíso.
