
—Mira, Marlene, sé que suelo decir que prefiero no mentirme e ir con la verdad por delante, pero...
—¿Pero...?
—No sé, emperrado en encontrarle un sentido a la vida pasan los años. ¿Y si el secreto de la felicidad sea precisamente no esperarla, no salir a cazarla con matamoscas acotando su límite y dejar que brote del manantial de la sabiduría eterna?
—¿Has vuelto a beber, Mario?
—Curado al fin de la bebida me veo capaz de decirte que nunca he estado más sobrio que ahora y, es más, nunca he hablado menos en serio que ahora, así que tenlo en cuenta, porque es importante. Me atropello la voz y no es para menos. Ya son veinte años de mentiras. ¿Recuerdas cuando en aquellos descansos de biblioteca te decía que volaría alto, muy alto?
—Todos queríamos volar alto y nos atrapamos en azul.
—Pues justamente era aquel miedo a fracasar el que me empujó a intentarlo. Luego fui listo, muy listo y maquillé el fracaso con un eufemismo. Aprender, dicen algunos. Aprender de tus errores. ¿Aprender de qué?
—Aprender a no repetirlos, supongo.
—Si tropezamos constantemente con nuestras enmiendas. Recuerdo cuando mi padre me encolaba una y otra vez la cabeza de un muñeco cuando yo era un crío. Al final tuve que tirarlo.
—Pero durante un tiempo lo creíste, ¿no?
—Ni siquiera, obcecado en aquellos matices, los tecnicismos y el negativismo de los demás empezaron a levantar una muralla a mi alrededor. Empecé a olvidar las cosas buenas: el sexo, el mordisco al fuet tras una larga noche de fiesta, los besos al atardecer con la canción de turno de fondo.
—¿Y si caíste en la atemporalidad?
—Es probable. Pero creo haber dosificado mi vida en bloques inamovibles, como si para cambiar a otro tuviese que realizar un gran salto fruto de una acrobacia demencial.
—Creo que te he perdido en la primera palabra...
—Sí, mujer. Es como si de ser un crío a crecer sólo pasase un día. Un buen día... ¡alehop! Saltas la muralla que separa esas dos épocas tan diferenciadas y, tras un abrazo a tu madre, empiezas a anunciarte que has cambiado, que has "madurado" —creo que se decía antes—.
—Sí, creo que te entiendo, pero eso no lleva a ninguna parte.
—Empiezo a pensar que ninguna reflexión negativa acerca de un problema con una solución que podría llevar a desequilibrar mis esquemas tradicionales y/o basados en creencias supersticiosas propias de un pueblo inmerso en un misticismo abrumador y anclado en la caza de brujas del maccartismo puede ser buena.
—Entonces no reflexiones.
—Es que si no pienso, no existo.
—Como no te calles si que no vas a existir. Hazme el amor de una
puta vez.
Y así murió el diálogo entre M y M, tras una reflexión que les condujo a concluir que estaban locos y que por eso se querían.