Para el nacimiento de algo especial, necesitamos que para nosotros sea desconocido. Un sendero desconocido que nos haga dudar. Dudar de la reputación de lo que hacemos y de cómo nos repercutira. Los hombres no tienen dignidad ya. ¿Qué valen ya la palabra de un humano? Nada. Son capaces de apostarsela por una oliva. Mentiras, tergiversaciones y hipocresia. Antes, hablamos por supuesto de la edad media, jugar con algunas combinaciones de palabras tabú o perversas era motivo de muerte y faltar a la verdad también. Por suerte, hemos evolucionado. No necesitamos cortar cabezas por la palabra. Ahora lo hacemos sin hablar. Directamente, sin mediar palabra, empuñamos el arma y apretamos el gatillo con la indiferencia de la dirección de la bala. No importa el discurso. Primero se dispara y después se pregunta. Tal vez no seamos la espécia más sabia de todas. Tal vez haya organismo monocelulares con más preceptos que nosotros y algo más de inteligencia. Las hormigas son un buen ejemplo. Nadie explica a una hormiga como debe andar en fila india siguiendo a sus camaradas; sin embargo lo hacen. Transportan en su espalda migas de pan el doble de grandes que ellas y lo hacen sin problemas. Nosotros, seríamos capaces? Seguramente sí, pero ya habríamos intentado que lo cargara otro. Somos vagos por naturaleza? ¿Es el cuerpo que nos domina como órbita domina al astro?


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