De fondo, Downstream, mis ojos empiezan a cerrarse y se acerca el momento de empezar a soñar. Entonces, se me aparece tu cara, virgen, pura, dulce, embruja el ambiente con el perfume de inocencia. Tu belleza me entristece. Es un sentimiento de impotencia amorosa. Sé que no me podré acercar a ti, sé que cualquier intento será en vano, pero quiero, debo, tengo que intentarlo. Mis ojos están ya cerrados. Ahora puedo imaginar y creer que cualquier cosa es posible. No hay límites ni espacio entre tu boca y la mía. Los cuerpos se unen con ansia y deseo, animal pero verdadero y tu aliento me recuerda segundo tras segundo que sigues ahí, que me acariciarás cuando a la mañana siguiente tu cuerpo desnudo roce con el mío. Entonces, no habrá tiempo para hablar, tan sólo ese maravilloso silencio, en el que los relojes se pararán y nuestro horizonte será mirarnos y creer el uno en el otro eternamente. Pero el sueño acaba, la llamada de la realidad, quiere que vuelva a la tierra a pisar de nuevo la rutina, a acercarme peligrosamente a lo prohibido a tenerte sin tenerte. A pensar en ti mientras te esquivo con una mirada amistosa y cómica. A imaginarte en sueños cuando te veo despierta, atenta, a todos los estímulos que te recuerdan que un corazón cercano late a tu ritmo y desea fundirse en uno a la que te des la vuelta. Sin embargo, me conformo con disfrutar de tu compañía, con verte cada día y con esa esperanza subjetiva aguardarte. Te darás cuenta algún día? No te preocupes, siempre estaré ahí para recordártelo. Tú eres la razón por la que nací y guardaré para siempre la primera vez que nos vimos y que te sentí, como un hombre puede sentir el deseo más insoportable en su interior e intenta arrancárselo en vano. Por hoy y por siempre, Downstream.

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada